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Ningún pueblo antiguo se atrevió a darle nombre a la nada, y esa cobardía colectiva retrasó las matemáticas durante milenios

by David Pérez
8 de abril de 2026
in Ciencia
Ancient Sumerian clay tablet with cuneiform inscriptions, symbolizing the absence of zero.

This ancient Sumerian tablet, with its notable void, reflects humanity's historical reluctance to define nothingness.

Las civilizaciones más brillantes de la historia antigua midieron el cielo, levantaron imperios y codificaron leyes con una precisión asombrosa. Pero durante milenios, sumerios, griegos y romanos compartieron un punto ciego llamativo: ninguno se atrevió a darle nombre a la nada.

El cero era un fantasma que todos percibían y nadie quería invocar. Una ausencia que operaba en silencio dentro de sus sistemas de cálculo, pero que permanecía sin símbolo, sin palabra, casi como si nombrarlo fuera demasiado arriesgado.

En The Nothing That Is, el matemático Robert Kaplan reconstruye esta historia no como un simple avance técnico, sino como un drama humano: el relato de lo que ocurre cuando la inteligencia colectiva tropieza, durante siglos, con su propio miedo a lo que no existe.

El miedo a nombrar lo que no existe

Kaplan plantea una paradoja incómoda desde las primeras páginas: los nombres dan existencia a las cosas. Pero el cero no es una cosa. Es, precisamente, su contrario. Esa distinción aparentemente sencilla bastó para paralizar a civilizaciones enteras durante siglos.

¿Puede crearse algo dándole nombre a la nada? La pregunta no es solo matemática; es filosófica en el sentido más profundo. Conecta directamente con el debate que enfrentó a Kurt Gödel con el Círculo de Viena: ¿las matemáticas se inventan o se descubren? ¿Somos criaturas que encuentran verdades preexistentes, o creadores que las fabrican al nombrarlas?

Kaplan lo resume con una imagen que no abandona al lector: «Si miras al cero no ves nada; pero si miras a través de él, verás el mundo». No es una metáfora decorativa. Es el núcleo del problema: el cero solo funciona cuando se acepta que la ausencia puede tener presencia simbólica.

Dos cuñas en arcilla húmeda: el gesto que nadie entendió

Hace unos cinco mil años, los sumerios operaban con un sistema de numeración que mezclaba la base 10 y la base 60 simultáneamente. El caos contable resultante era creciente e inevitable.

Entre los siglos VI y III a.C., un escriba anónimo presionó dos cuñas en arcilla húmeda para separar columnas de cálculo. El gesto significaba, simplemente, «nada aquí». No fue un acto filosófico, sino de desesperación práctica. Y fue el primer latido del cero en la historia humana.

Las tablillas de Kish muestran que ni siquiera ese signo era consistente: algunos escribas usaban tres ganchos, otros una sola cuña. Kaplan interpreta esa variación no como descuido, sino como evidencia de los balbuceos de una idea que todavía no había encontrado su forma definitiva. El concepto casi desapareció con la civilización que lo imaginó —un recordatorio de lo frágil que puede ser una idea cuando no tiene nombre que la sostenga.

Grecia olió el fantasma pero no se atrevió a tocarlo

Arquímedes construyó un sistema para nombrar números de tamaño colosal, llegando a la noción de «miríada de miríadas» y rozando casi sin querer el concepto de potencias. Estuvo a centímetros del cero. Y se detuvo.

Los griegos percibían la presencia espectral de la nada. La necesidad del infinito, que sí manejaban con cierta soltura, delineaba inevitablemente la silueta de su imagen especular: la ausencia total. Pero nunca le dieron símbolo ni palabra. Kaplan evoca aquí una intuición infantil universal: algo existe solo si tiene nombre. Sin él, el cero permanecía como un hueco incómodo en el pensamiento griego, reconocido en privado, ignorado en público.

La ironía es difícil de ignorar. Una civilización obsesionada con la perfección lógica, que codificó la geometría y debatió la naturaleza del ser con rigor extraordinario, fue incapaz de formalizar la ausencia más elemental.

India: el momento en que alguien se atrevió

En el año 876 d.C., una tablilla de piedra india registró las medidas de un jardín: 270 por 50. En esas cifras aparece, por primera vez de forma documentada, un cero escrito como símbolo propio. Lo cotidiano como escenario de lo revolucionario.

Āryabhata, figura envuelta en tanto misterio como Shakespeare, desarrolló un sistema de sílabas sin sentido para almacenar números grandes. Su palabra para designar el «lugar vacío» era kha. Con el tiempo, kha se convirtió en uno de los términos más comunes en sánscrito para referirse al cero.

El salto decisivo no fue técnico. Fue conceptual: pasar de entender el cero como «ausencia de número» a reconocerlo como «número que representa la ausencia», otorgándole al vacío la misma dignidad que a cualquier otra cifra. Kaplan lo describe como una película a cámara lenta de una idea evolucionando: del hueco donde un dígito puede alojarse al número vacío con derecho propio. Ese desplazamiento, aparentemente menor, cambió el curso de las matemáticas para siempre.

Del barro mesopotámico a la pantalla donde lees esto

El cero no viajó en línea recta. Mayas y romanos también forman parte de este mosaico transcultural de intercambios, préstamos y reinvenciones paralelas. Su historia es menos la de un inventor genial que la de una idea que el mundo necesitaba y que brotó, de formas distintas, en lugares distintos.

Shakespeare lo llamó «un O sin cifra» en El rey Lear. Hoy, cada pulsación digital que permite leer estas palabras descansa sobre la alternancia de unos y ceros. El bit informático es, en cierto modo, el heredero directo de aquellas dos cuñas en arcilla húmeda.

Kaplan cierra su recorrido con una pregunta que trasciende las matemáticas: si somos criaturas o creadores, si estamos «solo un poco por debajo de los ángeles» en nuestra capacidad de comprender el mundo. La historia del cero no es solo la historia de un número. Es la historia de lo que ocurre cuando la inteligencia humana tropieza con su propio límite y, finalmente, decide cruzarlo. Vale la pena preguntarse cuántas ideas igual de transformadoras permanecen hoy sin nombre, esperando a que alguien reúna el valor suficiente para nombrarlas.

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