Las métricas ambientales más conocidas —partes por millón de CO₂, tasas de extinción, límites planetarios— tienen algo en común: miden lo que destruimos. Funcionan a través del miedo.
Un grupo de unos veinte científicos, filósofos y escritores se reunió en Oxford con una pregunta distinta: ¿cómo de bien convive un país con la naturaleza? La pregunta parecía sencilla. No lo era.
De los límites planetarios a las aspiraciones verdes
Durante décadas, el conservacionismo ha operado desde una premisa incómoda: los humanos son el problema. Y los datos lo respaldaban. Las métricas dominantes —partes por millón de CO₂, tasas de extinción, límites planetarios— cuantifican el daño que causamos. Generan conciencia, sí, pero también culpa y parálisis.
El conservacionismo del siglo XXI, sin embargo, está revisando esa premisa. Los forestales recurren cada vez más a las quemas controladas de tradición indígena para prevenir incendios, y los biólogos han descubierto que los prados llenos de flores son, en realidad, antiguos paisajes de producción de alimentos que necesitan ser cosechados para no desaparecer. **El halcón peregrino, antaño en peligro de extinción, prospera hoy en parte gracias a los rascacielos** como lugares de anidación y a las ratas urbanas como presa abundante.
Fue en ese contexto donde el grupo de Oxford planteó una pregunta diferente: en lugar de medir cuánto destruimos, ¿podemos medir cuánto convivimos?
Tres preguntas para medir una relación compleja
El grupo —unos veinte científicos, autores y filósofos— estructuró el problema en torno a cuatro ejes fundamentales. ¿Prospera la naturaleza y resulta accesible para las personas? ¿Se usa con cuidado? ¿Está protegida? ¿Y pueden los indicadores elegidos capturar todo eso sin simplificar en exceso?
La noción de «cuidado» resultó especialmente difícil de acotar. ¿Basta con mantener las cosechas por debajo del rendimiento sostenible máximo, o se requiere una economía completamente circular? No había consenso fácil.
Las métricas tampoco eran sencillas de elegir. La teledetección por satélite para medir la proximidad de las personas a espacios verdes parecía útil, pero sin datos locales es imposible saber si esas personas pueden acceder realmente a esos espacios. La huella agrícola planteaba otro dilema: los entornos agrícolas han sido vistos históricamente como lo opuesto a la naturaleza, aunque también pueden albergar biodiversidad significativa. A pesar de las limitaciones reconocidas, el grupo publicó sus propuestas en la revista Nature, con sus reservas explícitas.
El Índice de Relación con la Naturaleza de la ONU
Desde entonces, el trabajo ha dado un salto institucional considerable. La Oficina del Informe de Desarrollo Humano de Naciones Unidas ha tomado el relevo y planea presentar el Nature Relationship Index (NRI) junto al Informe de Desarrollo Humano 2026.
Pedro Conceição, autor principal del informe, confirma que el objetivo del NRI es desafiar la idea de que los humanos son destructores inherentes de la naturaleza y de que esta solo existe en estado prístino. Las narrativas centradas en restricciones, límites y umbrales, señala, polarizan en lugar de movilizar. Un detalle revelador: ninguna de las métricas incluidas en el artículo original de Nature ha sido incorporada a la versión final del NRI. Conceição no ha desvelado cuáles son los indicadores definitivos, lo que sugiere que el concepto ha evolucionado de forma significativa desde Oxford, aunque la filosofía de fondo permanece intacta.
Un marcador sin techo: competir por subir
La característica más distintiva del NRI es su estructura. A diferencia de los índices basados en límites planetarios —donde el éxito se define como no rebasar un umbral—, el NRI no tiene techo: cuanto mejor sea la relación de un país con la naturaleza, más sube su puntuación. No hay un punto de llegada.
La lógica detrás de este diseño es deliberada. Los rankings internacionales tienen un efecto probado: los países quieren escalar posiciones. Si la métrica mide destrucción, los gobiernos gestionan para no empeorar; si mide convivencia, podrían gestionar para mejorar activamente. Conceição lo resume con claridad: el NRI no habla de cuánto estamos fallando, sino de las aspiraciones hacia un mundo verde y abundante.
Lo que viene después
El NRI se presentará previsiblemente en el segundo semestre de 2025, vinculado al Informe de Desarrollo Humano 2026. Será entonces cuando se conozcan los indicadores concretos que Naciones Unidas ha elegido para operacionalizar algo tan complejo como la relación entre los seres humanos y el resto de los seres vivos del planeta.
Lo que está en juego no es menor. Si el índice logra influir en cómo los gobiernos diseñan sus políticas ambientales —pasando de gestionar el daño a cultivar la convivencia—, podría representar un cambio real en el conservacionismo institucional. La pregunta que queda abierta es si un número, por bien construido que esté, puede cambiar la narrativa dominante. La respuesta llegará con los primeros rankings.
