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Home Tecnología

Robots sumergidos bajo la Antártida descubren qué liberó décadas de calor atrapado bajo el hielo

by David Pérez
1 de mayo de 2026
in Tecnología
Argo robotic float surfaces among fractured Antarctic ice, revealing dark ocean water and ice shelves under a cloudy sky.

A striking view of the Argo robotic float navigating the fractured Antarctic ice, highlighting the melting ice and deep ocean below.

Durante décadas, el hielo marino antártico hizo algo inesperado: creció. A pesar del calentamiento global, la capa de hielo flotante que rodea el continente se fue expandiendo hasta mediados de los años 2010, desafiando las predicciones de los científicos.

Luego, en 2016, colapsó de forma súbita y drástica, y todavía no se ha recuperado. Lo que está en juego no es menor: la capa de hielo continental antártica, si desapareciera, elevaría el nivel del mar casi 58 metros. Ahora, una flota de robots sumergibles ha aportado la pieza que faltaba para entender qué desencadenó ese colapso.

Un misterio polar: expansión y colapso

Desde los años setenta hasta mediados de la década de 2010, el hielo marino antártico desafió toda lógica climática: se expandía mientras el resto del planeta se calentaba. Los científicos no tenían una explicación satisfactoria para esta anomalía. Luego llegó 2016 y el sistema cambió de golpe. La contracción fue tan abrupta y profunda que, casi una década después, el hielo no ha logrado recuperarse.

Las consecuencias van mucho más allá de unas cifras en un mapa polar. El hielo marino actúa como escudo para las plataformas de hielo costeras, que a su vez sostienen la inmensa capa de hielo continental antártica. Si esa cadena de protección se rompe, el agua almacenada en el continente podría fluir hacia el océano con efectos severos sobre el nivel del mar a escala global.

Los flotadores Argo: ojos robóticos bajo el hielo

Para entender qué había ocurrido, los científicos recurrieron a una red de dispositivos conocidos como flotadores Argo. Con forma de torpedo y el tamaño aproximado de una persona, estos instrumentos se sumergen miles de metros bajo la superficie, registrando temperatura y salinidad a distintas profundidades. Al ascender, transmiten todos esos datos a un satélite.

Su principal ventaja es la pasividad. Derivando durante años, los Argo capturaron cambios graduales en las condiciones oceánicas con un nivel de detalle que ningún buque de investigación podría igualar. Esa acumulación de datos permitió detectar algo contraintuitivo: en el océano Austral, las aguas más cálidas no están en la superficie, sino enterradas en las profundidades.

El mecanismo: salinidad, estratificación y calor atrapado

Conviene pensar en un lago en verano. Al zambullirse, se siente un cambio brusco de temperatura: la superficie está caliente porque el sol la calienta directamente, mientras el fondo permanece frío. En la Antártida ocurre exactamente lo contrario: el aire polar enfría la superficie del océano, y el agua más cálida queda atrapada abajo.

A este fenómeno se sumó otro factor decisivo. El aumento de precipitaciones en las décadas previas a 2016 generó una capa superficial de agua más dulce que, al ser menos densa que el agua salada, no se mezclaba con las capas inferiores. Esa barrera invisible mantuvo el calor confinado en las profundidades durante décadas, permitiendo que el hielo se formara con relativa facilidad en la superficie fría.

La liberación violenta: vientos, mezcla y declive

Hacia 2016, los patrones atmosféricos cambiaron. Los vientos se intensificaron y modificaron su dirección, empujando las aguas superficiales lejos del continente y rompiendo la estratificación que había protegido el hielo durante tanto tiempo. El calor acumulado en las profundidades quedó liberado de golpe.

«Lo que presenciamos fue básicamente una liberación muy violenta de todo ese calor reprimido desde abajo, que vinculamos al declive del hielo marino», explicó Earle Wilson, oceanógrafo polar en la Universidad de Stanford y autor principal del estudio. Los vientos también fragmentaron el hielo mecánicamente, tanto al empujar bloques entre sí como al generar oleaje.

El cambio climático probablemente contribuyó a este proceso. Al calentarse la atmósfera, se desarrollan gradientes de temperatura que pueden intensificar los vientos y alterar sus patrones. Aun así, los científicos trabajan para determinar qué proporción responde a variabilidad natural y qué parte es atribuible directamente a las emisiones humanas.

Efecto dominó: de las plataformas de hielo al nivel del mar

La pérdida de hielo marino no es un problema aislado. Las plataformas costeras que flotan a lo largo del perímetro del continente ya están bajo presión: el agua más cálida erosiona su parte inferior, debilitándolas desde dentro. Sin el hielo marino que las rodea, pierden además el amortiguador natural que absorbe la energía del oleaje.

A esto se añade el efecto albedo. El hielo marino refleja una parte significativa de la radiación solar hacia el espacio, contribuyendo a enfriar la región; sin esa capa reflectante, el océano absorbe más calor y el calentamiento local se acelera. Si las plataformas costeras colapsan, la capa de hielo continental podría fluir hacia el mar a mayor velocidad, con consecuencias potencialmente graves para las costas de todo el mundo.

¿Un estado permanente o un ciclo? Lo que viene

La pregunta que centra ahora el debate científico es si el océano Austral ha entrado en un nuevo régimen estable o si las condiciones podrían oscilar de nuevo hacia años de crecimiento. Wilson sugiere que podría haber períodos de recuperación parcial, pero advierte que «la tendencia multidecadal será negativa», aunque reconoce que aún persiste mucha incertidumbre.

Para reducirla, los investigadores reclaman una expansión de las redes de observación en la región. «Necesitamos más apoyo internacional para seguir construyendo redes de monitoreo en la región polar antártica, tanto oceánicas como atmosféricas», señaló Zachary Labe, científico climático de Climate Central. La información que aporten estos sistemas será clave para refinar los modelos que predicen la velocidad y la magnitud de los cambios futuros, y para anticipar cuándo —y con qué intensidad— podría sentirse su impacto en las costas del mundo.

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