Cada primavera, medio millón de frailecillos, alcatraces, gaviotas tridáctilas y araos toman los acantilados de tiza de Bempton, en Yorkshire. La RSPB los llama la mayor ciudad de aves marinas de Inglaterra.
A mediados del siglo XIX, ese mismo paisaje era un campo de tiro. Los excursionistas llegaban en tren hasta Bridlington, alquilaban yates de vapor y disparaban sobre las colonias por deporte, a veces matando miles de aves en una sola jornada.
Lo que ocurrió entre aquella masacre y el santuario protegido de hoy es una historia improbable: la de dos clérigos de pueblo y un dandi con escaño en Westminster que cambiaron, para siempre, la forma en que Gran Bretaña trata a sus aves silvestres.
Yates de vapor y plumas para sombreros: la matanza victoriana
Los excursionistas no llegaban a Bridlington en busca de naturaleza. Llegaban en busca de deporte. Alquilaban yates de vapor, se acercaban a los acantilados de Flamborough Head y disparaban sobre las colonias durante horas. Muchas de las aves abatidas ni siquiera se recogían del suelo.
A esa presión se sumaba el negocio del plumaje. Las plumas decoraban sombreros y tocados femeninos, y los huevos desaparecían de los nidos por miles, recolectados tanto por comerciantes como por coleccionistas privados.
Las consecuencias biológicas eran más graves de lo que aparentaban. Dave O’Hara, gestor de la reserva de la RSPB en Bempton, lo explica con precisión: un frailecillo puede vivir cuarenta años. Matar a un adulto en plena temporada de cría no solo elimina al polluelo de ese año, sino que reduce permanentemente la población reproductora. Cada disparo tenía un efecto multiplicador que nadie calculaba entonces.
El rector, el vicario y el dandi: tres hombres improbables
Francis Orpen Morris era rector de Nunburnholme y naturalista de oficio. Había publicado una historia de las aves británicas y él mismo coleccionaba huevos y ejemplares disecados. Aun así, lo que vio en la costa de Yorkshire le perturbó lo suficiente como para escribir una larga carta a The Times denunciando la matanza. Conocía el mundo de las aves lo bastante bien como para entender lo que se estaba perdiendo.
Henry Barnes-Lawrence, vicario de Bridlington, tenía una motivación más local: le preocupaba que los vecinos cargaran con la culpa del descenso de las poblaciones cuando los verdaderos responsables eran los visitantes llegados en tren. En octubre de 1868 convocó una reunión en la rectoría de Bridlington y fundó la Association for the Protection of Seabirds, con el respaldo de terratenientes locales, figuras influyentes y miembros de la familia real.
El tercer protagonista encaja menos en el molde del reformador. Christopher Sykes, hijo del baronet de Sledmere, había abandonado Yorkshire para instalarse en los círculos elegantes de Londres. Según el historiador David Neave, era conocido como esnob y dandi, un hombre que vestía con esmero y cultivaba las apariencias. Llegó a ser diputado por Beverley casi por azar y, en veintisiete años de escaño parlamentario, intervino en el debate apenas seis veces.
Una de esas veces fue para presentar un proyecto de ley de protección de las aves marinas.
La Seabird Preservation Act de 1869: la primera ley para las aves silvestres
Barnes-Lawrence reclutó a Sykes como voz parlamentaria de la causa. En febrero de 1869, el dandi de Yorkshire introdujo el proyecto en la Cámara. El Parlamento lo aprobó ese mismo año, convirtiendo la Seabird Preservation Act en la primera legislación de protección de aves silvestres de la historia británica.
Entre sus amigos de la alta sociedad londinense, Sykes ganó un apodo irónico: the gull’s friend, el amigo de las gaviotas. Lo decían con condescendencia, pero el mote quedó.
La ley no fue un punto de llegada, sino de partida. Abrió un período de reformas que culminó, veinte años después, con la fundación de la Royal Society for the Protection of Birds en 1889. Como señala Neave, el origen de toda esa agitación reformista hay que buscarlo en el East Riding, en Bridlington, en una reunión de vecinos preocupados por sus acantilados.
De tres colonias a treinta: lo que habría ocurrido sin la ley
El impacto de aquella ley se mide mejor mirando hacia atrás. Cuando se aprobó en 1869, solo existían tres colonias de alcatraces en todo el Reino Unido e Irlanda. Hoy hay alrededor de treinta. Según O’Hara, sin esa protección los alcatraces podrían haberse extinguido.
Los pescadores de Flamborough tenían sus propias razones para apoyar la medida. En días de niebla densa —frecuentes en esa costa, donde el mar puede estar cubierto mientras el interior permanece despejado— el ruido de las aves sobre los acantilados les servía de guía para mantenerse alejados de las rocas. Proteger a las aves era también protegerse a sí mismos.
Hoy, medio millón de aves pueblan Bempton entre marzo y agosto, ajenas por completo a la historia que las salvó. Frailecillos, alcatraces, araos y tridáctilas van y vienen de los acantilados sin saber nada de cartas al Times, de reuniones en rectorías ni de dandis con escaño.
Eso, quizá, es lo más notable. La naturaleza no necesita conocer a sus salvadores para beneficiarse de ellos, pero nosotros sí deberíamos recordarlos: lo que ocurrió en Yorkshire en 1869 plantea una pregunta que sigue siendo pertinente. ¿Cuántas especies esperan hoy a que alguien se moleste en actuar antes de que sea demasiado tarde?
