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Gafas inteligentes que ordenan ataques con drones con solo mover los ojos: así es el proyecto militar de Anduril y Meta

by David Pérez
23 de mayo de 2026
in Tecnología
Soldado con gafas de realidad aumentada inteligentes y casco militar observando un dron en un campo de batalla al atardecer

Un soldado equipado con gafas inteligentes de realidad aumentada puede ordenar ataques con drones con solo mover los ojos, según el proyecto militar conjunto de Anduril y Meta.

Un soldado en pleno campo de batalla mueve los ojos hacia un objetivo. Sin hablar, sin levantar la mano del arma, un dron recibe la orden de atacar. No es ciencia ficción: es la visión que persiguen Anduril y Meta con un proyecto de gafas de realidad aumentada diseñadas específicamente para uso militar.

La alianza llama la atención por sus protagonistas. Anduril es una empresa de tecnología de defensa. Meta es la compañía detrás de Facebook, Instagram y las populares gafas inteligentes Ray-Ban. Juntas trabajan en un sistema que podría transformar la manera en que los soldados perciben el campo de batalla y toman decisiones letales.

El soldado como sistema de armas

Quay Barnett no habla como un ejecutivo tecnológico al uso. Veterano de las Fuerzas Especiales del Ejército de Estados Unidos y ahora vicepresidente de Anduril, su objetivo declarado es optimizar «al humano como sistema de armas». La frase es deliberadamente fría, casi clínica, y resume con precisión la filosofía que guía este proyecto.

La visión de Barnett tiene una inspiración casi cibernética: que el soldado y el dron vean lo mismo, compartan información en tiempo real y operen de forma coordinada como si fueran un único sistema integrado. No se trata solo de proporcionar más información al combatiente. Se trata de fusionar su percepción con la de las máquinas que lo rodean.

Este planteamiento cuenta ya con un respaldo institucional concreto. El año pasado, Anduril ganó un contrato de prototipado por valor de 159 millones de dólares con el Ejército de Estados Unidos —el programa denominado Soldier Born Mission Command, o SBMC— para desarrollar gafas de realidad aumentada en colaboración con Meta.

Dos prototipos, una misma ambición

Anduril trabaja en realidad en dos proyectos paralelos. El primero es el encargo oficial del Ejército: unas gafas de realidad aumentada diseñadas para acoplarse a los cascos militares existentes. El segundo, llamado EagleEye, es una iniciativa autofinanciada por la propia empresa —sin encargo previo— que integra visor y casco en una única pieza. Anduril apuesta a que el Ejército acabará decantándose por esta opción.

Ambos sistemas superponen información sobre el campo visual del soldado. Puede ser algo tan sencillo como una brújula, o tan complejo como un mapa completo de la zona, la posición de los drones cercanos y el reconocimiento de objetivos mediante inteligencia artificial —por ejemplo, identificar un camión militar entre la vegetación.

El motor de todo esto es Lattice, el software de Anduril que integra datos procedentes de múltiples sistemas militares en una sola imagen coherente. En marzo, el Ejército anunció un contrato de 20.000 millones de dólares para integrar Lattice en prácticamente toda su infraestructura. Es, en la práctica, el sistema nervioso digital del campo de batalla.

Órdenes con la mirada: cómo funciona la interfaz

El flujo de una misión tipo ilustra bien el potencial del sistema. Un soldado envía un dron a reconocer una zona y le ordena regresar cuando encuentre algo que parezca una unidad de artillería. El sistema identifica el objetivo y propone cursos de acción —como enviar otro dron a atacar—, pero esas opciones deben ser aprobadas por la cadena de mando antes de ejecutarse.

Para guiar al sistema, el soldado puede hablar en lenguaje natural. Grandes modelos de lenguaje —Anduril está probando Gemini de Google, Llama de Meta e incluso Claude de Anthropic— traducen esos comandos de voz en instrucciones que el software puede ejecutar.

Hablar en combate no siempre es posible. Por eso el sistema contempla interfaces alternativas: el seguimiento ocular y toques sutiles permiten operar sin emitir ningún sonido, algo que puede resultar decisivo cuando revelar la posición supone un riesgo mortal.

El problema que nadie ha resuelto: la sobrecarga de información

Jonathan Wong conoce bien los límites del combatiente real. Ex marine e investigador sénior en RAND, Wong advierte que el mayor obstáculo no es técnico, sino cognitivo. «¿Cuánto ancho de banda mental tienes para ser consciente de tu entorno y operar esta tecnología de forma que te beneficie a ti y a tu unidad?», pregunta.

Para ilustrarlo, recurre a su propia experiencia como comandante de pelotón. Tenía una radio que operaba en tres canales simultáneos. «En el momento en que dos personas hablaban a la vez por canales distintos, dejaba de comprender lo que cualquiera de ellas intentaba decirme, y probablemente tampoco era consciente de lo que pasaba a mi alrededor», recuerda.

El sistema solo tendrá valor real si ahorra más atención mental de la que consume. Un umbral difícil de superar en condiciones reales de combate, que podría llevar años de pruebas de campo confirmar.

Obstáculos técnicos, competencia y riesgos de la IA en el campo de batalla

Los retos de ingeniería son considerables. Las gafas deben funcionar en entornos con polvo, explosiones y humo, muy lejos de las condiciones controladas de un laboratorio. Añadir la potencia de cómputo y la batería necesarias implica más peso para soldados que ya cargan más de 45 kilogramos de equipo. Sin cobertura 5G generalizada en zonas de conflicto, los modelos de IA deberán ejecutarse localmente en el propio dispositivo.

Anduril no compite en solitario. Rivet, especializada en sensores portátiles militares, recibió un contrato de prototipado de 195 millones de dólares al mismo tiempo. La empresa israelí Elbit obtuvo el suyo propio por 120 millones en marzo. Y el precedente de Microsoft —cuyo contrato de 22.000 millones fue cancelado cuando las gafas no demostraron ser viables— pesa sobre todo el sector.

Más allá de los problemas técnicos, existe un salto cualitativo en los riesgos éticos. Introducir IA imperfecta en decisiones de ataque en primera línea es algo cualitativamente distinto al uso actual de visión por computador en entornos militares. Los errores, en este contexto, no se miden en datos perdidos, sino en vidas.

La pregunta que este proyecto deja en el aire no es solo si la tecnología funcionará. Es si resulta razonable normalizar que una máquina proponga objetivos letales a un soldado que apenas tiene tiempo de parpadear. Esa respuesta, por ahora, no la tiene ni Anduril ni Meta.

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