En marzo de 2022, miles de terremotos sacudieron São Jorge, una isla volcánica portuguesa en el archipiélago de las Azores, mientras una masa de magma equivalente al volumen de 32.000 piscinas olímpicas ascendía desde más de 20 kilómetros de profundidad. La alarma entre sus habitantes fue inmediata. Lo que los científicos documentaron después resultó aún más perturbador: la mayor parte de ese ascenso ocurrió casi en silencio, con escasa actividad sísmica, hasta que el magma se detuvo a apenas 1,6 kilómetros de la superficie. Una erupción que nunca llegó a producirse, pero que estuvo mucho más cerca de lo que nadie había calculado.
Una intrusión que nadie vio venir
El episodio comenzó sin previo aviso en marzo de 2022. En cuestión de días, una enorme masa de magma ascendió desde más de 20 kilómetros de profundidad hasta quedar suspendida a escasos 1,6 kilómetros de la superficie. La velocidad del proceso resultó extraordinaria para este tipo de fenómenos: todo ocurrió en días, no en semanas ni meses.
Lo más desconcertante fue el silencio. Gran parte del trayecto ascendente transcurrió con escasa actividad sísmica apreciable, y la mayoría de los terremotos no se registraron durante el ascenso, sino después, una vez que el magma dejó de moverse. Esa secuencia invertida complicó considerablemente la capacidad de los equipos de vigilancia para anticipar si la situación acabaría en erupción.
Los satélites, sin embargo, ofrecían una imagen completamente distinta. Los datos de observación remota revelaron que el suelo de la isla se había elevado unos seis centímetros —señal inequívoca de que el magma había penetrado en la corteza superficial—. Fue esa deformación del terreno detectada desde el espacio la que confirmó la magnitud real de lo que estaba ocurriendo bajo los pies de los habitantes de São Jorge.
Cómo los científicos reconstruyeron el camino oculto del magma
Reconstruir el recorrido subterráneo del magma exigió combinar fuentes de datos muy distintas. El equipo internacional desplegó sismómetros tanto en tierra firme como en el fondo del Atlántico, lo que permitió localizar con una precisión sin precedentes los focos de actividad sísmica asociados a la intrusión. A esos registros se sumaron mediciones de satélite y GPS que documentaron, punto por punto, cómo se deformó la superficie de la isla a lo largo del episodio.
La integración de ambas fuentes permitió trazar el recorrido subterráneo del magma y generar mapas sísmicos de una resolución inédita para este tipo de eventos. El estudio, publicado en Nature Communications y liderado desde el University College London, reunió a instituciones de Reino Unido, España y Portugal. El apoyo logístico para el despliegue de equipos en el fondo marino lo proporcionó la Marina portuguesa; los instrumentos geofísicos procedieron de las instalaciones del NERC británico.
La falla que actuó como autopista y válvula de escape
El magma no ascendió de forma aleatoria. Siguió el trazado de la Zona de Falla del Pico do Carvão, una estructura geológica conocida por haber generado terremotos de consideración en el pasado. En esta ocasión, sin embargo, la falla no produjo un gran seísmo, sino miles de pequeños temblores distribuidos a lo largo de su traza.
Los investigadores concluyen que la propia falla operó de dos maneras simultáneas y aparentemente contradictorias: canalizó y facilitó el ascenso del magma y, al mismo tiempo, permitió la fuga lateral de gases y fluidos, aliviando la presión interna acumulada. Esa pérdida de presión habría sido el factor decisivo.
Al escapar los gases por las fracturas de la falla, el magma perdió el impulso necesario para romper la corteza y alcanzar la superficie. Lo que parecía una erupción inminente quedó suspendida en el subsuelo: una «erupción fallida», en la terminología que emplean los propios autores del estudio.
Qué implica para la predicción de erupciones volcánicas
El caso de São Jorge plantea una advertencia incómoda para los sistemas de vigilancia volcánica actuales. Si una intrusión de esta magnitud puede producirse con señales sísmicas mínimas durante su fase más crítica, los protocolos de alerta temprana basados principalmente en la detección de terremotos podrían resultar insuficientes.
Los resultados apuntan también a que las grandes fallas geológicas desempeñan un papel determinante en el destino final del magma: si erupciona o queda atrapado en profundidad. Comprender mejor esa interacción podría modificar la forma en que se evalúa el riesgo en zonas volcánicas activas. La combinación de redes sísmicas terrestres y marinas con datos satelitales ha demostrado ser especialmente eficaz, y los investigadores señalan que los métodos empleados en São Jorge podrían aplicarse para perfeccionar los modelos de riesgo en otras islas oceánicas. Con más de 700 millones de personas viviendo en zonas de influencia volcánica, afinar esa capacidad predictiva no es una cuestión académica: es una necesidad práctica y urgente.
