Era junio de 2024 y el buque de investigación Meteor navegaba cerca de Islandia cuando Jonas Preine se quedó mirando fijamente la pantalla de su ordenador. Las imágenes sísmicas del fondo marino no encajaban con nada que hubiera visto antes.
Los montes submarinos que aparecían ante él tenían cimas planas y flancos cubiertos de depósitos que recordaban a erupciones violentas. El problema es que eso no debería ser posible allí: la dorsal mesoatlántica es una de las zonas geológicamente más tranquilas del planeta. Algo inesperado acababa de asomar bajo el Atlántico Norte.
Un perfil sísmico que no debería existir
La noche del primer día de navegación, el equipo de la Expedición M201 activó sus instrumentos geofísicos sobre la dorsal de Reykjanes sin grandes expectativas. Era una prueba técnica de rutina, una simple comprobación de que el equipo funcionaba antes de llegar al destino real. Nadie esperaba encontrar nada relevante.
Las imágenes que devolvieron los instrumentos contaron otra historia. En lugar del terreno rugoso y accidentado típico de las dorsales oceánicas, aparecieron montículos con cimas perfectamente planas y flancos escarpados cubiertos de depósitos dispersos, como si una erupción violenta hubiera arrojado material a gran distancia. Eso no encajaba con el vulcanismo silencioso que caracteriza estas zonas.
Preine reconoció las formas casi de inmediato: se parecían a los volcanes explosivos que había estudiado cerca de Santorini durante su tesis doctoral, un sistema submarino conocido por su violencia geológica. Tomó capturas de pantalla y las compartió con el equipo. Al regresar de la expedición principal, convencer al científico responsable del proyecto de que merecía la pena investigar más no le costó demasiado.
La profundidad como interruptor
La razón por la que nadie esperaba volcanes explosivos en la dorsal mesoatlántica tiene que ver con la física del agua. A más de 2.500 metros de profundidad, donde se encuentra la mayor parte de la dorsal, la presión aplasta cualquier tendencia explosiva: los gases volcánicos no pueden expandirse y la lava simplemente fluye en silencio por las fisuras del fondo marino.
La expedición identificó, sin embargo, un umbral crítico. En torno a los 300 metros de profundidad, la presión disminuye lo suficiente para que el agua en contacto con la lava se convierta en vapor de forma violenta, y por encima de ese punto una erupción puede proyectar material incluso por encima de la superficie del mar.
«El parámetro clave aquí es la profundidad», confirmó Ross Parnell-Turner, geofísico del Instituto Scripps de Oceanografía de la Universidad de California en San Diego, que no participó en el estudio. Una distinción aparentemente sencilla, pero con consecuencias geológicas considerables.
Islas fantasma: la historia cobra sentido
El 14 de noviembre de 1963, sin previo aviso, emergió tierra firme sobre las frías aguas negras de la dorsal de Reykjanes. Durante tres años, un volcán escupió material hasta alzarse 171 metros sobre el mar. El gobierno islandés bautizó la isla como Surtsey, en honor al dios del fuego de la mitología nórdica. Hoy, erosionada por el Atlántico, apenas asoma sobre las olas.
Surtsey no fue un caso aislado. Los registros históricos documentan al menos 14 erupciones en el norte de la dorsal de Reykjanes durante los últimos 1.000 años, muchas de ellas asociadas a islas que aparecían y desaparecían en cuestión de meses o años. La Marina Real Británica llegó a plantar banderas en algunas antes de que el mar se las tragara de nuevo.
Los depósitos en los flancos de los volcanes submarinos son la clave para entender qué ocurrió. El agua frena el material expulsado en una erupción submarina, que cae cerca de la fuente; en cambio, cuando un volcán rompe la superficie, puede dispersar ceniza y roca mucho más lejos, durante días, meses o incluso años. Esa diferencia permite distinguir ambos tipos de erupción en el registro geológico. Las cimas planas también ofrecen pistas: están erosionadas de forma uniforme hasta unos 40 metros de profundidad, exactamente hasta donde llegan las olas de tormenta del Atlántico Norte.
¿Hielo o agua? El debate sobre las cimas aplanadas
Hace unos 20.000 años, los glaciares de Islandia cubrían la dorsal de Reykjanes hasta aproximadamente la zona donde hoy hay 300 metros de agua. Eso llevó al equipo a plantearse si los volcanes de cima plana podrían ser versiones sumergidas de las llamadas tuyas, montañas formadas cuando el magma colisiona con el hielo glaciar y queda contenido bajo su peso.
La evidencia encontrada apunta en otra dirección. El material volcánico se acumuló sobre restos glaciares abandonados, lo que sugiere que las erupciones ocurrieron después de que el hielo se retirara, no durante su presencia. La mayoría de los expertos consultados descarta así la hipótesis glaciar, aunque el geofísico islandés Páll Einarsson prefiere esperar más pruebas antes de pronunciarse.
Preine no descarta del todo el papel del hielo, pero le atribuye una función distinta. Su retirada pudo liberar presión sobre la corteza terrestre y desencadenar un nuevo período de actividad volcánica, del mismo modo que la columna de agua suprime las erupciones en profundidad.
Una dorsal que podría despertar de nuevo
Desde aproximadamente 2020, una gran cámara magmática se ha ido hinchando bajo la península de Reykjanes, provocando terremotos y erupciones que han obligado a evacuar Grindavík, una localidad pesquera de unos 3.700 habitantes. La presión, según los científicos, sigue acumulándose.
Preine estima que las probabilidades de que surja una nueva Surtsey «no son bajas». En enero, un colega le informó por correo electrónico de un enjambre sísmico reciente en la dorsal. «Nada importante, pero nunca se sabe», dijo.
El patrón podría reproducirse en otras zonas poco profundas de dorsales oceánicas: desde las Azores hasta el mar Rojo, pasando por las Galápagos. Para confirmarlo hace falta muestrear rocas directamente sobre el terreno, algo que exige años de planificación. Las expediciones de exploración submarina se programan con mucha antelación, y los científicos saben que deberán esperar antes de obtener respuestas definitivas. Mientras tanto, el fondo del Atlántico sigue guardando sus secretos.
