Las células inmunitarias que circulan por la sangre tienen una misión aparentemente clara: detectar amenazas y combatir infecciones. Pero un estudio reciente sugiere que, en personas con depresión mayor, estas células muestran algo inesperado: actividad en genes que normalmente se asocian al cerebro y a sus conexiones.
¿Qué hace el lenguaje molecular de las neuronas en la sangre? Eso es precisamente lo que se preguntaron investigadores de la Universidad de São Paulo cuando analizaron más de 3.000 muestras de sangre procedentes de bases de datos de Estados Unidos, Alemania y Francia.
La depresión que circula por la sangre
Cuando pensamos en los glóbulos blancos, los imaginamos patrullando la sangre en busca de virus o bacterias. Sin embargo, los leucocitos periféricos no son células pasivas: contienen receptores y enzimas que procesan neurotransmisores, exactamente igual que las neuronas. Sobre esa capacidad compartida lleva años trabajando el equipo de la Universidad de São Paulo.
«La división entre el sistema inmunitario y el sistema nervioso es meramente educativa», explica el coordinador del estudio, Otávio Cabral-Marques. En la práctica, ambos sistemas están estrechamente interconectados a través de una red de genes compartidos, y entender esa red es el objetivo central de este grupo de investigación.
Cómo se analizaron más de 3.000 muestras de sangre
Para explorar esa conexión, el equipo diseñó un estudio observacional de biología de sistemas. Combinaron bases de datos públicas de Estados Unidos, Alemania y Francia con datos transcriptómicos obtenidos mediante secuenciación de alto rendimiento —una tecnología que permite leer millones de secuencias genéticas con rapidez y precisión— para construir una imagen lo más completa posible de la actividad génica en sangre.
El análisis final incluyó 1.864 personas diagnosticadas con depresión mayor y 1.208 individuos sanos como grupo de comparación. Los investigadores midieron con qué frecuencia se activaban o desactivaban genes específicos en los glóbulos blancos de ambos grupos, buscando patrones que distinguieran a unos de otros.
1.383 genes alterados y una huella sináptica inesperada
Los resultados fueron llamativos. Se identificaron 1.383 genes con actividad alterada en los leucocitos de los pacientes con depresión mayor, y de ese total, 73 están habitualmente vinculados a las sinapsis cerebrales: transmisión de neurotransmisores y formación de conexiones neurales.
Para afinar el hallazgo, los investigadores aplicaron un análisis discriminante lineal, una técnica matemática que reduce datos complejos para encontrar los patrones que mejor separan dos grupos distintos. El resultado fue un subconjunto de 18 genes sinápticos que distinguían de forma consistente a las personas con depresión de las personas sanas. Reducido, pero con una capacidad discriminatoria notable.
Siete genes compartidos entre la sangre y el cerebro
El paso siguiente fue cruzar estos datos inmunitarios con información genética de siete regiones cerebrales implicadas en la regulación del estado de ánimo, entre ellas la corteza cingulada anterior y la corteza orbitofrontal. El cruce reveló algo significativo: esos mismos siete genes sinápticos aparecían alterados tanto en las células inmunitarias como en dichas regiones cerebrales.
Su relevancia va más allá de la depresión. Al mapearlos contra una base de datos de enfermedades conocidas, los investigadores encontraron vínculos con trastorno bipolar, psicosis, ansiedad, hipertensión, enfermedades arteriales y psoriasis. «La depresión no está confinada al cerebro, sino que afecta al cuerpo de forma integrada y molecular», señala Anny Silva Adri, autora del estudio. Las comorbilidades físicas que tan a menudo acompañan a la depresión no serían síntomas paralelos sin relación: podrían compartir una base genética común.
Un posible marcador en sangre y sus límites actuales
La implicación más inmediata del estudio es clínica. Dado que la sangre es mucho más accesible que el tejido cerebral, los genes identificados podrían servir como biomarcadores de la presencia y la gravedad de la depresión. «Abre posibilidades interesantes para desarrollar un panel de genes en células inmunitarias circulantes vinculados a la depresión», apunta Adri.
Los propios autores son cautelosos. El estudio es exploratorio y observacional: no establece causalidad, y no es posible saber si la alteración genética precede a la depresión o si es la depresión la que modifica la actividad genética. Encontrar genes sinápticos en leucocitos tampoco significa que esas células formen sinapsis funcionales como las neuronas.
Quedan dos frentes abiertos: experimentos de laboratorio que observen directamente qué hacen esos genes dentro de los glóbulos blancos, y estudios longitudinales que sigan a los pacientes a lo largo del tiempo para registrar cómo cambian sus perfiles genéticos al mejorar o empeorar los síntomas.
La investigación, publicada en Scientific Reports, abre una dirección de trabajo con fundamento. Si futuros estudios confirman el papel de estos genes, la sangre podría convertirse en una ventana diagnóstica hacia la depresión, y la inflamación periférica en un nuevo objetivo terapéutico. La mente y el cuerpo, una vez más, resultan ser menos separables de lo que parecía.
