Durante casi 700 años, cazadores indígenas regresaron una y otra vez al yacimiento Bergstrom, en el centro de Montana, para cazar bisontes. Luego, hace aproximadamente 1.100 años, dejaron de hacerlo de forma abrupta.
Lo desconcertante no es el abandono en sí, sino lo que no lo explica: los bisontes seguían siendo abundantes en la región. La vegetación no había cambiado. No hubo ningún colapso ecológico aparente. Un lugar que había funcionado durante siglos quedó desierto por razones que los investigadores tardaron más de un milenio en descifrar.
Un yacimiento que funcionaba… hasta que dejó de hacerlo
El yacimiento Bergstrom no fue un enclave de paso. Los cazadores indígenas lo utilizaron de forma intermitente durante aproximadamente 700 años —una elección repetida, generación tras generación, no una coincidencia.
El abandono llegó hace unos 1.100 años. Y ahí reside la paradoja: los bisontes seguían presentes, la presión cinegética era intensa y no existía ninguna razón evidente para dejar un lugar que había funcionado durante siglos.
El estudio que intenta responder a esta pregunta fue publicado en Frontiers in Conservation Science. Lo lideró el paleoecólogo John Wendt, profesor asistente de gestión de ecosistemas de pastizales en la Universidad Estatal de Nuevo México. Su equipo no buscaba confirmar una hipótesis, sino entender una anomalía.
Cómo los investigadores desenterraron el pasado
Para reconstruir lo ocurrido, el equipo combinó arqueología con análisis ambiental. En primavera de 2019 excavaron nueve pozos de prueba de un metro por un metro, documentaron y fotografiaron los materiales hallados, y enviaron muestras de carbón vegetal para datación por radiocarbono.
También recogieron dos núcleos de sedimento cerca del área de excavación. El análisis de polen y carbón contenido en esos núcleos permitió reconstruir la vegetación local y la actividad de incendios a lo largo del tiempo. Los datos sobre grandes herbívoros y las condiciones climáticas históricas completaron el cuadro.
Los resultados fueron, al principio, desconcertantes. La vegetación no había cambiado, los incendios no habían aumentado y los bisontes no escaseaban. Como señaló Wendt, el abandono no ocurrió porque el yacimiento se volviera ecológicamente inadecuado en ningún sentido absoluto.
La sequía como factor decisivo
Descartadas las explicaciones más evidentes, las pruebas apuntaron en otra dirección: sequías severas y recurrentes, de décadas de duración, que redujeron el acceso al agua en el pequeño arroyo cercano al yacimiento. Estas sequías se produjeron tanto antes como después del abandono definitivo.
El agua no era un detalle menor. Procesar grandes cantidades de animales cazados exigía agua en abundancia, y sin ese recurso toda la operación perdía viabilidad. No desaparecieron los bisontes. Desapareció la posibilidad práctica de aprovecharlos a gran escala en ese lugar concreto.
El abandono, por tanto, no respondió a una crisis ecológica total, sino a la pérdida de un recurso específico y difícil de sustituir.
El cambio hacia cacerías más grandes y coordinadas
Al mismo tiempo, algo más estaba transformándose. Los grupos de cazadores evolucionaban desde bandas móviles y oportunistas hacia operaciones de mayor escala y mejor coordinadas, capaces de generar excedentes para el comercio y el almacenamiento invernal, aunque eso exigía mucho más de los lugares donde se llevaban a cabo.
Requerían agua fiable, combustible para las hogueras de procesado, pastos que atrajesen a las manadas y características del paisaje que facilitaran la caza. Los acantilados empleados en los bison jumps eran especialmente valiosos. Un enclave con todas esas condiciones se utilizaba durante siglos.
Esa mayor especialización tenía un coste: los lugares idóneos eran escasos y difíciles de reemplazar. Cuando un recurso clave fallaba, toda la operación quedaba comprometida. Eficiencia y vulnerabilidad crecieron en paralelo.
Lecciones de adaptación climática que resuenan hoy
El caso Bergstrom no es únicamente una historia del pasado. Wendt concluye que el abandono demuestra cómo las comunidades humanas ya reorganizaban sus estrategias ante sequías recurrentes hace menos de 2.000 años. La flexibilidad y la transmisión de conocimiento entre generaciones fueron lo que permitió a estos grupos sobrevivir períodos de inestabilidad climática prolongada.
Los investigadores advierten que otros yacimientos abandonados en la región pueden responder a causas distintas, y el estudio tampoco permite determinar con exactitud la frecuencia de uso del Bergstrom ni la duración de cada ocupación. El registro arqueológico tiene sus límites.
Aun así, el equipo sugiere que los programas modernos de gestión del bisonte podrían aprender de esta historia. Mantener la capacidad de adaptarse —de cambiar dónde y cómo se gestiona una especie— puede ser tan importante como cualquier otra medida de conservación.
Hay algo que invita a la reflexión en la imagen de un lugar abandonado no por escasez de presas, sino por falta de agua. En un mundo donde las sequías se intensifican, esa lección de hace once siglos resulta más próxima de lo que parece.
