En noviembre, Belém se convierte en el centro de la diplomacia climática mundial. Por primera vez en sus treinta años de historia, la Conferencia de las Partes de la ONU —la COP— celebra su cumbre anual en plena región amazónica, entre el 10 y el 21 de noviembre, con casi 200 países sentados a la misma mesa.
La cita llega cargada de peso acumulado. Décadas de negociaciones, acuerdos históricos y compromisos incumplidos confluyen en Belém en un momento en que, según la propia ONU, queda mucho por resolver.
Qué es la COP y por qué existe
La COP nació del Convenio Marco de la ONU sobre el Cambio Climático (CMNUCC), un tratado multilateral firmado en 1992. Su origen está directamente vinculado al primer informe de evaluación del IPCC, publicado en 1990, que ofreció la primera síntesis científica rigurosa del problema climático a escala global.
El objetivo central de la Convención es estabilizar las concentraciones de gases de efecto invernadero en la atmósfera a niveles que eviten interferencias peligrosas con el sistema climático. Es, en esencia, el mandato que orienta todas las negociaciones desde hace tres décadas.
Hoy integran la Convención 198 Partes: 197 estados y la Unión Europea. Las reuniones anuales sirven para evaluar el progreso de cada país, negociar estrategias colectivas y fomentar la cooperación internacional en materia climática.
Cómo funciona una cumbre del clima por dentro
Cada COP arranca con sesiones plenarias donde representantes de casi todos los países debaten los grandes temas e introducen los puntos de la agenda. Es el momento de los discursos, las posiciones formales y los primeros tanteos diplomáticos.
El trabajo se distribuye después en grupos de negociación especializados, cada uno centrado en un ámbito concreto: mitigación, adaptación, financiación o transferencia tecnológica. Este formato permite discusiones técnicas y detalladas que serían inviables en sesión plenaria.
En paralelo, gobiernos, ONG y otros actores organizan decenas de eventos secundarios para mostrar soluciones y establecer alianzas. Al cierre de cada cumbre, todos los acuerdos alcanzados quedan recogidos en un documento oficial denominado «Decisión de la COP» —el texto de referencia que los países deben seguir al implementar sus compromisos climáticos.
Los grandes hitos que dieron forma al sistema climático global
El primer gran acuerdo vinculante llegó en 1997 con el Protocolo de Kioto. Estableció objetivos legalmente obligatorios de reducción de emisiones para los países desarrollados, con una meta global del 5,2 % respecto a los niveles de 1990, e introdujo el principio de responsabilidades diferenciadas: los países ricos, responsables históricos del problema, debían actuar primero.
El Acuerdo de París de 2015 amplió ese marco de forma decisiva. Por primera vez, 196 Partes se comprometieron conjuntamente a limitar el calentamiento global «muy por debajo de 2 °C», con el objetivo aspiracional de no superar 1,5 °C. París introdujo también las Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC), los planes individuales de cada país para reducir emisiones, con un ciclo de revisión quinquenal que obliga a actualizar y reforzar esos compromisos de forma periódica.
El fracaso de Bakú y la herencia que recibe Belém
La COP29 en Azerbaiyán dejó un sabor amargo. El acuerdo de financiación climática alcanzado —300.000 millones de dólares anuales para 2035— fue calificado de «insultantemente bajo» por los delegados del Sur Global, que reclamaban billones. Los expertos sitúan las necesidades reales en torno a 1,3 billones de dólares al año.
El contraste con la COP28 resultó especialmente llamativo: aquella cumbre había cerrado con un llamamiento histórico a «alejarse» de los combustibles fósiles, pero Bakú apenas registró avances concretos en esa dirección. La presencia de más de 1.700 lobistas del petróleo y el gas reavivó las críticas sobre la influencia de la industria fósil en las negociaciones, y las voces que califican las cumbres de «farsa» ganaron fuerza al conocerse esa cifra.
El secretario ejecutivo de la CMNUCC, Simon Stiell, fue directo al término de la cumbre: Brasil recibe «una montaña de trabajo por hacer».
Por qué la COP30 en Belém es diferente a todas las anteriores
Belém no es una sede más. Es la primera vez que una conferencia climática de la ONU se celebra en la región amazónica, descrita habitualmente como el epicentro de la crisis climática, y la elección del lugar tiene un peso simbólico difícil de ignorar.
Brasil ha impulsado una agenda ambiciosa que incluye el fin de los combustibles fósiles y el reconocimiento de los territorios indígenas. La agenda temática de dos semanas cubre energía, finanzas, biodiversidad, seguridad alimentaria y género, con jornadas específicas para cada bloque.
La ausencia de representación de alto nivel de Estados Unidos añade presión adicional. El resto de delegaciones deberá demostrar que el Acuerdo de París mantiene su impulso incluso sin uno de sus actores más influyentes en la mesa. Lo que ocurra en Belém marcará el ritmo de la acción climática durante los próximos años: las NDC que los países presenten, los acuerdos de financiación que se alcancen y el tratamiento que reciban los combustibles fósiles serán las señales a seguir cuando la cumbre cierre sus puertas el 21 de noviembre.
