El Estadio Azteca llevaba horas en vilo. Primero, una tormenta eléctrica obligó a suspender el partido; luego, cuatro décadas de historia pesaban sobre cada minuto de espera. México, anfitriona de este Mundial 2026, tenía por fin la oportunidad de disputar ese quinto partido que tantas veces se le había negado —y de ganarlo por primera vez desde 1986.
Con una nación entera pendiente del marcador y Ecuador enfrente, crecido tras remontar a Alemania en la fase de grupos, el Azteca recibió el duelo con una electricidad que la tormenta no había logrado apagar.
Una maldición de 40 años como telón de fondo
Desde México 86, la selección azteca no ha superado los octavos de final en ningún Mundial. Cuatro décadas de eliminaciones prematuras han convertido ese quinto partido en un símbolo casi mítico. No es solo una estadística: es una herida que se reabre cada cuatro años, puntual y dolorosa.
Ser anfitriona lo multiplica todo. Javier Aguirre dirigía a su equipo en casa, ante su propia afición, en el Azteca, donde cada error se amplifica y cada acierto también. La presión que acarrea ese historial ya sería considerable en cualquier torneo, pero jugar en Ciudad de México —el corazón del fútbol mexicano— con esta carga histórica es, al mismo tiempo, un privilegio y un peso difícil de gestionar.
Ecuador llega crecido tras una épica remontada ante Alemania
Ecuador no llegó a este cruce como un rival cómodo. En la fase de grupos, la Tricolor protagonizó una de las remontadas más destacadas del torneo al superar a Alemania, resultado que disparó su confianza de cara a la eliminatoria.
Sobre el papel, el duelo era equilibrado: dos selecciones americanas con argumentos para ganar, en un estadio que no iba a favorecer la frialdad de ninguna. A esa tensión deportiva se sumó la incertidumbre de la suspensión inicial. La tormenta eléctrica que retrasó el comienzo añadió una capa extra de nerviosismo, y para México, cada minuto de espera era otro minuto con cuarenta años de historia a cuestas.
Quiñones abre la lata con un cañonazo al contragolpe
Cuando el partido arrancó por fin, México no tardó en marcar el ritmo. El primer gol llegó en un contragolpe: Quiñones disparó con potencia al palo corto y el balón entró sin remedio. Un disparo limpio, sin adornos, que hizo explotar el Azteca.
El 1-0 cambió la dinámica del encuentro. Ecuador intentó reaccionar y tuvo su momento —Yeboah disparó con la zurda en una acción peligrosa—, pero el portero Rangel respondió con una gran parada, ayudado también por el poste. El centro del campo mexicano fue determinante desde el primer minuto, con una coordinación entre líneas notable tanto en la presión como en la salida rápida al espacio.
Raúl Jiménez clava el 2-0 en la escuadra y desata la locura
El segundo gol fue de otra factura. Raúl Jiménez remató con precisión al ángulo, clavando el balón en la escuadra. No fue un gol de suerte ni de rebote, sino un disparo quirúrgico que certificó la superioridad mexicana antes del descanso.
Con el 2-0 en el marcador, Ecuador necesitaba un milagro. Los saques de esquina fueron su principal recurso, pero México los rechazó tres veces consecutivas sin conceder peligro. Aguirre supo leer el partido: su bloque compacto nunca perdió el orden, incluso con el marcador a favor, y la solidez defensiva completó el trabajo ofensivo.
¿Puede México romper por fin la maldición?
Este resultado coloca a México en una posición que no ocupaba desde hace cuatro décadas. Ganar un partido eliminatorio en un Mundial siendo anfitriona, con solvencia y con dos goles de mérito, es exactamente el tipo de actuación que alimenta la esperanza de que esta vez sea diferente.
Lo que viene ahora es la verdadera prueba. Mantener el nivel defensivo mostrado ante Ecuador será imprescindible, porque una cosa es dominar a un rival en un partido concreto y otra, muy distinta, sostener esa solidez ronda tras ronda.
El ambiente en Ciudad de México ya es de otra dimensión. Una nación entera ha visto algo que no veía desde 1986: a su selección ganar en una eliminatoria mundialista. Si México mantiene esta versión, la pregunta ya no es si puede romper la maldición. La pregunta es hasta dónde puede llegar.
