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Home Sin categoría

Keir Starmer asiste a su propio funeral político mientras el laborismo busca un sucesor para salvar al Gobierno

by David Pérez
11 de julio de 2026
in Sin categoría
Figura solitaria camina por un pasillo del Parlamento británico, evocando el aislamiento político de Keir Starmer

Un hombre avanza solo por los pasillos del Parlamento mientras el laborismo busca un sucesor ante la crisis política de Keir Starmer.

Hay un momento en Las aventuras de Tom Sawyer en que el protagonista asiste, escondido, a su propio funeral. Un asesor de Keir Starmer recurrió esta semana a esa imagen para describir la situación de su jefe. La diferencia, apuntó, es que Sawyer estaba vivo.

El Reino Unido se acerca al décimo aniversario del Brexit preparándose para estrenar su séptimo primer ministro en una década. Todo apunta a que el anuncio podría llegar en los próximos días. Starmer lleva menos de dos años en el cargo.

El séptimo primer ministro en diez años

El Reino Unido se dispone a recibir a Andy Burnham como su próximo primer ministro, posiblemente esta misma semana. El momento tiene una carga simbólica difícil de ignorar: el relevo coincide con la víspera del décimo aniversario del Brexit, el referéndum que partió al país en dos y que sigue condicionando su política interior.

Los números cuentan su propia historia. Starmer llegó al poder con 9,7 millones de votos y 411 escaños. Burnham le sustituye tras obtener 24.927 votos y un único escaño: el suyo. El parlamentarismo británico lo permite —basta con contar con el respaldo de los colegas en la Cámara de los Comunes— y no hacen falta elecciones generales ni consultar al país.

Así, el Reino Unido estrena su séptimo primer ministro en diez años. Una rotación que, vista desde fuera, empieza a parecerse menos a una democracia estable y más a un sistema que consume a sus propios líderes con llamativa regularidad.

Un líder que perdió a todos al mismo tiempo

Starmer ha logrado algo políticamente poco común: alienar a la vez a la opinión pública, a sus propios parlamentarios y a los donantes del partido. Los tres pilares que sostienen a cualquier líder laborista se han derrumbado de forma simultánea.

El retrato que emerge es contradictorio. Una parte del electorado le ve como un político sin convicciones reales; otra le acusa de ser un ideólogo inflexible, heredero de la «tercera vía» de Tony Blair, sobre quien se dice que ejerce una influencia considerable sobre el primer ministro. Ambas percepciones conviven, y ambas le perjudican.

Entre sus diputados, la palabra que más se repite es «arrogante». Starmer no se molestó en llamar por teléfono a varios parlamentarios laboristas hasta que llegó la primera catástrofe electoral: las elecciones locales de mayo del año pasado. Tampoco hizo campaña en Runcorn and Helsby, un escaño que los laboristas habían ganado diez meses antes por casi 15.000 votos. Lo perdieron por seis. Cuando le preguntaron por esa derrota, respondió con tres palabras: «He tomado nota».

Las decisiones que alienaron a sus propios votantes

Gobernar implica tomar decisiones impopulares. Pero hay una diferencia entre el coste político inevitable y el daño autoinfligido, y Starmer ha acumulado demasiado de lo segundo.

Una de sus primeras medidas fue recortar las subvenciones de calefacción a los jubilados. Quizá tuviera cierta lógica desde el punto de vista fiscal, pero políticamente situaba al Gobierno más a la derecha que Margaret Thatcher en uno de los asuntos más sensibles para el votante laborista tradicional.

Después llegó la ilegalización de Palestine Action bajo legislación antiterrorista. El grupo había protagonizado sabotajes, pintadas y daños materiales contra objetivos militares o de la industria de defensa. Equipararlo legalmente con organizaciones terroristas clásicas enfureció a la izquierda del partido, a los votantes jóvenes y a buena parte de las minorías —una decisión que el Gobierno no supo defender con claridad ante la opinión pública.

A eso se sumó la rebelión interna sobre la reforma de las prestaciones por discapacidad. Cuando los diputados laboristas forzaron al Gobierno a diluir el plan, Starmer se negó a respaldar públicamente a la ministra de Economía, Rachel Reeves, promotora de la reforma. La frialdad institucional se había convertido en un patrón reconocible.

El cadáver que aún no lo sabe

Starmer sigue convencido de que el tiempo le dará la razón. Su argumento es sencillo: si el electorado espera, acabará reconociendo los resultados de su gestión. Sus propios colaboradores ya no lo comparten.

La semana pasada ofreció a Burnham un puesto sénior en el Gobierno. El gesto, según quienes le rodean, revela algo más que generosidad política: sugiere que Starmer no ha terminado de asumir lo que está ocurriendo. Un asesor suyo lo describía en The Times recurriendo a la imagen de Tom Sawyer. La diferencia con el personaje de Twain, señalaba, es que Sawyer estaba vivo cuando asistió a su propio funeral.

La pregunta que queda abierta es más amplia que el destino de un solo político. El Reino Unido lleva una década cambiando de primer ministro con una frecuencia que ningún sistema democrático debería considerar normal. Burnham hereda un partido dividido, un electorado desconfiado y un país que sigue buscando, sin encontrarlo, un relato político en el que reconocerse. Lo que le ocurrió a Starmer no es solo la historia de un líder que no supo leer la sala. Es también la de una democracia que todavía no sabe con claridad qué quiere de quienes la gobiernan.

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