El Sistema Internacional de Unidades es el lenguaje de la ciencia moderna: sus definiciones ya no dependen de objetos físicos ni de convenciones arbitrarias, sino de constantes universales como la constante de Planck, válidas en cualquier rincón del universo. Es, en teoría, el estándar de medición más riguroso que existe.
Y sin embargo, si se mira con atención, ese mismo sistema lleva grabadas las huellas de los nudillos de los dedos humanos, de los astrónomos babilonios y de las limitaciones tecnológicas de la Francia revolucionaria. La pregunta que surge es incómoda: ¿cómo puede el sistema más exacto del mundo ser, al mismo tiempo, tan profundamente humano?
Por qué el kilogramo, y no el gramo, es la unidad base de masa
El problema empezó con el tamaño. En 1795, el gobierno revolucionario francés definió el gramo como la masa de un centímetro cúbico de agua a 4 °C. Era una definición elegante, pero el resultado era un objeto del tamaño de cinco guisantes, completamente inútil para el comercio diario.
La solución fue encargar un estándar mil veces mayor. Tras años de cálculos, el metalúrgico Étienne Lenoir fabricó en 1799 un cilindro de platino sólido que representaba el primer prototipo de kilogramo. En 1875, diecisiete países firmaron la Convención del Metro y el kilogramo se convirtió en referencia internacional.
En 1889 llegó «Le Grand K»: un cilindro de platino e iridio custodiado en una cámara subterránea del BIPM en Francia. Durante 130 años, ese objeto físico fue la definición oficial del kilogramo en todo el mundo. Un trozo de metal como árbitro universal de la masa.
La dependencia de ese objeto terminó en 2019. El kilogramo se redefinió en términos de la constante de Planck, medida con la balanza de Kibble, un instrumento que equilibra masas mediante fuerzas electromagnéticas. Hoy existe sin necesitar ningún cilindro que lo respalde.
La candela: la unidad que mide el universo a través de los ojos humanos
De las siete unidades base del SI, la candela es la única definida en función de la percepción visual humana. No mide una propiedad universal del universo. Mide cuánta luz percibe un ojo como el nuestro.
Su historia comienza en 1860, cuando el Parlamento británico introdujo la «candlepower» para regular el alumbrado público, basándola inicialmente en una vela fabricada con grasa de ballena. Como ninguna vela es idéntica a otra, ese estándar fue abandonado con rapidez.
La definición actual se ancla en la frecuencia de 540 × 10¹² Hz, un tono amarillo-verde al que el ojo humano es más sensible en condiciones de buena iluminación. A partir de ese color de referencia, los científicos emplean la denominada curva fotópica para calcular la intensidad luminosa de otros colores.
¿Por qué ese tono concreto? Los investigadores consideran que esa sensibilidad evolucionó porque coincide con el pico de irradiancia solar en la superficie terrestre. Para los humanos primitivos, distinguir ese color habría supuesto una ventaja real: las hojas amarillo-verdosas indican vegetación joven y rica en calorías, mientras que el verde más oscuro señala que los nutrientes ya han migrado hacia raíces y tallos.
El tiempo en base 60: una herencia babilónica que sobrevivió a la Revolución Francesa
El SI es un sistema decimal en casi todo. Excepto en el tiempo. Sesenta segundos forman un minuto, sesenta minutos una hora, veinticuatro horas un día. En un sistema construido sobre potencias de diez, esta anomalía resulta llamativa.
El origen está en los sumerios, que desarrollaron el sistema sexagesimal hacia el año 3000 a. C. Nadie sabe con certeza por qué eligieron el 60, pero hay una razón práctica que los investigadores señalan con frecuencia: el 60 es divisible entre 1, 2, 3, 4, 5, 6, 10, 12, 15, 20 y 30. Un número extraordinariamente cómodo para repartir y calcular. Los babilonios lo adoptaron después para sus observaciones astronómicas, dividiendo el cielo en ese mismo número de sectores.
Aquí entran los nudillos. Cada dedo, excepto el pulgar, tiene tres falanges separadas por los nudillos. Cuatro dedos suman doce partes; usando el pulgar y los dedos de la otra mano para contar de doce en doce, se llega a sesenta. El sistema sexagesimal, en parte, cabe literalmente en las manos.
En 1793, la Francia revolucionaria intentó cambiarlo con un tiempo decimal: diez horas por día, cien minutos por hora, cien segundos por minuto. La población lo rechazó con tal contundencia que el experimento fue abandonado apenas diecisiete meses después.
El radián: la unidad sin dimensión que el SI no sabe dónde colocar
El SI tiene unidades base para la longitud, la masa y la temperatura, pero ninguna para los ángulos geométricos. Esta ausencia genera problemas concretos: el par de torsión y el trabajo lineal comparten exactamente las mismas unidades, el Newton metro. Si esa expresión aparece en un documento técnico, es imposible saber de qué magnitud se trata sin contexto adicional.
El radián es matemáticamente conveniente. Al expresar ángulos en radianes, el cálculo diferencial se simplifica de forma notable: las derivadas del seno y el coseno no requieren factores de conversión, y las series de Taylor resultan directas. El problema es que el radián es adimensional por definición, puesto que resulta de dividir una longitud entre otra longitud, lo que lo convierte en un dolor de cabeza metrológico: técnicamente, «no tiene unidades».
En 2015, investigadores del NIST propusieron elevarlo a unidad base para resolver la ambigüedad entre par de torsión y trabajo. La propuesta era lógica, pero abría otros frentes: en mecánica cuántica, la constante de Planck reducida habría necesitado redefinirse en unidades de J·s/radián, alterando libros de texto y software científico en todo el mundo.
En 2024, un grupo internacional de metrología decidió mantener el radián como «cantidad con unidad uno». La nueva edición del manual oficial del SI recomienda escribirlo explícitamente cuando sea necesario, para distinguir el par de torsión del trabajo lineal. Un compromiso pragmático, aunque no del todo satisfactorio.
Un sistema en evolución que lleva la huella de lo humano
Desde 2019, las siete unidades base del SI están definidas mediante constantes universales fijas, válidas en teoría en cualquier punto del universo. Cualquier civilización con la tecnología suficiente podría reconstruirlas desde cero, sin necesidad de un cilindro de platino ni de ningún objeto fabricado en la Tierra.
Y aun así, la candela sigue midiendo la luz a través de ojos como los nuestros. El tiempo sigue contándose con el sistema que los sumerios desarrollaron hace cinco mil años. El kilogramo, y no el gramo, es la unidad base porque las balanzas del siglo XVIII no eran lo bastante precisas para pesar cinco guisantes.
En 2022, el SI amplió su lista de prefijos para cubrir las necesidades del cómputo moderno: ronna y quetta para magnitudes enormes, ronto y quecto para las más pequeñas. El sistema sigue creciendo.
Quizá la pregunta más interesante no sea si el SI es perfecto, sino qué revelaría sobre nosotros ante ojos ajenos. Si una civilización extraterrestre estudiara nuestras unidades de medida, encontraría en ellas un archivo inesperado: la anatomía de nuestras manos, la dieta de nuestros antepasados, las revoluciones que fracasaron y los compromisos que persistieron. El sistema más riguroso del mundo es también, inevitablemente, un retrato de la especie que lo construyó.
