Cada semana, buceadores voluntarios descienden a las praderas de Posidonia oceanica del litoral mediterráneo español para registrar su estado de conservación. A cientos de kilómetros, montañeros fotografían pértigas de nieve en Sierra Nevada y envían las imágenes por WhatsApp a investigadores del IGME-CSIC.
Gestos cotidianos, datos científicos reales. Lo que une a estos voluntarios es algo más que la curiosidad: forman parte de una red creciente de proyectos de ciencia ciudadana que, en los últimos años, ha dejado de ser una práctica marginal en España para convertirse en una herramienta consolidada de investigación colectiva.
Qué es la ciencia ciudadana y por qué está creciendo
La ciencia ciudadana permite que cualquier persona, sin formación previa, participe activamente en el proceso científico: observar, recopilar datos, formular preguntas o difundir resultados. No es una actividad nueva, pero su expansión reciente ha sido notable. Las aplicaciones móviles, las plataformas de datos abiertos y las redes sociales han ampliado considerablemente su alcance.
En España, dos instituciones marcan el rumbo. El CSIC cuenta con una Oficina de Ciencia Ciudadana que desarrolla la estrategia institucional y coordina cerca de un centenar de iniciativas activas. La Fundación Ibercivis, de la que el CSIC es patrono, gestiona el Observatorio de la Ciencia Ciudadana en España a través del portal ciencia-ciudadana.es, donde se centralizan proyectos, recursos y convocatorias.
El modelo funciona como un intercambio genuino: la ciudadanía aprende y se implica en problemas que le afectan directamente, mientras la comunidad científica obtiene datos que, por sus propios medios, nunca podría recopilar a esa escala.
Del mar a la montaña: proyectos que cubren todo el territorio
Algunos de los proyectos más representativos demuestran que la ciencia ciudadana llega donde los equipos científicos no pueden estar de forma continua.
POSIMED, impulsado por el Instituto de Ecología Litoral de El Campello, moviliza a buceadores voluntarios para monitorizar praderas de Posidonia oceanica en el litoral mediterráneo. Los participantes realizan un curso de formación previo y necesitan un mínimo de veinte inmersiones de experiencia. Sus datos ayudan a evaluar el estado de conservación de uno de los ecosistemas más sensibles del Mediterráneo.
En la montaña, el IGME-CSIC anima a senderistas y montañeros a fotografiar pértigas de nieve en Sierra Nevada, Picos de Europa, Ordesa, Aigüestortes y Guadarrama. Las imágenes se envían por WhatsApp o correo electrónico, y este seguimiento complementa una red de medición creada en 1981, convirtiendo a los aficionados a la montaña en colaboradores del estudio del cambio climático. En Canarias, la Red de Observadores del Medio Marino funciona como un sistema de alerta temprana que proporciona información actualizada en tiempo real sobre la salud de los ecosistemas marinos de la región.
Biodiversidad bajo vigilancia colectiva
La biodiversidad es, probablemente, el ámbito donde la ciencia ciudadana ha generado más iniciativas en España.
InvaPlant, coordinada por el Ministerio para la Transición Ecológica, y EXIA, vinculada al proyecto SUMHAL del CSIC, trabajan para detectar y cartografiar especies exóticas invasoras. Ambas utilizan iNaturalist como herramienta principal. Cualquier persona puede registrar una observación y contribuir a un inventario actualizado de flora invasora.
Stop Atropellos de Fauna reúne a voluntarios que recorren itinerarios fijos, a pie o en bicicleta, para registrar animales atropellados en carreteras. El proyecto cuenta con el respaldo científico de la Estación Biológica de Doñana y de tres de las principales sociedades científicas del país. El Biomaratón de Flora Española convoca cada año a ciudadanos de todo el país para fotografiar plantas mediante iNaturalist; no hace falta saber identificar la especie, ya que usuarios con más experiencia colaboran en esa tarea de forma participativa.
Catch The Fly lleva la ciencia ciudadana al aula. Estudiantes de secundaria recogen muestras de Drosophila en campos de cultivo cercanos a sus centros y las envían a investigadores del consorcio europeo DrosEU, que analiza su ADN para estudiar la adaptación genética al cambio climático.
Ciudades, salud y clima: la ciencia ciudadana llega al entorno urbano
La ciencia ciudadana no ocurre solo en espacios naturales. Las ciudades se han convertido en un laboratorio igualmente activo.
En Madrid, el proyecto europeo URBANOME desarrolló la iniciativa «Rutas Escolares Saludables«. Alrededor de 400 niños de siete colegios de primaria participaron en la monitorización de la calidad del aire en sus trayectos escolares. Financiado por el programa H2020 de la UE, el proyecto combinó talleres, encuestas de movilidad y mediciones de contaminantes.
LiquenCity, coordinado por el Real Jardín Botánico del CSIC junto a otros centros, involucra a habitantes de Madrid y Barcelona en la identificación de líquenes en árboles urbanos. Los líquenes son indicadores sensibles de la calidad del aire, y su distribución en la ciudad revela información que los instrumentos convencionales no siempre capturan. El Observatorio de Narrativas Climáticas investiga, a través de talleres, entrevistas y análisis de medios, cómo se comunica el cambio climático en comunidades locales. El proyecto ECHO, con socios españoles como Ibercivis y la Universidad de Extremadura, moviliza a ciudadanos de toda Europa para tomar muestras de suelo y evaluar su salud.
Cómo participar: herramientas y recursos disponibles
Incorporarse a un proyecto de ciencia ciudadana no requiere experiencia ni equipamiento especial. Las barreras de entrada son bajas por diseño.
iNaturalist y Observation.org permiten registrar observaciones de flora y fauna desde el móvil. La aplicación de la Unión Europea para especies invasoras facilita la identificación y el reporte de estas especies en cualquier punto del territorio europeo. Cualquiera puede empezar hoy.
Para quienes quieran profundizar, la Breve Guía de Ciencia Ciudadana del CSIC, publicada en 2022, ofrece orientaciones prácticas y recomendaciones metodológicas tanto para unirse a un proyecto existente como para diseñar uno nuevo. El portal ciencia-ciudadana.es centraliza toda la oferta disponible en España. Los perfiles de participación son muy diversos: un montañero que envía una foto, un estudiante que recoge moscas en un campo de cultivo, un buceador que toma datos submarinos, un vecino que fotografía líquenes en su barrio. Todos contribuyen a una misma red de conocimiento colectivo.
Una práctica que seguirá creciendo
La trayectoria de la ciencia ciudadana en España apunta en una dirección clara. Lo que comenzó como iniciativas dispersas se ha convertido en una infraestructura estable, con instituciones de referencia, plataformas consolidadas y una comunidad de voluntarios en constante crecimiento.
Los próximos años plantean preguntas relevantes: ¿cómo garantizar la calidad y continuidad de los datos recopilados? ¿De qué manera pueden integrarse mejor los resultados en las políticas públicas de conservación o salud urbana? ¿Qué papel jugarán tecnologías como la inteligencia artificial aplicada a la identificación de especies?
Lo que ya está claro es que la frontera entre científicos y ciudadanos se ha vuelto más permeable. Y eso, para la investigación colectiva, es un punto de partida con mucho recorrido.
