Hace 66 millones de años, un asteroide transformó la Tierra de forma irreversible. Los dinosaurios no avianos desaparecieron, y con ellos, un mundo entero. Lo que vino después es la era geológica en la que seguimos viviendo: el Cenozoico.
En ese tiempo surgieron los Himalayas, las ballenas, los cactus y, probablemente, el Gran Cañón. La llamamos la «Era de los Mamíferos», como si el título fuera evidente. Pero vale la pena preguntarse si realmente lo es.
El fin del mundo que conocíamos: el inicio del Cenozoico
Hace 66 millones de años, el impacto de un asteroide masivo desencadenó el evento de extinción Cretácico-Paleógeno, uno de los episodios más disruptivos en la historia de la vida en la Tierra. Los dinosaurios no avianos desaparecieron junto con una proporción enorme de las especies que habitaban el planeta.
Ese cataclismo no fue solo un final. Fue también un principio: el espacio ecológico que dejaron los dinosaurios abrió paso a una nueva era geológica, el Cenozoico, que continúa hasta hoy.
Vale la pena detenerse en ese detalle. No estamos hablando de una era remota y cerrada. Vivimos en el Cenozoico ahora mismo.
Un planeta irreconocible: los grandes cambios del Cenozoico
Durante estos 66 millones de años, la Tierra cambió de formas difíciles de imaginar. Las placas tectónicas empujaron hacia arriba lo que hoy conocemos como el Himalaya, la cadena montañosa más alta del mundo. La vida también se reinventó: aparecieron los primeros cactus, las aves se diversificaron de forma extraordinaria y los ancestros terrestres de las ballenas iniciaron el largo proceso evolutivo que los llevaría al océano.
Incluso el paisaje más reconocible de Norteamérica tiene raíces en esta era. Gran parte del Gran Cañón se formó durante el Cenozoico, esculpido a lo largo de millones de años de erosión.
¿Por qué la llamamos «Era de los Mamíferos»?
Cuando los dinosaurios no avianos desaparecieron, los mamíferos encontraron un mundo con menos competencia. Se diversificaron con rapidez y colonizaron ecosistemas terrestres que antes les estaban vedados.
Pero hay otro factor, menos científico y más humano. Los mamíferos son grandes, visibles y carismáticos: fáciles de observar, de estudiar, de recordar. Eso los convirtió en el grupo emblemático del Cenozoico, al menos desde nuestra perspectiva. Y ahí reside la clave: somos mamíferos. Tendemos, casi de forma inevitable, a situar a nuestro propio grupo en el centro del relato, algo que ha condicionado durante décadas la manera en que se enseña y se comunica la historia de la vida en la Tierra.
El título que nadie le dio a los peces teleósteos
Aquí el relato se complica. El Museo de Paleontología de la Universidad de California en Berkeley señala que el Cenozoico podría haberse denominado perfectamente la «Edad de los Peces Teleósteos».
Los teleósteos son el grupo de peces óseos más diverso del planeta. Hoy existen más de 30.000 especies: desde el atún hasta el caballito de mar, desde el salmón hasta el pez payaso. Su diversificación durante el Cenozoico es comparable a la de los mamíferos y, en términos de número de especies, podría considerarse superior.
Nadie llama a esta era la «Edad de los Teleósteos». La razón no es científica. Es un sesgo que revela cómo el punto de vista humano distorsiona nuestra lectura de la evolución y determina qué grupos «cuentan» como protagonistas de la historia.
Lo que el Cenozoico nos enseña sobre cómo contamos la historia de la vida
La forma en que nombramos las eras geológicas no es neutral. Refleja prioridades culturales, no únicamente datos científicos. Llamar al Cenozoico la «Era de los Mamíferos» dice tanto sobre nosotros como sobre la era en sí misma.
Reconocer ese sesgo no invalida la ciencia, sino que la enriquece. Cuando se amplía el foco y se considera también el éxito de los teleósteos, emerge una imagen más completa y más honesta de la biodiversidad del planeta.
Esta historia, además, no ha concluido. El Cenozoico sigue en curso y somos parte activa de él, no observadores externos. Quizás la pregunta más valiosa no sea qué grupo merece el título de protagonista, sino cuántas otras narrativas consolidadas en ciencia están esperando que alguien las examine con la misma curiosidad crítica.
