Un conejo esponjado, un erizo hecho una bola, una mariquita posada sobre una hoja: a primera vista, la naturaleza parece repleta de animales redondos. Pero esa redondez, en la mayoría de los casos, es una ilusión.
Casi ningún animal terrestre es realmente esférico. Y si la forma perfectamente redonda existe en el reino animal, hay que buscarla en un lugar mucho más inesperado. ¿Dónde se esconde la verdadera esfericidad, y por qué le cuesta tanto abrirse paso en la naturaleza?
La ilusión de la redondez en tierra firme
Un conejo erizado de pelo parece una bola de peluche. Basta con imaginar su esqueleto para entender que la redondez es, en gran medida, una apariencia. Chris Law, biólogo evolutivo de la Universidad de Washington, lo dice sin ambages: físicamente, estos animales no son tan redondos como parecen.
La gravedad es el principal obstáculo. Sostener una masa redondeada sin apoyo somete las articulaciones a un estrés considerable. Los gatos y perros con sobrepeso lo ilustran bien: la obesidad les provoca problemas articulares y pérdida de movilidad. Una forma esférica permanente, en tierra, tiene un coste físico real.
Hay otra desventaja que no conviene ignorar. Ser perfectamente redondo dificulta esconderse, y meterse en grietas y espacios estrechos es una técnica de supervivencia esencial para muchos animales pequeños. Como señala Law, un animal así probablemente perdería movilidad y sería presa fácil para los depredadores.
Las excepciones que confirman la regla
Algunos animales se acercan a la esfericidad, aunque con matices. Los escarabajos son suficientemente pequeños para que la gravedad apenas les afecte: su caparazón duro y su forma redondeada los convierten en una presa difícil de tragar, y pueden esconderse en huecos sin problema, lo que neutraliza buena parte de las desventajas de la redondez.
Las ranas de lluvia tienen una estrategia distinta. Se inflan hasta adoptar una forma esférica para resistir que los depredadores las saquen de sus escondites. Es una redondez funcional, pero temporal.
Las cochinillas, cuando se enrollan, son quizás el mejor candidato terrestre al título de animal más redondo. El problema es que no mantienen esa forma de manera permanente. Las mariquitas, aunque parecen esféricas, tienen la base plana para facilitar el movimiento. Ninguna cumple del todo el criterio de esfericidad perfecta y constante.
El mar como territorio de la redondez
En el océano, las reglas cambian. La flotabilidad contrarresta parcialmente la gravedad, lo que reduce el coste físico de mantener una forma esférica. Ser redondo en el mar no solo es posible: en algunos casos, resulta crítico para sobrevivir.
Karly E. Cohen, biomecánica en Friday Harbor Labs, estudia los lumpsuckers, peces que ella misma describe como «bastante redondos». Tienen ventosas de esmalte en el vientre para adherirse al fondo marino, y una armadura también de esmalte que recubre su forma esférica. Según Cohen, esa curvatura modifica el arrastre hidrodinámico y genera una fuerza que los mantiene pegados al suelo en lugar de proyectarlos hacia la columna de agua.
Su forma también los protege de los depredadores. Cohen lo ilustra con una imagen directa: no hay una buena manera de comerse una manzana entera de un bocado. Y si además está blindada, el bocado se vuelve prácticamente imposible.
Simetría radial: la geometría que lo cambia todo
Los lumpsuckers, sin embargo, no se llevan el título de animal más redondo. Como la mayoría de los animales, tienen simetría bilateral: un solo plano de simetría que divide el cuerpo en dos mitades. Existe otra geometría posible, mucho menos frecuente: la simetría radial.
Los equinodermos —estrellas de mar, erizos, dólares de arena— poseen simetría pentarradial: cinco planos de simetría alrededor de un punto central. Laurent Formery, biólogo del desarrollo en el Observatorio Oceanológico de Banyuls-sur-Mer, estudia estos animales. La ciencia aún no comprende del todo las ventajas de esta organización, pero Formery apunta a una percepción sensorial superior como uno de sus efectos más llamativos.
Los erizos tienen sistemas nerviosos descentralizados y fotorreceptores repartidos por toda la piel. Formery los describe como «un gran ojo y cerebro que se arrastra», capaz de recibir información desde cualquier ángulo, detectar depredadores en cualquier dirección y reorientarse con rapidez para capturar presas.
El campeón de la esfericidad: Histocidaris
Entre todos los animales conocidos, los erizos del género Histocidaris —como Histocidaris purpurata e Histocidaris formosa— son los candidatos más sólidos al título de animal más redondo del mundo. Sin contar sus púas, ciertas especies se aproximan a una esfera casi perfecta.
Su forma esférica combinada con las espinas los convierte en una presa extremadamente difícil de consumir. La redondez, aquí, no es un capricho evolutivo: es una solución eficaz a múltiples problemas a la vez.
Los científicos siguen investigando por qué los equinodermos son los únicos animales modernos con simetría pentarradial y cuáles son todos sus beneficios. La respuesta aún no es completa. Quizás eso sea lo más revelador: que el animal más redondo del planeta viva en las profundidades del océano, y que todavía quede mucho por entender sobre por qué una forma tan simple en apariencia encierra soluciones que la evolución tardó millones de años en perfeccionar.
