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Décadas de ciencia separada y un taxi en Nueva York: así nació la disciplina que descifra cómo piensa el cerebro humano

by David Pérez
11 de agosto de 2026
in Ciencia
Dos científicos conversan en un taxi de Nueva York años 70, con ilustraciones de un cerebro humano en la ventanilla

En el asiento trasero de un taxi neoyorquino, dos investigadores comparten el instante fundacional que daría origen a la neurociencia cognitiva moderna.

En 1976, dos científicos compartían un taxi por las calles de Nueva York cuando, entre conversación y conversación, pusieron nombre a algo que aún no existía del todo: la neurociencia cognitiva. Uno era neurocientífico; el otro, psicólogo cognitivo. Que coincidieran en ese coche no fue casualidad, pero sí fue, a su manera, un accidente histórico.

Detrás de ese momento había décadas en las que dos disciplinas habían avanzado en paralelo, casi sin mirarse. Lo que ocurrió después cambiaría para siempre la forma en que la ciencia entiende el cerebro humano.

Cráneos, lesiones y los primeros mapas del cerebro

Todo empezó con una idea equivocada. A principios del siglo XIX, Franz Joseph Gall y Johann Spurzheim propusieron que la forma del cráneo revelaba el carácter y las capacidades de una persona. Dividieron el cerebro en unas 35 regiones y sostuvieron que un bulto más prominente indicaba mayor uso de esa zona. La frenología llegó a generar revistas especializadas e instrumentos de medición propios. Era pseudociencia, pero dejó una pregunta sin resolver: ¿tiene el cerebro zonas especializadas?

La respuesta llegó, paradójicamente, a través del daño. En 1861, el neurólogo Paul Broca atendió a un hombre que entendía el lenguaje pero solo podía pronunciar el sonido «tan». La lesión estaba en el lóbulo frontal izquierdo. Poco después, Karl Wernicke describió el caso opuesto: un paciente que hablaba con fluidez pero sin sentido, incapaz de comprender. Dos lesiones, dos déficits distintos, dos áreas identificadas. El localizacionismo tenía por fin evidencia sólida.

A eso se sumaron otros hallazgos. John Hughlings Jackson, estudiando pacientes con epilepsia, propuso un mapa topográfico del cerebro basado en los movimientos repetitivos que observaba durante las crisis. En 1870, Eduard Hitzig y Gustav Fritsch aplicaron corriente eléctrica en la corteza cerebral de un perro y comprobaron que distintas zonas producían distintos movimientos. El comportamiento tenía un origen celular. En 1909, Korbinian Brodmann completó el primer atlas sistemático del cerebro humano: 52 áreas diferenciadas por su estructura celular, muchas de las cuales siguen siendo referencia hoy.

La neurona como unidad: Cajal, Golgi y el Nobel que lo cambió todo

Mientras se trazaban los primeros mapas del cerebro, dos científicos debatían algo más fundamental: qué era, exactamente, una neurona. Camilo Golgi desarrolló un método de tinción con plata que permitía ver células completas. Lo que observó le llevó a concluir que las neuronas formaban una red continua, una malla sin interrupciones.

Santiago Ramón y Cajal no estuvo de acuerdo. Tiñendo zonas del cerebro con menos mielina, descubrió que las neuronas eran células discretas, separadas unas de otras, y que las señales eléctricas viajaban en un único sentido. No había red continua: había células individuales que se comunicaban de forma ordenada y direccional.

En 1906, ambos recibieron el Premio Nobel de Fisiología o Medicina por su trabajo sobre la doctrina de la neurona. Fue un Nobel peculiar: los dos galardonados sostenían visiones opuestas sobre la misma estructura. Golgi aprovechó su discurso para defender su teoría de la red. Cajal tenía razón, pero la historia los premió a los dos. Entender que el cerebro procesa información a través de células individuales con dirección definida fue la base sobre la que se construiría todo lo demás.

El conductismo y su fracaso: cuando ignorar la mente tuvo un coste

Durante tres décadas, la psicología experimental decidió mirar hacia otro lado. Entre 1920 y 1950, el conductismo dominó el estudio del comportamiento en Estados Unidos con una premisa clara: solo importa lo que se puede observar. Estímulo, respuesta, y nada más. John B. Watson, fundador de la escuela, rechazó radicalmente los procesos mentales internos. Las imágenes mentales, según él, no existían.

El problema es que la mente humana no cooperó con ese esquema. El conductismo no podía explicar cómo las personas piensan, imaginan, planifican o producen lenguaje, y las asociaciones estímulo-respuesta resultaron insuficientes para dar cuenta de algo tan cotidiano como recordar una cara o entender una frase nueva.

El vacío explicativo se hizo insostenible. En los años 50, lo que se conoce como la revolución cognitiva comenzó a llenar ese hueco: los científicos recuperaron el estudio de los procesos internos y pusieron el foco en la representación mental, el lenguaje y la memoria. La mente volvía al laboratorio.

Un taxi, un término y una nueva disciplina

El 11 de septiembre de 1956, una reunión en el MIT congregó a figuras como George Miller, Noam Chomsky, Allen Newell y Herbert Simon. Cada uno presentó trabajos que, juntos, apuntaban en la misma dirección: el comportamiento humano no se entiende sin atender a lo que ocurre dentro de la cabeza. Fue uno de los momentos fundacionales de la ciencia cognitiva.

Pero la ciencia cognitiva y la neurociencia siguieron siendo, durante años, dos mundos separados. La primera asumía que los procesos mentales podían estudiarse con independencia de su sustrato biológico; la segunda se ocupaba del cerebro sin demasiado interés por la cognición.

El encuentro en ese taxi en 1976 fue simbólico. Michael Gazzaniga, neurocientífico, y George Miller, psicólogo cognitivo, pusieron nombre a algo que todavía estaba tomando forma: la neurociencia cognitiva. Según Piccinini y Boone, la disciplina no se consolidó realmente hasta los años 80. El nombre llegó antes que la integración.

Las imágenes del cerebro que lo cambiaron todo

Lo que hizo posible esa integración fue tecnológico. La tomografía por emisión de positrones y, después, la resonancia magnética funcional permitieron observar el cerebro humano en acción —sin lesiones, sin cirugía, sin intervención invasiva— por primera vez. Era posible ver qué zonas se activaban mientras una persona leía, recordaba o imaginaba.

El caso de Stephen Kosslyn ilustra bien el cambio. Durante los años 80 investigó las imágenes mentales mediante experimentos conductuales, sosteniendo que imaginar algo activa un formato de representación visual, distinto del formato proposicional —palabras y números— que dominaba la ciencia cognitiva. Era una posición controvertida.

Cuando la neuroimagen estuvo disponible, Kosslyn pudo comprobarlo directamente: al imaginar algo, los participantes activaban la corteza visual. Sus estudios refutaron tanto al conductismo de Watson, que negaba las imágenes mentales, como al cognitivismo de Zenon Pylyshyn, que las reducía a proposiciones. La neurociencia cognitiva se definió así como una disciplina multinivel: desde la molécula hasta el comportamiento en contexto, sin que ningún nivel pueda ignorar a los demás.

Lo que la neurociencia cognitiva estudia hoy

La conciencia, que Watson consideró territorio prohibido para la ciencia, es hoy una de las áreas de investigación más activas. La disciplina también estudia la memoria en sus distintas formas, las emociones, las imágenes mentales y los sueños. Los estudios sobre ensoñaciones muestran que durante el sueño el cerebro se activa de manera endógena y que esa actividad imaginaria se relaciona con la corteza visual de asociación.

Vale la pena detenerse en lo que implica todo esto. Lo que comenzó como una teoría equivocada sobre los bultos del cráneo pasó por disputas sobre la estructura de las neuronas, sobrevivió al conductismo y esperó décadas a que la tecnología alcanzara a las preguntas. El resultado es una disciplina que no puede reducirse a ninguno de sus componentes: ni solo neurociencia, ni solo psicología.

Quizás lo más revelador es que algunas de las preguntas más antiguas —qué es imaginar, qué es recordar, qué es ser consciente— siguen siendo las más difíciles de responder. La neurociencia cognitiva no las ha cerrado. Las ha hecho, por fin, científicamente abordables.

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