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Gases de efecto invernadero: la atmósfera acumula más CO₂ que en cualquier otro momento de los últimos 800.000 años

by David Pérez
14 de agosto de 2026
in Ciencia
Paisaje industrial al atardecer con chimeneas humeantes y tierra agrietada, símbolo de la crisis climática por CO₂

Chimeneas industriales liberan humo bajo un cielo cargado de smog mientras la tierra agrietada refleja la acumulación histórica de CO₂ en la atmósfera.

Sin el efecto invernadero, la temperatura media de la Tierra rondaría los −18 °C. Gracias a que ciertos gases atmosféricos retienen parte del calor solar, el planeta se mantiene en torno a los 15 °C —el equilibrio que hace posible la vida tal y como la conocemos.

El problema es que ese mismo mecanismo lleva décadas amplificándose. Las actividades humanas han ido cargando la atmósfera de gases adicionales, y el resultado empieza a medirse en cifras concretas: 2024 fue el primer año natural de la historia en superar el umbral de 1,5 °C de calentamiento respecto a la era preindustrial.

Un escudo natural que se ha vuelto demasiado grueso

La Tierra absorbe alrededor del 70 % de la radiación solar que recibe; el resto se refleja de vuelta al espacio. La energía absorbida se transforma en radiación infrarroja y asciende hacia la atmósfera, donde los gases de efecto invernadero retienen parte de ese calor antes de que escape al vacío.

Este mecanismo es, en esencia, lo que hace habitable el planeta. Sin él, la temperatura media global caería hasta los −18 °C. Con él, se mantiene en torno a los 15 °C. La diferencia es la vida.

El fenómeno no es exclusivo de la Tierra: cualquier planeta con atmósfera lo experimenta. Venus tiene un efecto invernadero tan extremo que su superficie alcanza temperaturas superiores a los 460 °C, un recordatorio de hasta dónde puede llegar el proceso.

El problema no es el mecanismo en sí, sino su intensificación. Las actividades humanas han añadido capas adicionales de gases a esa envoltura natural, haciendo que retenga más calor del que el sistema climático puede absorber sin consecuencias.


Los gases que atrapan el calor: quiénes son y de dónde vienen

Los principales gases de efecto invernadero son el vapor de agua, el dióxido de carbono (CO₂), el metano (CH₄), el óxido nitroso (N₂O) y el ozono (O₃), todos ellos presentes de forma natural en la atmósfera. Los gases fluorados, en cambio, son de origen exclusivamente industrial.

El CO₂ es el más vigilado. Su concentración se mide en ppm —partes por millón—, es decir, cuántas moléculas de ese gas hay por cada millón de moléculas de aire. Una cifra que parece pequeña, pero cuyo impacto sobre el clima es considerable.

Según el observatorio de Mauna Loa de la NOAA, la concentración media anual de CO₂ alcanzó 427,35 ppm en 2025. En la era preindustrial rondaba las 280 ppm —un aumento de más del 50 % en poco más de dos siglos.


De dónde proceden las emisiones que aceleran el cambio

Las fuentes humanas de gases de efecto invernadero son diversas: el consumo eléctrico, la calefacción y el transporte contribuyen de forma significativa, igual que la combustión de combustibles fósiles. A eso se suman la destrucción de ecosistemas y, especialmente, la deforestación.

Estas emisiones no se distribuyen de forma uniforme. Están muy concentradas geográficamente: un puñado de grandes economías genera la mayor parte del CO₂ global.

El resultado acumulado ya es visible. El efecto invernadero adicional provocado por estas actividades ha elevado la temperatura media global en torno a 1,3 °C respecto a la era preindustrial, y la tendencia no se detiene. El decenio 2015-2024 reúne los diez años más cálidos jamás registrados.


Las consecuencias de sobrepasar el umbral de 1,5 °C

Superar de forma sostenida el umbral de 1,5 °C no es un dato estadístico abstracto. Implica deshielo acelerado de glaciares y casquetes polares, subida del nivel del mar, inundación de ciudades costeras, huracanes más intensos, desertificación de zonas fértiles y desplazamiento forzado de poblaciones enteras.

El Sexto Informe de Evaluación del IPCC (AR6, 2023) es categórico: la influencia humana en el calentamiento global es inequívoca. No existe margen para la duda científica.

Lo que sí resulta nuevo es la velocidad. En 2024, la temperatura media global superó por primera vez en un año natural ese umbral, registrando +1,55 °C respecto a los niveles preindustriales —una señal que la comunidad científica lleva tiempo advirtiendo.


Acuerdos globales y acciones individuales frente al calentamiento

La respuesta política tomó forma en 2015. En la COP21 de París, 195 partes firmaron un acuerdo con un objetivo claro: mantener el calentamiento global muy por debajo de 2 °C y proseguir los esfuerzos para limitarlo a 1,5 °C.

La diplomacia climática ha seguido avanzando desde entonces. En la COP28 de Dubái (2023) se cerró el primer balance mundial del Acuerdo de París y, por primera vez, se lanzó un llamamiento explícito a abandonar progresivamente los combustibles fósiles y a triplicar la capacidad mundial de energías renovables antes de 2030. En la COP30 de Belém (2025), 195 partes aprobaron el Paquete de Belém, que compromete a triplicar la financiación para la adaptación de los países en desarrollo antes de 2035.

Los acuerdos internacionales son necesarios, pero no suficientes por sí solos. Optar por la movilidad sostenible, reducir el consumo de carne o calcular la propia huella de carbono son pasos concretos al alcance de cualquier persona.

Lo que venga a continuación dependerá en gran medida de si esos compromisos —colectivos e individuales— se traducen en acción real. Las próximas conferencias climáticas y los nuevos objetivos nacionales de reducción de emisiones determinarán si la curva del CO₂ empieza, por fin, a doblarse.

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