Cuando nació su primera hija, este padre le creó una cuenta de Gmail y otra de Twitter antes de que la niña pudiera dar sus primeros pasos. Anunció su llegada al mundo en internet y fue sembrando su huella digital plataforma a plataforma.
Años después, con su segunda hija, hizo exactamente lo contrario. Y con el tiempo, borró también gran parte de lo que había publicado sobre la mayor. Al final, sus hijas acabaron llevando teléfonos de tapa.
¿Qué cambió?
De evangelista digital a padre con teléfono de tapa
El cambio no fue repentino. Fue una acumulación de señales que resultó imposible ignorar. Este padre vio cómo la promesa de los primeros años de internet cedía paso a una realidad muy diferente, y él mismo reconoce que ya estaba atrapado en la obsesión por el smartphone y las redes sociales. Esa experiencia en primera persona resultó determinante.
Su mujer, enfermera pediátrica, aportó otra perspectiva. Cada vez ingresaban más niños en su hospital con problemas derivados del uso de las redes sociales: dismorfofobia, ciberacoso, crisis de autoestima. Lo que veía a diario reforzó la decisión familiar. Así se convirtieron en esos padres: los del teléfono de tapa, los que no dejan a sus hijos en TikTok.
Con su segunda hija, la postura fue radicalmente distinta desde el principio. Nada de cuentas en su nombre, nada de fotos públicas, ningún cumpleaños convertido en registro digital. Y con el tiempo, volvió atrás para borrar también gran parte de la huella que había creado para la mayor.
Una tendencia que ya no es minoritaria
Este padre no es un caso aislado. Un número notable de personas que trabajan en grandes empresas tecnológicas mantienen a sus hijos alejados de los dispositivos, restringen el acceso a los teléfonos y los mantienen fuera de las redes sociales. Incluso Mark Zuckerberg evita publicar las caras de sus hijos en Facebook o Instagram.
Lo que antes era una corriente minoritaria se ha convertido en un debate de masas. El libro The Anxious Generation, de Jonathan Haidt, publicado en 2024, llevó la cuestión al gran público. No sin polémica: algunos psicólogos del desarrollo han cuestionado sus conclusiones. Pero el impacto en la conversación pública ha sido innegable.
Los gobiernos también han actuado. Australia fue el primer país en prohibir las redes sociales a menores de 16 años, y Austria, Indonesia y varios estados de Estados Unidos han seguido caminos similares. El Tribunal Supremo estadounidense avaló recientemente una ley de verificación de edad en Texas que funciona, en la práctica, como una prohibición encubierta.
El escepticismo tecnológico llega a las aulas y a los propios jóvenes
El movimiento no se limita al ámbito doméstico. Distritos escolares de todo Estados Unidos están retirando iPads y Chromebooks para volver a los libros en papel. La tecnología educativa, que durante años se presentó como solución a todos los problemas del aula, está siendo cuestionada desde dentro del propio sistema.
Lo más revelador es que los jóvenes parecen abrazar este escepticismo por iniciativa propia. El gadget más deseado entre la Generación Alpha no es el último smartphone: es un Sony Walkman vintage. Eso dice algo.
No es solo cosa de adultos preocupados. Los propios adolescentes están repensando su relación con la tecnología, lo que sugiere que el debate tiene raíces más profundas que la simple nostalgia de sus padres.
Preparar a los hijos para el mundo que sí existe
Aquí reside la tensión real. La tecnología no va a desaparecer: impregna casi todos los ámbitos de la vida, el trabajo, las relaciones, la educación, el ocio. Mantenerse al margen no es una opción sostenible a largo plazo.
La pregunta que importa es otra: ¿cómo ayudar a los niños a desenvolverse en el mundo que los adultos han construido? La revista Anyway, dirigida a adolescentes y preadolescentes, pidió a sus lectores que contaran en sus propias palabras cómo se sienten ante la inteligencia artificial. Las respuestas fueron complejas, matizadas y, en muchos casos, sorprendentemente reflexivas. Los jóvenes piensan más de lo que a veces se les reconoce. La pregunta se vuelve más urgente en la era de la IA: proteger a los hijos del presente no los prepara para el futuro.
Aflojar el cable digital, poco a poco
Este padre ha ido soltando, con cuidado, el cable digital. Cuando su hija mayor entró en el instituto, el teléfono de tapa dio paso a un iPhone. La pequeña lleva ahora un Apple Watch. Estos dispositivos les han abierto el mundo: nuevas amistades, más autonomía, la posibilidad de moverse por la ciudad con mayor libertad.
También están aprendiendo a gestionar límites, a negociar entre el espacio digital y el físico. Y él reconoce que está aprendiendo junto a ellas.
No existe una respuesta definitiva sobre cuánta tecnología es demasiada, ni a qué edad, ni en qué formato. La clave no parece estar en el rechazo total ni en la aceptación sin preguntas, sino en la negociación continua, consciente y dispuesta a cambiar. ¿Cuántos estamos realmente preparados para mantenerla?
