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Home Ciencia

Dientes de 33.000 años y ADN antiguo revelan por qué tantas personas sienten rechazo a comer insectos

by David Pérez
29 de agosto de 2026
in Ciencia
Dientes fósiles humanos de 33.000 años en bandeja de laboratorio junto a especímenes de insectos en viales de vidrio

Dientes humanos fosilizados y restos de ADN antiguo analizados en laboratorio arqueológico revelan los orígenes evolutivos del rechazo humano a consumir insectos.

Más de 1.600 especies de insectos son comestibles y cientos de millones de personas los consumen a diario en todo el mundo. Sin embargo, en las sociedades occidentales el rechazo a comerlos parece casi instintivo, y durante mucho tiempo los científicos lo atribuyeron a la cultura moderna.

Ahora, un equipo de investigadores españoles ha encontrado algo inesperado en el interior de dientes milenarios y en el genoma humano que podría cambiar por completo esa explicación.

Lo que los dientes del pasado guardan sobre nuestra dieta

El equipo del Instituto de Biología Evolutiva (IBE), centro mixto del CSIC y la Universitat Pompeu Fabra, analizó 745 muestras de cálculo dental de humanos modernos, algunas con hasta 33.000 años de antigüedad. El sarro dental, esa capa que los dentistas eliminan en cada revisión, resulta ser mucho más que un residuo: atrapa y conserva el ADN de las especies consumidas con regularidad, funcionando como un archivo biológico de la dieta antigua.

Los resultados fueron concluyentes. Los humanos modernos que vivían en el norte de Eurasia no comían insectos de forma habitual, y la presencia de su ADN en el sarro era llamativamente escasa frente a lo hallado en otras poblaciones y especies. Esa diferencia fue la pista que condujo a los investigadores hacia una conclusión de mayor calado.

Los neandertales sí comían insectos, y con frecuencia

El panorama cambia radicalmente al analizar los dientes de los neandertales. Su cálculo dental contenía cantidades de ADN de insectos comparables a las detectadas en chimpancés del oeste, que utilizan insectos para complementar su dieta, sobre todo durante las sequías en la sabana.

Los restos genéticos más frecuentes en el sarro neandertal pertenecían a los dípteros —el grupo que incluye moscas y mosquitos—, siendo el ADN de mosquito especialmente abundante. Esto apoya la hipótesis de que los neandertales consumían cadáveres de animales que ya contenían larvas de mosca, y sugiere que en ocasiones almacenaban esas presas en zonas pantanosas o encharcadas, donde los mosquitos habrían depositado sus huevos.

La genética apunta en la misma dirección. Los genes de quitinasa de los neandertales parecen haber permitido una digestión de insectos más eficiente que la de los humanos modernos del norte, un patrón que también se detectó en el único espécimen denisovano incluido en el análisis.

La genética que separa los trópicos del norte de Eurasia

Los insectos poseen exoesqueletos compuestos principalmente de quitina, una fibra que el organismo humano necesita enzimas específicas para procesar: la quitinasa ácida (CHIA) y la quitobiasa (CTBS), producidas en el estómago y variables según la población.

Las poblaciones más próximas a las regiones tropicales conservan variantes genéticas asociadas a una mayor expresión de estas enzimas. En las del norte de Eurasia, en cambio, los genes de quitinasa acumulan mutaciones que reducen esa capacidad digestiva. Este patrón lleva al menos 9.000 años consolidado, coincidiendo con el auge de la agricultura, y se fue acentuando a medida que las poblaciones humanas se expandieron hacia latitudes más altas.

Ecología antes que cultura: por qué desaparecieron los insectos del menú europeo

¿Por qué se produjo ese cambio? La respuesta, según los investigadores, tiene más que ver con el entorno que con las costumbres. En los trópicos, la abundancia de insectos sociales como termitas y langostas permite una explotación sostenida durante todo el año, con una biomasa y diversidad que hacen rentable la recolección desde el punto de vista energético.

En las zonas no tropicales, esa ecuación se invierte. Reunir suficientes insectos para obtener un aporte calórico significativo requiere un esfuerzo que, en latitudes más frías y con menor disponibilidad, sencillamente no compensa. «La escasa presencia de insectos en la dieta de los euroasiáticos del norte sugiere que la ausencia de entomofagia no se debe únicamente a factores culturales recientes, sino también a una larga historia ecológica y evolutiva», señala Pablo Librado, investigador principal del IBE que lideró el estudio. La biología humana habría respondido a esa presión reduciendo progresivamente la capacidad de digerir los exoesqueletos.

¿Pueden los insectos volver al plato europeo?

La tecnología alimentaria moderna podría alterar esa ecuación. El procesado industrial permite aprovechar los beneficios nutricionales de los insectos sin que el consumidor tenga que digerir grandes cantidades de quitina directamente, y la cría a escala hace viable una producción masiva. La FAO ya señala a los insectos como fuente de alimentación sostenible ante el crecimiento de la población global y la presión del cambio climático.

El grupo de investigación del IBE estudia actualmente cómo se desarrolla la domesticación de insectos, comparando los genomas de individuos de granja con los de ejemplares previos a la domesticación conservados en colecciones entomológicas.

Lo que este trabajo invita a considerar es algo más amplio: muchas de las aversiones que percibimos como puramente personales o culturales pueden tener raíces mucho más antiguas, escritas en el ADN y moldeadas por los entornos en que vivieron nuestros antepasados. Antes de rechazar un alimento, quizá vale la pena preguntarse cuándo, y por qué, empezamos a hacerlo.

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