La Comisión Europea lleva meses anunciando gigafábricas de inteligencia artificial, centros de datos y nuevas infraestructuras de computación a lo largo del continente. El mensaje es inequívoco: Europa construye su propia base tecnológica y recupera el control sobre su futuro digital.
Pero casi todos los procesadores que alimentarán esa infraestructura llegarán de fuera. Europa fabrica menos del 10 % de los chips mundiales, y los más avanzados —los que la IA exige— se diseñan en Estados Unidos y se producen en Asia.
Una apuesta por la soberanía que depende del exterior
El plan continental de inteligencia artificial de la Comisión Europea es ambicioso en cifras: 19 fábricas de IA, hasta siete gigafábricas y al menos el triple de capacidad en centros de datos en un plazo de cinco a siete años. Cada fábrica de IA necesita hasta 25.000 chips avanzados, según el Centro de Estudios de Política Europea (CEPS). Cada gigafábrica, al menos 100.000.
El problema es inmediato: Europa no fabrica esos chips.
La UE produce menos del 10 % de los semiconductores mundiales. Los más avanzados se diseñan en Estados Unidos y se fabrican en Asia. Casi todos los procesadores que equiparán estas nuevas infraestructuras procederán de Nvidia, cuyo software propietario CUDA sustenta además gran parte del ecosistema de desarrollo de IA en el continente.
La trampa Nvidia: infraestructura europea, tecnología ajena
Los proyectos ya en marcha ilustran con nitidez esta dependencia. Mistral ha reservado 13.800 GPUs de Nvidia para un centro de datos cerca de París. Deutsche Telekom construye su Munich Industrial AI Cloud con casi 10.000 GPUs Blackwell, y en Portugal, Nscale planea superar las 66.000 GPUs Blackwell Ultra para 2027.
El CEPS advierte del riesgo de caer en una «trampa de dependencia de Nvidia». La infraestructura está físicamente en suelo europeo, pero el control tecnológico permanece fuera. Las decisiones de toda la cadena de desarrollo de IA —desde el hardware hasta el software— quedan condicionadas por un único proveedor estadounidense. No es solo una cuestión económica.
Es una cuestión de soberanía real frente a soberanía declarada.
Una cadena de valor que Europa no controla en ningún eslabón clave
La dependencia no se limita a Nvidia. La cadena global de semiconductores tiene múltiples puntos críticos, y Europa está ausente de casi todos ellos.
Taiwán fabrica alrededor del 90 % de los chips más avanzados del mundo. En ensamblaje, pruebas y empaquetado, la UE apenas alcanza el 4 % del mercado, y ninguna de las 20 principales empresas de ese sector tiene sede en Europa. Estados Unidos domina el diseño y la propiedad intelectual, mientras China controla materiales críticos y procesos industriales esenciales.
Europa sí cuenta con activos relevantes: ASML, la empresa neerlandesa que domina los sistemas de litografía ultravioleta extrema, es un eslabón imprescindible en la fabricación global de chips, e Imec, el centro belga de investigación en semiconductores, goza de reconocimiento mundial. Pero como señala el economista Toni Roldán-Monés, estas fortalezas «no se traducen en autonomía a lo largo de la cadena de valor de los semiconductores».
Chips Act 2.0: corregir el rumbo antes de que sea tarde
La Chips Act original, aprobada en 2023, fijó un objetivo concreto: que Europa alcanzara el 20 % de la producción mundial de chips en 2030. El Tribunal de Cuentas Europeo ya ha advertido de que ese objetivo no se cumplirá. Las proyecciones internas de la propia Comisión apuntan a un 11,7 %.
La nueva versión de la ley intenta corregir lo que los propios funcionarios reconocen como un error de diseño. La norma original apostó por ampliar la oferta sin estimular suficientemente la demanda. Chips Act 2.0 prevé herramientas de compra pública, aceleradores de demanda y una coordinación más estrecha entre fabricantes y usuarios industriales.
La paradoja, sin embargo, persiste. La infraestructura de IA que debería anclar un ecosistema europeo de semiconductores dependerá, al menos en una primera fase, casi por completo de procesadores diseñados en Estados Unidos y fabricados en Asia. La demanda que Europa quiere usar como palanca se canalizará, en gran medida, hacia proveedores externos.
Soberanía como resiliencia, no como autarquía
Pocos expertos consideran que la autosuficiencia total en semiconductores sea alcanzable. Ni siquiera deseable. El objetivo real no es prescindir de los proveedores extranjeros, sino reducir las vulnerabilidades estratégicas que esa dependencia genera.
«El objetivo es evitar la dependencia excesiva de un único país, empresa o tecnología», explica Roldán-Monés. La clave está en diversificar proveedores, proteger datos sensibles y reforzar los eslabones críticos de la cadena —algo que puede coexistir perfectamente con la presencia de empresas extranjeras.
El mayor riesgo para Europa, según los expertos, es depender de socios dispuestos a usar las cadenas de suministro globales como palanca geopolítica. Si Chips Act 2.0 solo desplaza la dependencia de los fabricantes asiáticos hacia las grandes tecnológicas estadounidenses, habrá fallado en su objetivo central. Europa lleva años hablando de soberanía digital. La verdadera prueba no está en los anuncios, sino en si la nueva ley es capaz de distinguir entre construir resiliencia real y simplemente cambiar de dependencia.
