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Home Energía

Qué es una energía renovable: de recurso ancestral a pieza clave de la transición energética

by David Pérez
25 de septiembre de 2026
in Energía
Ruinas de molino de viento ancestral junto a modernos aerogeneradores blancos en paisaje rural al atardecer dorado

Del molino de viento ancestral a los aerogeneradores modernos: una imagen que simboliza la evolución histórica de las energías renovables y la transición energética en curso.

Durante siglos, molinos de viento, velas y saltos de agua movieron economías enteras sin que nadie necesitara etiquetarlas. Hoy, cuando la transición energética domina los debates, la pregunta «qué es una energía renovable» ya no es solo semántica: define qué tecnologías reciben inversión, qué políticas se impulsan y qué independencia energética puede alcanzar cada territorio. El punto de partida es más amplio y más matizado de lo que parece, porque no todas las energías renovables son iguales ni todas las energías limpias son renovables.

Qué es una energía renovable: una definición con matices

Una energía renovable procede de recursos naturales que se reponen a un ritmo igual o superior al que se consumen. El sol, el viento y el agua son los ejemplos más citados. La Agencia Internacional de la Energía la define como aquella que se deriva de procesos naturales que se reabastecen constantemente, ya sea de forma directa o indirecta del sol, o del calor generado en la profundidad de la Tierra.

A diferencia de los combustibles fósiles, no dependen de reservas finitas como el petróleo, el gas o el carbón. Tampoco proceden de ellos. Su impacto ambiental suele ser mucho menor, aunque no siempre nulo. La disponibilidad local es otra ventaja estratégica: reduce la dependencia energética de terceros países y permite generar electricidad cerca del punto de consumo.

Pero conviene matizar una idea extendida. Son renovables, pero no infinitas. Poseen un potencial máximo de explotación ligado al territorio y a la tecnología disponible. Que el viento sople siempre no significa que se pueda instalar un aerogenerador en cualquier lugar, ni que la red pueda absorber toda la energía que produzca.

Renovable no siempre significa verde: los casos incómodos

La etiqueta de energía renovable no equivale automáticamente a energía limpia o verde. El caso más claro es la nuclear. Sus emisiones durante la operación de la central son bajas, pero depende del uranio, un recurso finito con reservas concentradas en pocos países. Además, genera residuos radiactivos cuya gestión sigue sin resolverse del todo. Por eso no se considera renovable.

La biomasa plantea otro dilema. Si procede de residuos, encaja bien en la definición. Si procede de cultivos energéticos, puede competir con la producción de alimentos y no siempre resulta sostenible. La Unión Europea ha incluido la nuclear y el gas como actividades económicamente sostenibles, pero las distingue de las renovables. Son conceptos que no se pueden intercambiar sin más.

Algunas renovables generan impactos ambientales y sociales relevantes. La gran hidroeléctrica altera ecosistemas fluviales y puede desplazar poblaciones. Ciertos usos de la biomasa emiten partículas y dióxido de carbono si no se gestionan bien. Hablar de energía verde exige mirar cada tecnología con sus matices.

Los tipos principales y de dónde sale su energía

La energía solar aprovecha la radiación electromagnética del Sol. La fotovoltaica crece con rapidez y Greenpeace estima que podría suministrar un tercio de la demanda mundial en 2030. Es una proyección ambiciosa, pero refleja la velocidad a la que se abaratan los paneles y mejora su rendimiento.

La eólica transforma la energía cinética del viento mediante aerogeneradores. Sus costes de generación han caído de forma sostenida y no genera residuos durante su operación. La hidráulica aprovecha corrientes o saltos de agua dulce. La geotérmica emplea el calor del interior de la Tierra. La marina incluye mareas, olas, corrientes y gradientes de salinidad, aunque su desarrollo sigue siendo limitado.

La biomasa obtiene energía de materia orgánica mediante combustión, biogás o biocombustibles. Su origen condiciona su balance ambiental. No es lo mismo quemar residuos urbanos que talar bosques para producir pellets.

La expansión que dejó de ser promesa

Los datos cuentan una historia de cambio gradual pero sostenido. Entre 2011 y 2021, las renovables pasaron del 20 % al 28 % de la generación mundial de electricidad. En el mismo periodo, la participación de los combustibles fósiles bajó del 68 % al 62 %.

En 2025, las renovables representaron el 34 % de la generación eléctrica global, frente al 21 % de 1985. La solar y la eólica son las protagonistas de ese crecimiento. El 62 % de la nueva generación renovable añadida en 2020 ya era más barata que la opción de combustible fósil más económica, según IRENA.

Algunos países generan más de la mitad de su electricidad a partir de fuentes renovables. Unos pocos ya cubren prácticamente toda su generación eléctrica con ellas. No es una promesa futura: es una realidad que se consolida año a año.

Los retos que faltan por resolver

La solar y la eólica dependen del clima. No producen de forma constante. Necesitan almacenamiento —baterías, centrales reversibles o pila de combustible— y redes más flexibles para garantizar el suministro. Sin esa infraestructura, su crecimiento se topa con un techo técnico.

Las subvenciones a los combustibles fósiles siguen frenando el despliegue renovable. La Agencia Internacional de la Energía pide eliminar barreras normativas, de permisos y de financiación. Cada tecnología tiene además impactos concretos. La eólica puede afectar a la avifauna y al paisaje. La gran hidroeléctrica altera ecosistemas. La biomasa emite partículas y CO2 si no se gestiona bien.

Para alcanzar emisiones netas cero en 2050, la AIE calcula que el 90 % de la electricidad mundial deberá proceder de fuentes renovables. Ese objetivo exige transformar también el consumo, la planificación territorial y la forma en que entendemos la energía. El camino está trazado. Lo que queda por delante es la parte más difícil: ejecutarlo.

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