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Home Tecnología

Nueva York vive una Climate Week marcada por una pregunta incómoda: ¿es la IA aliada o enemiga del clima?

by David Pérez
26 de septiembre de 2026
in Tecnología
Profesionales debaten sobre IA y clima durante la Climate Week de Nueva York con el skyline de Manhattan al fondo

Activistas, inversores y científicos se reúnen en las calles de Manhattan durante la Climate Week 2024, donde la inteligencia artificial protagoniza el debate climático global.

En las aceras de Manhattan, entre paneles, inversores y cenas de gala, la Semana del Clima de Nueva York bulle este año con una conversación que se cuela en cada esquina: la inteligencia artificial. No es un tema más del programa. Es el tema que todos parecen estar discutiendo, a veces con entusiasmo, a menudo con recelo.

Por primera vez, el optimismo tecnológico choca frontalmente con la urgencia de unos objetivos climáticos que se escapan. La pregunta ya no es si la IA importa, sino hacia dónde inclina la balanza.

Un escenario sin margen para promesas vacías

La Semana del Clima llega este año con una verdad incómoda sobre la mesa. Un informe reciente del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente señala que el mundo casi ha superado el punto en el que sería posible mantener el calentamiento por debajo de 1,5 °C respecto a los niveles preindustriales. Es la primera vez que el sector asume abiertamente este fracaso.

Ante ese panorama, el debate ya no se limita a reducir emisiones. También hay que recurrir a la eliminación de carbono para retirar de la atmósfera lo que ya se ha liberado. La gran incógnita es si la inteligencia artificial puede acelerar alguna de estas soluciones o si, por el contrario, añade más presión al sistema.

António Guterres lo resumió con claridad en la Asamblea General de la ONU. La IA, dijo, «podría ayudar a resolver todos estos desafíos, o podría empeorarlos». Esa disyuntiva marca el tono de casi todas las conversaciones de la semana.

El dinero fluye, pero no llega a todas partes

La inversión global en tecnología climática desde capital riesgo alcanzó los 26.000 millones de dólares en el primer semestre de 2026, un 55 % más que el año anterior, según datos de Currence. Buena parte de ese dinero va a parar a productos y servicios vinculados a los centros de datos.

Las startups de energía nuclear, geotérmica, eólica y solar están cerrando acuerdos con Google, Meta y otras grandes tecnológicas para alimentar sus nuevas instalaciones. El apetito por electricidad es tan grande que cualquier proyecto con capacidad de suministro estable se vuelve atractivo.

Sin embargo, no todos los sectores se benefician. La inversión en gestión de carbono y combustibles bajos en carbono se ha desplomado este año. Son soluciones importantes para el clima, pero no logran venderse a un centro de datos. El dinero sigue a la demanda inmediata, no a la necesidad climática a largo plazo.

La factura energética que ya se está pagando

Hace unos años, Microsoft, Google y Meta tenían objetivos ambiciosos de reducción de emisiones. Hoy las tres han visto aumentar sus emisiones, en gran parte por los centros de datos necesarios para la IA. Es un giro difícil de ignorar para quienes siguen de cerca sus compromisos climáticos.

Para satisfacer la demanda inmediata, está entrando en funcionamiento una gran cantidad de gas natural. El problema es que esas plantas tienen una vida útil de décadas. Cada una de ellas representa una infraestructura fósil que seguirá operando mucho después de que la urgencia climática se haya agravado.

A esto se suma un rechazo público creciente. Cerca de los centros de datos y de las plantas que los abastecen, los vecinos denuncian más contaminación y ruido. La IA ya no es solo una cuestión abstracta de emisiones; tiene efectos locales que la gente empieza a notar.

Optimismo prudente frente a un escepticismo creciente

No todo es pesimismo. Evelyn Wang, vicepresidenta de energía y clima del MIT, ve en la IA un acelerador para áreas como la búsqueda de nuevos catalizadores. En una década, estima, los centros de datos podrían dejar de sumar emisiones que calientan el planeta. Es un plazo optimista, pero concreto.

Frente a esa visión, Simon Stiell, jefe de clima de la ONU, lanzó una advertencia directa. Los líderes de la IA están «en hielo fino» en cuanto a licencia para operar y «hundiéndose» en apoyo público. Exigió que demuestren por qué los beneficios superan los costes para la mayoría, no solo para unos pocos.

La sensación generalizada en el sector climático es de escepticismo, como mínimo. La presión sobre las grandes tecnológicas va en aumento. Ya no basta con prometer innovación; tienen que demostrar un beneficio real, amplio y medible. La Semana del Clima de este año deja una pregunta abierta: si la IA no demuestra pronto su valor climático, el apoyo que hoy recibe podría evaporarse tan rápido como llegó.

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