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Home Ciencia

Del laboratorio al marketing: así se expandió el estudio del cerebro hacia territorios que nadie imaginaba

by David Pérez
2 de octubre de 2026
in Ciencia
Investigador analiza escáneres cerebrales junto a una resonancia magnética con visualizaciones de neuromarketing al fondo

Un investigador estudia imágenes de actividad cerebral mientras la neurociencia se expande hacia el marketing y el comportamiento del consumidor.

Una persona se tumba en un escáner de resonancia magnética. No está enferma ni busca un diagnóstico. Solo observa una sucesión de logotipos mientras los sensores registran qué regiones de su cerebro se activan ante cada marca. La escena, impensable hace apenas unas décadas, se ha vuelto habitual en los estudios de mercado.

El estudio del sistema nervioso ya no pertenece en exclusiva a los laboratorios de biología ni a los hospitales. Se ha ramificado hacia la economía, la educación, la robótica y la inteligencia artificial, y hoy se aplica a decisiones tan cotidianas como qué compramos o cómo aprendemos. Lo que llamamos neurociencias es, en realidad, un mosaico de disciplinas en plena transformación. Sus límites se expandieron mucho más rápido de lo que la mayoría imagina.

Un campo que nació plural

Las neurociencias son, por definición, un conjunto de disciplinas científicas. No constituyen una sola rama del conocimiento, sino un entramado que estudia el sistema nervioso en todos sus aspectos: estructura, función, desarrollo, bioquímica, farmacología y patología. El objetivo central es comprender cómo los distintos elementos del sistema nervioso interactúan entre sí para dar lugar a las bases biológicas de la cognición y la conducta.

Esa variedad de enfoques obliga a hablar de neurociencias en plural y no de neurociencia en singular. La genética, la filosofía, la psicología o la biología conductual aportan herramientas y preguntas distintas. Cada una mira el cerebro desde un ángulo diferente. Lo que comparten es la voluntad de entender cómo se organizan los sistemas nerviosos, cómo se desarrollan y cómo funcionan para generar la conducta.

La división clásica: lo básico y lo clínico

Tradicionalmente se distinguía entre dos grandes bloques. Las neurociencias básicas se centraban en el funcionamiento del sistema nervioso sano a todos los niveles: molecular, celular, fisiológico y anatómico. Las neurociencias clínicas, en cambio, se dedicaban al estudio de los trastornos del sistema nervioso.

Esta división respondía a una pregunta doble. Algunos neurocientíficos investigan el impacto del sistema nervioso en el comportamiento y las funciones cognitivas. Otros estudian qué sucede cuando aparecen trastornos neurológicos, psiquiátricos o del neurodesarrollo. La distinción sirvió durante décadas para organizar laboratorios, departamentos universitarios y programas de financiación. Pero ya no basta para describir el alcance actual del campo. El mapa se ha quedado pequeño.

La irrupción de la neurociencia aplicada

En los últimos años ha surgido un término que amplía las fronteras: neurociencia aplicada. Conecta el estudio del sistema nervioso con disciplinas como la ingeniería, la robótica, la inteligencia artificial y la bioinformática. Ya no se trata solo de comprender el cerebro. También se trata de usar ese conocimiento para construir cosas, predecir decisiones o diseñar tecnologías.

Campos como la neuroeconomía, el neuromarketing y la neuroeducación ejemplifican esta expansión. Llevan los conceptos y las herramientas de las neurociencias a ámbitos cotidianos y profesionales muy alejados del laboratorio tradicional. Esta ampliación refleja una tendencia clara: el conocimiento sobre el cerebro se está traduciendo en aplicaciones concretas que afectan a la toma de decisiones, al aprendizaje y a la interacción con la tecnología.

Las herramientas que sostienen la expansión

La investigación en neurociencias se apoya en herramientas analíticas muy diversas. Proceden de la genética y la genómica, la biología molecular y celular, la anatomía, la fisiología y también de la filosofía. Cada una aporta un tipo de pregunta y un método para responderla.

Los neurocientíficos abordan los aspectos celular, funcional, evolutivo, computacional, molecular y médico del sistema nervioso. Esa amplitud explica la diversidad de enfoques y aplicaciones actuales. La convergencia de estas herramientas con la inteligencia artificial y la robótica está empujando los límites de lo que se consideraba neurociencia hasta ahora. El laboratorio tradicional ya no es el único lugar donde se produce conocimiento sobre el cerebro. Tampoco es el único donde ese conocimiento se aplica.

Lo que viene

La expansión de las neurociencias no parece estar cerca de detenerse. Cada nueva herramienta analítica abre puertas a preguntas que antes no se podían formular. La robótica permite probar modelos del sistema nervioso en máquinas que interactúan con el mundo. La inteligencia artificial ayuda a analizar volúmenes de datos cerebrales imposibles de procesar manualmente.

El reto de los próximos años será doble. Por un lado, integrar tanta diversidad sin perder rigor científico. Por otro, decidir qué aplicaciones son éticamente aceptables y cuáles exigen límites. La neurociencia aplicada toca decisiones cotidianas, desde qué consumimos hasta cómo aprendemos. Saber hasta dónde debe llegar será, quizá, la próxima gran pregunta del campo.

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