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La historia de la ciencia no es solo una lista de genios: es un relato lleno de olvidos y relecturas que aún se está escribiendo

by David Pérez
31 de octubre de 2026
in Ciencia
Historiadora con lupa examinando un manuscrito antiguo en un archivo, rodeada de libros e instrumentos científicos.

En la penumbra del archivo, la historiadora desempolva la memoria científica. La historia de la ciencia es un relato de olvidos y relecturas continuas.

Cuando pensamos en la historia de la ciencia, suelen venirnos a la mente nombres como Newton, Darwin o Einstein. Es una versión cómoda y ordenada del pasado: una sucesión de genios que, en momentos brillantes, hicieron avanzar el conocimiento. Pero esa imagen es solo una parte del relato.

Junto a esas figuras célebres existe un territorio mucho más amplio y menos explorado: expediciones silenciadas, investigadoras e investigadores olvidados y debates que fueron malinterpretados durante siglos. La narrativa popular ha simplificado un proceso que, en realidad, está lleno de matices, retrocesos y relecturas. Gracias a nuevas investigaciones, esa historia se está reescribiendo constantemente.

El mito de la ciencia como un camino solitario

La versión más extendida de la historia de la ciencia se parece a una galería de retratos. Newton, Darwin, Einstein. Cada uno aparece como una figura aislada que, en un momento de inspiración, ilumina el mundo con un descubrimiento. Es una narrativa atractiva porque simplifica lo complejo. Pero también es profundamente engañosa.

La realidad histórica es mucho más colaborativa. Ningún científico trabaja en el vacío. Depende de contextos sociales, políticos y económicos que condicionan qué preguntas se formulan y qué respuestas resultan aceptables. La ciencia no avanza por impulsos individuales, sino por acumulación, discusión y corrección constante.

Los instrumentos han sido tan protagonistas como las personas. El microscopio abrió un mundo invisible que transformó la biología y la medicina. La rueda, la imprenta o las vacunas resolvieron problemas cotidianos y permitieron proezas impensables. Esta perspectiva simplificada oculta la verdadera naturaleza del proceso científico: un avance gradual, colectivo y lleno de matices.

Figuras olvidadas que reescriben el pasado

Junto a los nombres célebres existe un territorio amplio de personajes cruciales que han sido relegados a un segundo plano o directamente silenciados. Rescatarlos no es un ejercicio de nostalgia. Es una forma de entender la ciencia como un fenómeno global y conectado.

El caso de Alejandro Malaspina resulta paradigmático. Nacido en la Liguria y enrolado en la Armada española, dirigió la expedición científica más destacada de la Ilustración hispanoamericana entre 1789 y 1794. Fue un viaje enciclopédico por la América española y el Pacífico. Sin embargo, Malaspina sufrió la cárcel y el exilio. Su memoria y la de su expedición fueron silenciadas durante décadas. La política borró un hito científico de primer orden.

Otros nombres refuerzan esta idea. Jorge Juan y Antonio de Ulloa alcanzaron un nivel mundial destacadísimo en el siglo XVIII. Andrés Manuel del Río, madrileño de nacimiento y mexicano de adopción, descubrió el vanadio. Todos ellos demuestran que la ciencia no fue exclusiva del norte de Europa. España también participó, aunque su contribución haya quedado a menudo fuera del relato dominante.

La falsa frontera entre ciencia y fe

Existe una tradición inventada que presenta la relación entre ciencia y religión como un conflicto permanente e inevitable. Esta tesis, construida en el siglo XIX, sirvió para generar una identidad cultural y política más que para describir la realidad histórica. La investigación seria muestra un panorama mucho más complejo.

Muchos científicos clave fueron profundamente religiosos. Desde Copérnico hasta Mendel, pasando por Steno o Spallanzani, integraron en sus vidas ámbitos diversos del saber: las ciencias y las letras, lo material y lo espiritual. No veían contradicción entre observar la naturaleza y creer en un orden trascendente.

El caso de Georges Lemaître es especialmente revelador. Sacerdote católico y astrofísico, analizó la relatividad general de Einstein y concluyó que el universo está en expansión. En 1931 propuso su hipótesis del átomo primigenio, la primera formulación del Big Bang. Fe y razón no solo convivieron en él: se alimentaron mutuamente. Repensar esta relación es fundamental para entender la historia de la ciencia sin los prejuicios del presente.

La ciencia española: de la polémica a la reivindicación

La llamada polémica de la ciencia española ha distorsionado durante décadas la comprensión del papel de España en el desarrollo científico. Se abordaron asuntos históricos desde planteamientos políticos enfrentados. La investigación histórica ha superado ese marco, pero sus ecos persisten en el imaginario colectivo.

Durante la Ilustración, España impulsó expediciones botánicas y proyectos de modernización con impacto internacional. La Real Expedición Botánica a Nueva España, dirigida por Martín de Sessé entre 1787 y 1803, transformó la ciencia y la cultura del Virreinato. No fue un caso aislado. La ciencia practicada en la España de las luces era fundamentalmente utilitaria: se enfocaba en la navegación, la minería, la agricultura y la sanidad. Conectaba el conocimiento con la vida cotidiana.

Estos científicos colaboraron con el ideal de contribuir a la mejora y modernización de la vida de los españoles a través de la ciencia. Aunque a menudo olvidados, se convierten en antecedentes directos del trabajo científico contemporáneo. Su actividad continúa la efectuada durante el Siglo de Oro y merece un lugar en la historia global del conocimiento.

Una historia que sigue cambiando

La historia de la ciencia no es un relato cerrado. Es un campo de investigación activo donde nuevos documentos y perspectivas obligan a revisar lo que creíamos saber. El descubrimiento de documentos inéditos, como los relacionados con el caso Galileo hallados en los archivos del Santo Oficio en 1999, demuestra que aún hay capítulos por escribir.

Las ciencias actuales también plantean nuevas preguntas. La neurociencia, la genética y la física contemporáneas obligan a reinterpretar los hitos del pasado. Lo que una generación consideró un triunfo definitivo, la siguiente lo matiza o lo corrige. La historia de la ciencia comparte con la propia ciencia esa condición: es un proceso dinámico, no un monumento.

Entenderlo así es esencial para comprender el presente y afrontar los retos del futuro. Cada documento rescatado y cada prejuicio desmontado amplía el relato. La historia de la ciencia seguirá reescribiéndose, porque el conocimiento no se detiene. Y esa es, precisamente, su mayor lección.

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