Stewart Brand tiene 87 años, una leyenda de la cultura tecnológica, y acaba de publicar un libro en el que afirma que mantener y reparar las cosas puede ser «un acto radical». La premisa es ambiciosa: nada menos que una visión civilizatoria del mantenimiento.
El problema es que Brand no llegó solo a esa idea. Su trabajo anterior ayudó a inspirar todo un campo académico dedicado precisamente a estudiar el mantenimiento y la reparación. Y ahora son esos mismos académicos quienes leen su libro con el ceño fruncido.
¿Qué es exactamente lo que la visión de Brand deja fuera?
El visionario que inspiró un campo académico
Stewart Brand lleva décadas tendiendo puentes entre mundos. Desde el Whole Earth Catalog, con su lema «Acceso a las herramientas«, hasta How Buildings Learn en 1994, su obra ha combinado el espíritu contracultural con una fe firme en la tecnología como palanca de cambio personal. Uno de sus biógrafos lo describió como un «celebrity de redes»: alguien que avanzaba reuniendo a personas influyentes y amplificando su propio mensaje a través de ellas. Como observó Ken Kesey en 1980: «Stewart reconoce el poder. Y se aferra a él.»
Fue precisamente el capítulo «The Romance of Maintenance» de How Buildings Learn el que actuó como catalizador para muchos investigadores. A partir de mediados de la década de 2010, historiadores, sociólogos, antropólogos e ingenieros comenzaron a construir un campo académico interdisciplinar dedicado a estudiar el mantenimiento y la reparación. Brand participó en listas de correo, asistió a conferencias y conversó con referentes intelectuales del área. Lo sabía de primera mano.
Por eso resulta llamativo que en su nuevo libro afirme ser «el primero en examinar el mantenimiento en general». Los académicos del campo lo leen y fruncen el ceño.
Un libro ambicioso con forma inclasificable
Maintenance: Of Everything, Part One es un libro difícil de categorizar. ¿Digesto? ¿Almanaque? ¿Enciclopedia de autor? Su estructura desafía cualquier género. El primer capítulo narra la historia de tres marineros en la regata Golden Globe de 1968, cada uno con una filosofía distinta del mantenimiento. Está construido como un cuento de hadas, con protagonistas varoniles y blancos que encarnan arquetipos heroicos. El propio Brand lo reconoce: quería «empezar con un dramático concurso de estilos de mantenimiento en condiciones de vida crítica, una historia verdadera contada como fábula».
El segundo capítulo, «Vehicles (and Weapons)», supera las 150 páginas e incluye cinco secciones, múltiples subsecciones, cinco digresiones, una subdigresión, dos postscriptos y notas que no son notas en ningún sentido formal. Brand lo justifica sin disculparse: «Todo lo que puedo ofrecer es reflexionar sobre una muestra representativa de dominios del mantenimiento y ver qué surge.» El contenido abarca piezas intercambiables, fusiles de asalto, manuales técnicos y el triunfo histórico de los vehículos baratos: el Ford Model T, el Volkswagen Escarabajo y el Lada «Classic». Las historias son sólidas, pero conocidas. La mayor parte procede del trabajo de otros, con abundantes citas textuales. Poco terreno nuevo.
Lo que el mantenimiento romántico deja fuera
Para Brand, mantener y reparar es un bien casi absoluto. Pero el campo académico ha avanzado considerablemente más allá de esa romantización. Un ejemplo concreto: en la mayoría de los casos, es mucho mejor para el medioambiente retirar un vehículo de combustión interna y comprar uno eléctrico que mantener indefinidamente el motor contaminante. Mantener un coche de gasolina no es un acto radical; puede ser uno regresivo.
Las complejidades no terminan ahí. El mantenimiento recae de forma desigual sobre mujeres y personas racializadas, y puede convertirse en una carga aplastante para quienes tienen menos recursos. Sostener los sistemas existentes también puede bloquear cambios necesarios: por ejemplo, dificultar que la tecnología sea más accesible para personas con discapacidad. La filosofía libertaria e individualista que atraviesa toda la obra de Brand enmarca la reparación como una forma de realización personal solitaria. La pregunta de quién mantiene, en qué condiciones y a qué coste, simplemente no aparece.
El caso Musk y la política invisible
El pasaje más revelador del libro es el dedicado a Elon Musk, al que Brand describe como un personaje de «dominio único» que «quizá haya hecho más por salvar el mundo en la práctica que cualquier otro líder empresarial de su tiempo». La métrica que usa para demostrarlo es que Bill Gates perdió 1.500 millones de dólares apostando contra Tesla. La conclusión implícita: Elon ganó, luego tiene razón.
Tesla sigue siendo una marca de lujo cuyas ventas han caído desde que desaparecieron los subsidios fiscales federales. La empresa ha enfrentado varias demandas relacionadas con el derecho a reparar. Y cuando Brand escribía estas páginas, las controversias públicas en torno a Musk —racismo, sexismo, flirteos con el autoritarismo— eran ampliamente conocidas. El libro no dice una sola palabra al respecto. Brand no está obligado a coincidir con los críticos de Musk, pero no plantear siquiera la cuestión resulta llamativo en un libro que aspira a ser una reflexión seria. La mentalidad de «muévete rápido y rómpelo todo» que ha caracterizado a Silicon Valley es precisamente lo contrario de una cultura del mantenimiento, y Brand ni lo menciona.
Reparar el mundo exige más que herramientas
El movimiento por el derecho a reparar ilustra con claridad lo que Brand tiende a ignorar: que las empresas, en busca de beneficios, han restringido activamente la capacidad de los consumidores para mantener sus propios productos. No es un problema de actitud individual ni de acceso a herramientas. Es una cuestión política y estructural.
Brand promete volúmenes futuros que podrían abordar preguntas más difíciles. Puede que en ellos aparezcan la equidad, la política y el cambio sistémico. Su trayectoria, sin embargo, ofrece motivos razonables para el escepticismo. La tensión real no es entre innovación y mantenimiento, sino entre una visión de la reparación como hazaña individual y otra que la entiende como responsabilidad compartida. Brand ha pasado décadas construyendo la primera. Vale la pena preguntarse qué mundo estamos manteniendo, y para quién, antes de celebrar sin más el acto de reparar.
