Cada año, el calor extremo elimina del calendario agrícola mundial medio billón de horas de trabajo. Es la conclusión de un informe conjunto reciente de la FAO y la Organización Meteorológica Mundial, que advierte de que los sistemas alimentarios globales están siendo llevados al límite.
Casi en paralelo, el Lancet Countdown publicó su propio análisis sobre salud y clima en Europa, con hallazgos que obligan a revisar una idea largamente instalada: que la inseguridad alimentaria es, sobre todo, un problema de los países más pobres.
El calor que marchita cosechas y mata ganado
Los cultivos no se adaptan indefinidamente. Cada especie tiene un rango de temperatura en el que se desarrolla de forma óptima, y el calor extremo lo supera con una frecuencia creciente. Cuando eso ocurre, las plantas se marchitan antes de llegar a la cosecha —no como pérdida parcial, sino como ausencia total de producción.
Las sequías agravan el problema. En múltiples regiones del mundo se registran ya períodos de sequía prolongados o sin precedentes. La combinación de calor extremo y escasez de agua genera condiciones que los sistemas agrícolas tradicionales, sencillamente, no estaban diseñados para resistir.
El ganado tampoco queda al margen: el calor reduce su productividad y puede llegar a matarlo. Para millones de ganaderos en todo el mundo, ese ganado es su único medio de vida. Cuando el calor extremo destruye ese capital, no solo se resiente el suministro de alimentos; se derrumban economías familiares enteras.
El informe conjunto de la FAO y la OMM recopila y sintetiza la evidencia global disponible, e incluye un capítulo específico sobre ganadería —un área históricamente menos atendida por la investigación que los cultivos—. Eso lo convierte en una referencia especialmente valiosa para comprender la dimensión completa del problema.
Europa ya no es inmune: los datos del Lancet Countdown
Durante décadas, la inseguridad alimentaria grave se asoció casi en exclusiva a países de renta baja. Los datos del Lancet Countdown cuestionan esa asociación. En 2023, la mayor frecuencia de olas de calor y sequías provocó que un millón de personas adicionales en Europa pasaran a estar en situación de inseguridad alimentaria, en comparación con la línea base del período 1981-2010.
La cifra es concreta, reciente, y difícil de ignorar.
Entre 2020 y 2023, los trabajadores agrícolas europeos perdieron de media 24 horas anuales por persona a causa del calentamiento, al verse obligados a interrumpir su actividad para proteger su salud. Menos horas trabajadas equivalen a menores ingresos y menor producción en las explotaciones.
El problema se agrava por la escasa protección social de este colectivo. Los trabajadores agrícolas carecen con frecuencia de contrato y de cobertura ante la pérdida de ingresos; para muchos, si no trabajan, no cobran. Eso los sitúa ante una disyuntiva concreta: proteger su salud o mantener sus ingresos. Con frecuencia, eligen lo segundo.
Del campo al supermercado: una cadena de impactos en cascada
Los efectos del calor extremo no se detienen en el campo. Existe un desfase temporal entre los choques que sufre la mano de obra agrícola y el momento en que esos choques se reflejan en los precios del supermercado —pero ese desfase no cancela el impacto; simplemente lo retrasa.
El mecanismo es acumulativo. Menos horas trabajadas generan menor producción. Esa caída, frente a una demanda que no disminuye, presiona los precios al alza y el efecto se transmite por toda la cadena hasta alcanzar al consumidor final, con independencia de su renta o su lugar de residencia. La pregunta de si todo el mundo acabará notándolo tiene, según los expertos, una respuesta clara: sí.
Redes de seguridad y cultivos resilientes: las vías de adaptación
Reconocer el problema no implica aceptar la inacción. Existen políticas concretas que pueden mitigar los daños, aunque todas exigen el mismo cambio de fondo: pasar de la respuesta reactiva a la anticipación. Esperar a que una crisis alimentaria derive en hambruna para actuar es, a estas alturas, una estrategia inviable.
Las redes de seguridad —transferencias de efectivo, asistencia alimentaria directa— deben activarse de forma preventiva, antes de que los episodios de inseguridad alimentaria alcancen su punto crítico. La capacidad de anticipación resulta tan determinante como el volumen de recursos disponibles.
En el ámbito agrícola, la inversión en cultivos resistentes al calor y a la salinidad ofrece una vía con recorrido real. Países como Bangladesh acumulan más de tres décadas de experiencia en el desarrollo de estas variedades —un conocimiento construido en el Sur Global que el Norte tiene mucho que ganar aprendiendo y adaptando.
A medida que las temperaturas continúen subiendo, la velocidad con que se escalen estas soluciones determinará cuántos millones más engrosen esa cifra de inseguridad alimentaria en los próximos informes. La tendencia está documentada. Lo que queda por decidir es si la respuesta política estará a la altura.
