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Home Ciencia

Una conversación casual entre estudiantes de posgrado desemboca en un hallazgo clave sobre las «células zombi» del envejecimiento

by David Pérez
26 de mayo de 2026
in Ciencia
Dos estudiantes de posgrado conversan en un pasillo universitario sobre células senescentes del envejecimiento

Una charla improvisada entre dos jóvenes investigadores en los pasillos de su universidad dio lugar a un descubrimiento inesperado sobre las «células zombi» del envejecimiento.

Las «células zombi» —células que dejan de dividirse pero se niegan a morir— llevan años acumulándose en silencio dentro del organismo. Su presencia se ha vinculado al envejecimiento, al cáncer y al Alzheimer, pero localizarlas entre células sanas en tejido vivo ha sido, hasta ahora, un problema sin solución clara.

Todo empezó en un pasillo de la Mayo Clinic, donde dos estudiantes de posgrado comenzaron a hablar de sus respectivas tesis sin imaginar que aquella conversación podría reorientar la investigación sobre el envejecimiento.

El problema que nadie había resuelto: encontrar las células zombi

Las células senescentes son, en cierto modo, células que han perdido su función pero se niegan a desaparecer. Dejan de dividirse —un mecanismo que en principio protege al organismo frente a tumores— pero tampoco mueren como cabría esperar. Con el tiempo se acumulan en distintos tejidos y empiezan a generar complicaciones.

Su presencia se ha asociado al envejecimiento general del organismo, al desarrollo de ciertos cánceres y a enfermedades neurodegenerativas como el Alzheimer. No es una curiosidad biológica menor: representan un factor activo en algunas de las patologías más prevalentes y costosas de tratar.

El obstáculo ha sido siempre el mismo. No existen marcadores universales que permitan identificar estas células con fiabilidad en tejido vivo; se parecen demasiado a las células sanas como para distinguirlas con las herramientas disponibles. Sin esa capacidad de identificación precisa, desarrollar terapias dirigidas específicamente contra ellas resulta extraordinariamente difícil.

Una idea «descabellada» que nació entre pasillos

Keenan Pearson y Sarah Jachim se conocieron durante un evento científico en el campus de Mayo Clinic. Él investigaba cómo los aptámeros podían utilizarse contra el cáncer cerebral y enfermedades neurodegenerativas en el laboratorio del bioquímico Jim Maher; ella estudiaba el envejecimiento y las células senescentes junto al investigador Nathan LeBrasseur. La conversación que mantuvieron fue, según relatan, completamente casual.

Pearson empezó a plantearse si la tecnología que manejaba podría adaptarse para reconocer las células que Jachim estudiaba. «Pensé que la idea era buena, pero no sabía cómo preparar células senescentes para probarlas, y esa era la especialidad de Sarah», explica Pearson, que acabó siendo el autor principal del estudio.

Cuando presentaron la propuesta a sus mentores, la reacción inicial fue de escepticismo afectuoso. El propio Maher admite que el concepto sonaba «alocado», aunque lo suficientemente intrigante como para merecer una exploración. Los mentores terminaron respaldando la colaboración. «Nos encantó que fuera idea de los estudiantes y una auténtica sinergia entre dos áreas de investigación», señala Maher.

El proyecto avanzó con rapidez. Los primeros experimentos arrojaron resultados alentadores antes de lo previsto, lo que llevó al equipo a incorporar a otros estudiantes de varios laboratorios, con aportaciones en microscopía avanzada y análisis de distintos tipos de muestras de tejido.

Qué son los aptámeros y cómo rastrean las células senescentes

Los aptámeros son cadenas cortas de ADN sintético que se pliegan espontáneamente en formas tridimensionales complejas. Esas formas les permiten unirse a proteínas específicas presentes en la superficie celular, funcionando de manera similar a una llave diseñada para encajar en una cerradura concreta.

Para identificar los aptámeros capaces de reconocer células senescentes, el equipo analizó más de cien billones de secuencias aleatorias de ADN. De ese universo de posibilidades surgieron varios aptámeros que lograban adherirse de forma selectiva a proteínas asociadas a células senescentes en ratones, marcándolas eficazmente para su identificación.

Uno de los hallazgos más relevantes fue que varios de esos aptámeros se unieron a una variante concreta de la fibronectina, una proteína presente en la superficie celular. Los investigadores aún no comprenden del todo qué relación tiene esa variante con la senescencia, pero el dato podría ayudar a definir mejor qué hace únicas a estas células. «La belleza de este enfoque es que dejamos que los propios aptámeros elijan las moléculas a las que unirse», explica Maher. Frente a los anticuerpos tradicionales, los aptámeros resultan más baratos de producir y más adaptables a distintas aplicaciones.

Más allá del diagnóstico: el potencial terapéutico

La capacidad de identificar células senescentes ya constituiría, por sí sola, un avance significativo. Los investigadores, sin embargo, apuntan a algo más ambicioso: que los aptámeros puedan transportar fármacos directamente hasta esas células, convirtiendo la herramienta de detección en un vehículo de tratamiento de precisión.

Los propios autores son cautelosos al respecto. Se necesitan investigaciones adicionales antes de que la técnica pueda aplicarse de forma fiable en células humanas, dado que los experimentos actuales se han realizado con células de ratón y el salto a tejido humano implica desafíos que aún deben resolverse.

Lo que sí queda claro es el valor del enfoque adoptado: en lugar de presuponer qué proteínas buscar, el equipo dejó que los aptámeros encontraran sus propias dianas. Esa apertura produjo resultados inesperados —como el hallazgo sobre la fibronectina— que podrían redefinir la comprensión biológica de la senescencia celular. Si los aptámeros demuestran la misma selectividad en tejido humano que en ratones, podrían convertirse en una herramienta central para el abordaje de enfermedades vinculadas al envejecimiento. Una conversación de pasillo, al parecer, puede llegar bastante lejos.

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