Las aguas frente a la costa de Australia Occidental parecían vacías. A más de cuatro kilómetros de profundidad, en cañones submarinos que nadie había explorado antes, las cámaras apenas captaban nada en la oscuridad.
Pero cuando los investigadores analizaron las botellas de agua de mar recogidas en ese abismo, encontraron algo que no encajaba con lo conocido: rastros genéticos de criaturas que, según todo lo documentado hasta entonces, no deberían haber estado ahí. Entre ellas, huellas inconfundibles del legendario calamar gigante.
Un océano que guardaba sus secretos
Los cañones submarinos de Cape Range y Cloates se encuentran aproximadamente a 1.200 kilómetros al norte de Perth. A pesar de su relativa cercanía a la costa, permanecían prácticamente inexplorados, y el motivo es concreto: trabajar a profundidades extremas, en algunos puntos superiores a los 4.500 metros, exige medios técnicos y económicos que pocas expediciones pueden asumir.
La expedición que modificó ese panorama estuvo liderada por el Museo de Australia Occidental a bordo del buque de investigación R/V Falkor, del Schmidt Ocean Institute. A lo largo del trabajo de campo se recogieron más de 1.000 muestras de agua en distintas profundidades, desde la superficie hasta el fondo del abismo.
El método empleado fue el ADN ambiental, conocido como eDNA. En lugar de desplegar redes o depender de cámaras en la oscuridad, los investigadores de la Universidad Curtin analizaron los fragmentos genéticos que los propios animales liberan de forma natural al agua: células, mucosidades, restos de tejido. Una aproximación no invasiva que, hasta hace relativamente poco, habría resultado inviable para ecosistemas tan remotos.
El calamar gigante y las criaturas del abismo
El hallazgo más destacado fue la detección de ADN del calamar gigante (Architeuthis dux) en seis muestras distintas, recogidas en ambos cañones. Solo existían dos registros previos de esta especie en aguas de Australia Occidental, y no se había confirmado ningún avistamiento ni recolectado ningún espécimen en más de 25 años.
Según la doctora Lisa Kirkendale, responsable de zoología acuática del Museo de Australia Occidental, se trata del primer registro de A. dux en la costa occidental australiana mediante protocolos de eDNA, y además el más septentrional documentado en el océano Índico oriental. El calamar gigante puede alcanzar entre 10 y 13 metros de longitud y posee los ojos más grandes del reino animal, de hasta 30 centímetros de diámetro.
Junto al calamar gigante, el estudio identificó cetáceos de aguas profundas como la marsopa enana (Kogia breviceps) y la ballena de Cuvier (Ziphius cavirostris). Aparecieron también especies nunca antes registradas en aguas australianas: el tiburón durmiente (Somniosus sp.), la anguila sin rostro (Typhlonus nasus) y el pez colmillo esbelto (Rhadinesthes decimus), entre otras.
226 especies en una sola expedición
En total, el estudio identificó 226 especies pertenecientes a 11 grandes grupos animales: calamares, mamíferos marinos, cnidarios, equinodermos y peces de aguas profundas, entre otros. La cifra resulta notable para una sola expedición en una zona que, sobre el papel, era casi un espacio en blanco en los mapas de biodiversidad marina.
Algunas secuencias genéticas detectadas no coinciden con ninguna especie actualmente registrada. La investigadora principal, la doctora Georgia Nester, fue prudente al valorarlo: «No coincide con nada registrado actualmente, lo que no significa automáticamente que sea nueva para la ciencia, pero sugiere con fuerza que hay una enorme biodiversidad en aguas profundas que apenas estamos comenzando a descubrir».
El estudio reveló también que la biodiversidad varía de forma significativa con la profundidad. Incluso cañones vecinos albergan comunidades biológicas claramente distintas, lo que apunta a una estructuración ecológica compleja y todavía poco comprendida. Los especímenes físicos recogidos por el vehículo operado de forma remota SuBastian fueron identificados por taxónomos y depositados de manera permanente en la colección del Museo de Australia Occidental, donde quedan disponibles para investigaciones futuras.
El eDNA como nueva brújula para explorar el océano profundo
Una sola muestra de agua analizada mediante eDNA puede revelar la presencia de cientos de especies de forma simultánea. Esa capacidad lo convierte en una herramienta especialmente útil para detectar animales frágiles, rápidos o esquivos que escapan tanto a las redes como a las cámaras submarinas.
En esta expedición, el análisis de eDNA se combinó con material de referencia genética obtenido a partir de los especímenes físicos recolectados, lo que reforzó la fiabilidad de las identificaciones. Juntos, los dos enfoques ofrecen una imagen más sólida que cualquiera de ellos por separado.
Los ecosistemas de aguas profundas enfrentan presiones crecientes: el cambio climático, la pesca y la extracción de recursos avanzan sobre territorios que la ciencia apenas conoce. Contar con datos de línea base es, en ese contexto, una necesidad concreta. Como señaló la profesora asociada Zoe Richards, de la Universidad Curtin: «No puedes proteger lo que no sabes que existe».
De cara al futuro, el eDNA podría transformar la planificación de parques marinos y el seguimiento ambiental a escala global. Si una expedición relativamente acotada en dos cañones del Índico oriental logró identificar 226 especies, muchas de ellas desconocidas para la región, cabe preguntarse qué aguarda en los miles de kilómetros de fondos abisales que aún no han sido muestreados. La respuesta, casi con certeza, seguirá deparando hallazgos inesperados.
