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Partículas que no deberían comportarse así: el LHC registra señales que el Modelo Estándar no puede explicar

by David Pérez
27 de mayo de 2026
in Ciencia
Físico en el túnel del LHC del CERN rodeado de imanes superconductores azules y plateados

Un físico de partículas observa el interior del túnel circular del LHC en el CERN, donde los imanes superconductores aceleran partículas a velocidades cercanas a la luz.

En el interior de un túnel circular de 27 kilómetros excavado bajo la frontera franco-suiza, haces de protones viajan en sentidos opuestos y colisionan a velocidades extremas. Entre los fragmentos de esas colisiones, los físicos del Gran Colisionador de Hadrones rastrean partículas efímeras llamadas mesones B. De cada millón, solo una se desintegra de una forma concreta —tan rara que casi parece imposible— que la teoría más rigurosa de la física predice con exactitud.

O eso se creía. Los últimos datos no encajan con esas predicciones, y la discrepancia es lo bastante significativa como para que los investigadores no puedan pasarla por alto.

El Modelo Estándar: una teoría brillante con fisuras conocidas

El Modelo Estándar describe las partículas fundamentales y las fuerzas que rigen el universo —excepto la gravedad— con una precisión notable. Construida sobre la mecánica cuántica y la relatividad especial de Einstein, lleva más de cincuenta años resistiendo pruebas cada vez más exigentes sin ceder un milímetro.

Los físicos saben, sin embargo, que está incompleta. No explica la gravedad ni la materia oscura, esa forma invisible que se estima constituye aproximadamente el 25 % del universo. La teoría funciona; simplemente no puede ser la historia completa.

El LHC fue construido precisamente para buscar esas grietas: no solo para confirmar lo que ya sabemos, sino para someter la física establecida a condiciones extremas en busca de contradicciones. Durante décadas, la teoría aguantó. Hasta ahora.

Desintegraciones ‘pingüino’: un proceso tan raro que casi no debería ocurrir

Los mesones B son partículas subatómicas de vida brevísima que se forman en las colisiones del LHC. Su interés para los físicos radica en cómo se desintegran: el modo en que se transforman en otras partículas puede revelar influencias invisibles que ningún instrumento detecta directamente.

Una de esas transformaciones recibe el nombre de desintegración tipo «pingüino». En este proceso, un mesón B se convierte en cuatro partículas distintas: un kaón, un pión y dos muones. El nombre evoca, con algo de imaginación, la silueta del animal en el diagrama que representa las partículas implicadas.

Lo que hace extraordinario este proceso es su rareza. Según el Modelo Estándar, solo uno de cada millón de mesones B decae de esta manera, lo que lo convierte en un detector extraordinariamente sensible. Las partículas nuevas, aunque demasiado masivas para crearse directamente en el LHC, podrían ejercer una influencia sutil pero medible sobre procesos tan poco frecuentes como este.

Cuatro desviaciones estándar: cuando los números empiezan a inquietar

Los resultados del experimento LHCb muestran una tensión de cuatro desviaciones estándar respecto a las predicciones del Modelo Estándar. En términos concretos, la probabilidad de que la discrepancia se deba a una simple fluctuación aleatoria es de solo una entre 16.000.

No es el umbral definitivo. En física de partículas, el estándar de oro para proclamar un descubrimiento es de cinco sigma —cinco desviaciones estándar—, equivalente a una probabilidad de error de una entre 1,7 millones. La señal actual no llega a ese nivel, pero se acerca.

Su credibilidad se ve reforzada porque el experimento independiente CMS, también ubicado en el LHC, publicó resultados coincidentes a principios de 2025. Con menor precisión, sus datos apuntan en la misma dirección, lo que dificulta atribuir la anomalía a un error aislado.

Aun así, los científicos mantienen la cautela. Existe una fuente de incertidumbre teórica conocida como los «charming penguins»: procesos del propio Modelo Estándar cuyas contribuciones son extremadamente difíciles de calcular. Las estimaciones más recientes sugieren que su efecto no basta para explicar los datos, pero la pregunta permanece abierta.

¿Qué podría haber más allá? Las teorías que ganan fuerza

Si la anomalía se confirma, varias teorías alternativas están preparadas para explicarla. Una de las más citadas involucra partículas hipotéticas llamadas «leptoquarks», que unirían los dos grandes tipos de materia fundamental —leptones y quarks— en una sola entidad, contemplada en diversas extensiones del Modelo Estándar.

Otras propuestas sugieren partículas que serían versiones más masivas de las ya conocidas: una especie de ecos pesados del catálogo actual de la física de partículas. El precedente histórico resulta revelador. La radiactividad fue descubierta ochenta años antes de que los bosones W, las partículas responsables de ella, fueran detectados directamente. La influencia indirecta de algo desconocido puede preceder durante mucho tiempo a su identificación.

Los próximos pasos: más datos, más precisión, más respuestas

El análisis que produjo esta anomalía se basó en unos 650.000 millones de desintegraciones de mesones B registradas entre 2011 y 2018. Desde entonces, el experimento LHCb ha acumulado tres veces más datos, cuyo análisis —previsto para los próximos años— podría confirmar o descartar la señal con una solidez considerablemente mayor.

Las mejoras planificadas para la década de 2030 ampliarán ese conjunto de datos quince veces más. Los colisionadores capaces de crear directamente las partículas hipotéticas que podrían explicar estos resultados no se esperan hasta los años 2070. La física de partículas mide su progreso en décadas. Pero rara vez una señal de cuatro desviaciones estándar, respaldada por dos experimentos independientes, ha resultado ser solo ruido.

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