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Trece dientes fósiles hallados en Etiopía revelan que varios ancestros humanos compartieron el mismo territorio hace casi tres millones de años

by David Pérez
28 de mayo de 2026
in Ciencia
Paleoantropólogo excavando dientes fósiles en el árido paisaje de la región de Afar, Etiopía

Un investigador examina con precisión uno de los trece dientes fósiles hallados en Etiopía, evidencia de que varios ancestros humanos coexistieron hace casi tres millones de años.

Hace entre 2,6 y 2,8 millones de años, el territorio que hoy ocupa la árida región etíope de Afar era un paisaje radicalmente distinto: ríos que cruzaban llanuras verdes, lagos en expansión y retroceso, y varios tipos de homínidos compartiendo ese mismo escenario sin que nosotros lo supiéramos.

Trece dientes fósiles hallados en el yacimiento de Ledi Geraru han alterado esa imagen. Son pequeños, antiguos y, en apariencia, poco llamativos. Pero lo que revelan obliga a reconsiderar uno de los relatos más consolidados sobre nuestros orígenes.

El hallazgo que cambia el árbol genealógico humano

Ledi Geraru ya era un enclave singular antes de este descubrimiento. En 2013, el equipo liderado por Kaye Reed extrajo de sus sedimentos la mandíbula de Homo más antigua conocida, datada en 2,8 millones de años. Es también el sitio donde se han localizado las herramientas olduvayenses más tempranas del registro arqueológico mundial. Sobre esa base ya extraordinaria, el nuevo estudio añade otra capa.

Los trece dientes fósiles descritos en la revista Nature en 2025 pertenecen a dos grupos distintos: algunos corresponden al género Homo, y otros a una especie de Australopithecus que no había sido identificada hasta ahora en ningún yacimiento. El estudio fue liderado por investigadores de la Universidad Estatal de Arizona.

Un detalle resulta decisivo. Los dientes de Australopithecus no pertenecen a A. afarensis, la especie de la célebre «Lucy». Eso refuerza la hipótesis de que afarensis desapareció antes de hace 2,95 millones de años, y que lo que habitaba Ledi Geraru en ese período era algo distinto —algo que la ciencia aún no ha logrado clasificar por completo.

Una especie sin nombre y un misterio sin resolver

Identificar una especie nueva a partir de dientes no es suficiente para otorgarle nombre oficial. La taxonomía exige más material fósil. Por ahora, esa especie de Australopithecus permanece en un limbo científico: presente en el registro, pero sin un lugar preciso en el árbol evolutivo humano.

Brian Villmoare, autor principal del estudio, fue claro al respecto: «Sabemos cómo son los dientes y la mandíbula del Homo más antiguo, pero eso es todo. Esto subraya la importancia crítica de encontrar más fósiles para entender las diferencias entre Australopithecus y Homo, y cómo pudieron coexistir en el registro fósil en el mismo lugar».

La coexistencia de ambos géneros en el mismo territorio y período plantea preguntas que los fósiles disponibles no pueden responder. ¿Competían por los mismos recursos? ¿Ocupaban nichos ecológicos distintos? La respuesta está enterrada en algún lugar que todavía no se ha excavado.

Cómo los volcanes permiten fechar a nuestros ancestros

Establecer que unos dientes tienen 2,7 millones de años no es algo que se deduzca a simple vista. El método que hace posible esa precisión está estrechamente vinculado a la geología volcánica del Afar, una zona aún activa y moldeada por fuerzas tectónicas que llevan millones de años transformando el paisaje.

Las erupciones volcánicas depositaron capas de ceniza que contenían cristales de feldespato susceptibles de datación precisa. El geólogo Christopher Campisano, investigador del Instituto de Orígenes Humanos de la Universidad Estatal de Arizona, explicó el principio: «Podemos fechar las erupciones que ocurrían en el paisaje cuando se depositaron. Y sabemos que estos fósiles están intercalados entre esas erupciones, así que podemos datar las unidades por encima y por debajo».

El registro geológico de Ledi Geraru abarca depósitos de entre 2,3 y 2,95 millones de años, un intervalo que el geólogo Ramón Arrowsmith calificó como «un período crítico para la evolución humana». Sin esa columna volcánica, los fósiles serían igualmente valiosos, pero mucho más difíciles de situar en el tiempo.

Un paisaje lleno de homínidos: la evolución como árbol frondoso

El estudio de 2025 apunta a que hasta cuatro linajes de homínidos pudieron coexistir en el este de África entre hace 3,0 y 2,5 millones de años: Homo temprano, Paranthropus, A. garhi y el todavía innominado Australopithecus de Ledi Geraru. No una sucesión ordenada, sino una simultaneidad que complica cualquier narrativa limpia sobre nuestros orígenes.

Ese panorama se amplió en 2026, cuando un equipo de la Universidad de Chicago describió una mandíbula de Paranthropus de 2,6 millones de años hallada también en la región del Afar, situando otro linaje en la misma ventana temporal y geográfica.

Kaye Reed, paleoecóloga de la Universidad Estatal de Arizona y codirectora del proyecto desde 2002, sintetiza la lección de fondo: «La imagen que muchos tenemos en nuestra mente, de un simio a un neandertal a un humano moderno, no es correcta. La evolución humana no es lineal; es un árbol frondoso, con formas de vida que se extinguen».

Qué comían y por qué importa

El equipo trabaja ahora en el análisis del esmalte dental para reconstruir la dieta de estas especies. No es un detalle menor. Si consumían recursos diferentes, la competencia directa habría sido menor, lo que podría explicar cómo dos linajes distintos de homínidos lograron compartir territorio durante tanto tiempo sin desplazarse mutuamente.

Las preguntas abiertas se acumulan: ¿se evitaban?, ¿interactuaban con frecuencia?, ¿formaban parte de una red más amplia de especies distribuidas por el este de África? Reed es directa: «Siempre que tienes un descubrimiento importante, sabes que necesitas más información. Necesitas más fósiles».

Trece dientes hallados en una llanura árida han bastado para complicar, de forma productiva, lo que creíamos saber sobre nuestros orígenes. La evolución humana no fue una marcha ordenada hacia adelante, sino un experimento colectivo y desordenado del que solo una rama —la nuestra— llegó hasta hoy. Pensar en esos paisajes antiguos, poblados de especies que no sobrevivieron, invita a preguntarse qué fue exactamente lo que nos diferenció, y si alguna vez llegaremos a saberlo del todo.

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