La sala estaba casi a oscuras. En una galería del Lower East Side de Manhattan, un grupo reducido de personas escuchó en silencio cómo los sonidos del Disco de Oro de la NASA —grabados en 1977 para viajar al espacio interestelar a bordo de la sonda Voyager— llenaban el aire.
Lo que estaba a punto de comenzar no era exactamente un concierto. Tampoco una exposición, ni una proyección. Era algo más difícil de nombrar: una experiencia en la que el tiempo y la distancia cósmica dejaban de ser conceptos abstractos para convertirse, durante unos minutos, en algo casi físico.
El punto de partida: el Disco de Oro y la pregunta más antigua
La velada comenzó antes de que sonara una sola nota electrónica. El propietario de la galería Heft, Adam Berninger, reprodujo una selección del Disco de Oro de la NASA: el mensaje grabado en 1977 y lanzado al espacio interestelar a bordo de la sonda Voyager, con sonidos de la Tierra destinados a cualquier forma de vida inteligente que pudiera encontrarlo algún día.
El sonido no salió por altavoces convencionales. Se reprodujo a través de Volumes, el sistema de escucha diseñado por Joe Doucet y concebido como instrumentos de escucha espacial. La diferencia no era solo técnica: cambiaba la manera en que el cuerpo recibía el sonido.
Ese arranque no fue arbitrario. Situó al público en una disposición mental muy concreta —la de contemplar la Tierra desde fuera, como si uno mismo fuera el mensaje enviado a lo desconocido— y conectó con el argumento central de Redshift: la luz como medida del tiempo, la distancia como sinónimo de pasado.
Redshift: cuando la física se convierte en lenguaje artístico
El fenómeno que da nombre a la performance es real y preciso. El corrimiento al rojo —redshift en inglés— ocurre cuando la luz viaja por el espacio: sus ondas se estiran, desplazándose hacia longitudes de onda más largas y, por tanto, más rojas. Es una de las herramientas fundamentales con las que los astrónomos miden distancias y edades en el universo.
La artista Ashley Zelinskie, que colaboró directamente con el equipo del telescopio James Webb, trasladó este principio físico a los visuales proyectados en la pared de la galería. Las imágenes comenzaban en el espectro ultravioleta y avanzaban gradualmente hacia el rojo, siguiendo el mismo arco que describe la luz al envejecer.
El DJ y productor illich Mujica construyó el arco sonoro de forma inversa y complementaria: partió de sonidos experimentales de onda larga y fue avanzando hacia ritmos más rápidos y estructuras musicales más completas. El concepto que guiaba toda la performance era, en palabras de los propios creadores, «la luz al servicio del sonido y el sonido al servicio de la luz».
Las imágenes del Webb: nebulosas, galaxias y el peso de los primeros instantes
Zelinskie construyó los visuales principalmente a partir de las primeras imágenes publicadas por el telescopio James Webb, que tuvo la oportunidad de presenciar en directo en el centro Goddard de la NASA. Para ella, esas imágenes marcaron un antes y un después en su práctica artística.
Entre las secuencias más reconocibles de la noche estaban los llamados «acantilados cósmicos» de la Nebulosa Carina, la lenta órbita y colisión del Quinteto de Stephan, y los anillos de polvo estelar que pulsaban desde la Nebulosa del Anillo Sur al final de la actuación. La sesión incorporó también la imagen en infrarrojo medio del instrumento MIRI de la galaxia M77.
Los fondos de cada visual fueron generados con una LoRA —un modelo de inteligencia artificial— entrenada sobre campos profundos del Webb. Zelinskie combinó estas herramientas con software de VJ propio que le permitía crear y controlar las imágenes en tiempo real durante la actuación.
Pink Floyd, Artemis II y la pregunta que atraviesa el tiempo
En un momento espontáneo de la actuación, Mujica eligió Is There Anybody Out There? de Pink Floyd. No es de sus canciones más conocidas: funciona como pieza de transición en The Wall, entre Hey You y Nobody Home. La eligió por su textura etérea y por cómo, con los años, había dejado de escucharla como monólogo interior para convertirla en **la pregunta más antigua**: ¿hay vida ahí fuera?
La pieza sirvió de puente hacia una muestra de audio del pódcast The Daily del New York Times, donde un astronauta de la misión Artemis II respondía a un niño que había preguntado exactamente eso. La respuesta era filosóficamente densa: si una civilización en Andrómeda nos observara ahora mismo, vería la Tierra tal como era hace miles de años. Nosotros, en ese sentido, ya no estaríamos aquí.
Ese encadenamiento —Pink Floyd, la voz de un niño, un astronauta del programa Artemis— condensó en pocos minutos el argumento central de toda la performance. La luz no solo viaja: llega tarde. Lo que vemos es siempre pasado.
Arte, ciencia y la frontera cada vez más difusa entre ambas
Redshift forma parte de Transmissions, la iniciativa de la galería Heft que busca reunir experiencias musicales con obras de arte basadas en sistemas. El programa se extendió del 15 de mayo al 12 de junio, pero la actuación en sí fue una única noche con aforo reducido y entradas agotadas.
Esa dimensión efímera no parece accidental. Contrasta de forma deliberada con la permanencia de las imágenes del Webb que la inspiraron: registros de nebulosas y galaxias que existieron hace millones de años y que, sin embargo, acaban de llegar a nuestros ojos.
El trabajo de Zelinskie ilustra una tendencia creciente en el arte contemporáneo: creadores que colaboran directamente con instituciones científicas para traducir datos reales en experiencias sensoriales. No se trata de ilustrar la ciencia. Se trata de habitarla.
La pregunta que subyace a toda la experiencia —¿hay alguien ahí fuera?— nunca se responde. Quizá esa sea la decisión más honesta de la noche. Porque lo que Redshift propone no es una conclusión, sino un estado mental: el de quien mira hacia arriba sabiendo que la luz que ve salió de su fuente mucho antes de que él naciera, y que su propia imagen, en este preciso momento, viaja ya hacia algún lugar que aún no tiene nombre.
