Durante décadas, la industria nuclear estadounidense construyó sus últimas grandes centrales y luego frenó casi por completo. No se levantaron nuevas plantas a gran escala; los proyectos se aplazaron, encareciaron o cancelaron. Ahora algo está cambiando.
El Departamento de Energía acaba de conceder 94 millones de dólares a ocho empresas para convertir los pequeños reactores modulares de nueva generación en infraestructura real antes de que acabe la década. El objetivo es claro: resolver los cuellos de botella que han mantenido esta tecnología en el terreno de la promesa.
Una industria nuclear que busca reinventarse
Durante años, la construcción nuclear en Estados Unidos quedó prácticamente paralizada. Los grandes proyectos de la era anterior —como Vogtle, en Georgia— se convirtieron en ejemplos de sobrecostes y retrasos que disuadieron a inversores y reguladores por igual. La industria sobrevivió, pero no creció.
El contexto ha cambiado de forma notable. La demanda eléctrica en EE. UU. crece a un ritmo que no se veía desde hace décadas, impulsada por la proliferación de centros de datos, el auge de la inteligencia artificial y un proceso de reindustrialización que exige energía constante y abundante. Es un escenario que hace apenas cinco años habría parecido improbable.
Ante ese panorama, los pequeños reactores modulares de generación III+ se presentan como una alternativa más ágil que las grandes centrales convencionales. Su tamaño reducido facilita la financiación por fases, acorta los plazos de construcción y permite instalaciones en emplazamientos que no serían viables para plantas de mayor potencia.
Su base tecnológica también importa. Al utilizar tecnología de agua ligera —la misma que opera desde hace décadas en reactores comerciales de todo el mundo— estos SMR pueden apoyarse en cadenas de suministro ya existentes, lo que reduce la incertidumbre técnica y acelera los plazos de licencia.
Los 94 millones: a quién van y para qué
El Departamento de Energía ha seleccionado a ocho empresas bajo el programa Generation III+ SMR Pathway to Deployment. La financiación se divide en dos bloques con objetivos bien diferenciados.
El primero aborda la preparación de emplazamientos. Constellation SMR Development recibirá algo más de 17 millones de dólares para tramitar un permiso anticipado ante la Comisión Reguladora Nuclear en una ubicación de Nueva York, mientras que Nebraska Public Power District obtendrá casi 28 millones para hacer lo mismo en Nebraska. Estos permisos anticipados pueden reducir significativamente los tiempos de aprobación cuando llegue el momento de construir.
El segundo bloque refuerza la cadena de suministro. BWXT Nuclear Energy destinará más de 21 millones a equipar una instalación en Indiana para el ensamblaje final de vasijas de presión. Framatome ampliará su planta de fabricación de combustible en Washington, añadiendo capacidad para producir aproximadamente 200 toneladas métricas adicionales de uranio al año. American Forgemasters y Scot Forge recibirán fondos para incorporar maquinaria de gran escala destinada a componentes de forja.
Container Technologies Industries y Global Nuclear Fuel Americas completan el panorama con mejoras en certificaciones de calidad y líneas de producción de barras de combustible. En conjunto, estos proyectos atacan directamente los cuellos de botella históricos del sector: licencias, suministro industrial y disponibilidad de terrenos aptos.
De los 800 millones previos a este nuevo impulso
Esta convocatoria no surge de la nada. En marzo de 2025, el Departamento de Energía lanzó una licitación de 900 millones de dólares para reducir el riesgo asociado al despliegue de SMR de generación III+. Fue el punto de partida formal de un programa estructurado en niveles.
En diciembre de 2025 se anunciaron los primeros grandes premios: 800 millones de dólares en adjudicaciones de nivel 1 a Tennessee Valley Authority y Holtec Government Services. Esos fondos están destinados a avanzar proyectos iniciales en Tennessee y Míchigan, con la intención de que sirvan de referencia y catalicen cadenas de suministro para iniciativas posteriores.
Los 94 millones ahora anunciados corresponden al nivel 2 del programa y cumplen una función complementaria. Mientras los grandes proyectos de nivel 1 avanzan hacia la construcción, este segundo nivel consolida la infraestructura industrial y regulatoria que los sostendrá. El Departamento de Energía ha señalado que podría haber una ronda adicional de financiación si se dispone de más fondos.
El horizonte de los años 2030 y los retos que quedan
El objetivo declarado del programa es que nuevas capacidades nucleares estén operativas en la década de 2030. Es un calendario ambicioso, aunque no imposible si los permisos anticipados y las inversiones en cadena de suministro avanzan sin grandes contratiempos.
Persisten, sin embargo, obstáculos reales. Los procesos de licencia regulatoria siguen siendo largos y complejos, incluso con los permisos anticipados como atajo parcial. La formación de mano de obra especializada —soldadores, ingenieros nucleares, técnicos de control— requiere tiempo y planificación que no se improvisan. Los costes de construcción, históricamente difíciles de contener en proyectos nucleares, siguen siendo una incógnita considerable.
Si los SMR logran desplegarse a escala, el impacto sobre la red eléctrica estadounidense podría ser considerable: generación firme, disponible las 24 horas, sin emisiones de carbono y distribuida geográficamente. Eso encaja con el argumento de seguridad energética que el Gobierno ha situado en el centro de su estrategia.
Lo que conviene seguir de cerca en los próximos meses es el ritmo al que avanzan los permisos en Nueva York y Nebraska, la evolución de los proyectos de Tennessee y Míchigan, y si el Departamento de Energía materializa esa posible ronda adicional de financiación. La promesa lleva décadas sobre el papel. La próxima prueba será ver cuánto de todo esto se convierte en hormigón y acero antes de que termine la década.
