En agosto de 1977, el astrónomo voluntario Jerry Ehman revisaba una tira de papel impresa con los datos del radiotelescopio Big Ear cuando encontró una cadena de caracteres que no encajaba con el ruido habitual: «6EQUJ5». La rodeó con un círculo rojo y garabateó «WOW!» en el margen. Ese gesto resume seis décadas de búsqueda de señales extraterrestres: momentos de asombro que la ciencia no ha sabido confirmar ni descartar del todo.
¿Hemos recibido ya alguna señal de inteligencia extraterrestre sin saberlo? Hay un puñado de casos donde el expediente sigue abierto.
La señal que nadie ha podido explicar: el caso WOW!
El 15 de agosto de 1977, el Observatorio Radio de Ohio State captó algo extraordinario: una señal de banda estrecha que duró 72 segundos y parecía proceder de la constelación de Sagitario. Su frecuencia la distinguía del resto: 1.420 MHz, la frecuencia del hidrógeno neutro. Los investigadores SETI consideran ese rango idóneo para comunicaciones interestelares, dado que el hidrógeno es el elemento más abundante del universo y cualquier civilización tecnológica lo reconocería.
Durante los 22 años siguientes, el Observatorio Big Ear apuntó repetidamente hacia Sagitario. La señal no volvió a aparecer. Tampoco presentaba modulación, el mecanismo que permite transmitir información mediante ondas de radio, lo que introduce dudas razonables sobre su naturaleza.
En 2024, investigadores del Laboratorio de Habitabilidad Planetaria sugirieron que emisiones estelares podrían haber energizado una nube de hidrógeno frío, provocando un destello repentino. Es una hipótesis plausible. No definitiva. El expediente sigue abierto.
Destellos de radio y estrellas que parpadean: otros candidatos bajo sospecha
En 2007, el estudiante David Narkevic encontró en datos archivados del Observatorio Parkes una ráfaga de radio de cinco milisegundos: el primer Estallido de Radio Rápido conocido, el llamado Lorimer Burst. Desde entonces se han detectado miles de FRBs, la mayoría de origen extragaláctico. En agosto de 2017, Breakthrough Listen identificó 15 de estos estallidos procedentes de una galaxia enana a 3.000 millones de años luz, sin poder descartar un origen artificial.
La estrella de Tabby, KIC 8462852, añadió otro misterio al catálogo. Sus caídas de brillo, de hasta el 22 %, no encajaban con ningún fenómeno conocido, y algunos científicos plantearon la posibilidad de una megaestructura tipo esfera de Dyson. Observaciones posteriores de Breakthrough Listen y el telescopio APF no detectaron señales de radio ni emisiones ópticas; los candidatos que aparecieron resultaron ser falsos positivos de fuentes terrestres. La causa real del parpadeo de Tabby sigue sin confirmarse.
‘Oumuamua y los objetos interestelares: ¿visitantes naturales o algo más?
En octubre de 2017, el telescopio Pan-STARRS-1 detectó el primer objeto interestelar conocido en cruzar el Sistema Solar: 1I/2017 U1, aunque el mundo lo conoce como ‘Oumuamua. Su comportamiento desconcertó a los astrónomos. Aceleró al alejarse del Sol sin mostrar señales de desgasificación, y su forma parecía aplanada y desproporcionada.
El astrónomo de Harvard Abraham Loeb y el investigador Shmuel Baily publicaron en 2018 una hipótesis controvertida: el comportamiento de ‘Oumuamua era compatible con el de una vela solar artificial. Nadie la ha refutado de forma concluyente, aunque tampoco ha encontrado apoyo mayoritario. La mejor explicación natural disponible hoy es la hipótesis del iceberg de nitrógeno, un nuevo tipo de objeto creado por colisiones entre cuerpos similares a Plutón en otros sistemas, y esa hipótesis tampoco ha sido probada.
Lo que sí está claro es que vendrán más objetos interestelares. El Observatorio Vera C. Rubin tiene capacidad para detectar docenas de ellos. Si incluso una fracción mínima resultara ser de origen artificial, las implicaciones serían difíciles de dimensionar.
BLC1: la señal del vecino más cercano que resultó ser ruido
En diciembre de 2020, medios de todo el mundo se hicieron eco de un anuncio: el radiotelescopio Parkes había captado una emisión de banda estrecha a 982 MHz procedente de Proxima Centauri, la estrella más cercana al Sol. La señal mostraba un desplazamiento Doppler coherente con una fuente en movimiento, lo que apuntaba a Proxima b, un planeta rocoso en la zona habitable de esa estrella.
Un año después, un equipo internacional liderado por la profesora Sofia Z. Sheikh, de UC Berkeley, publicó su análisis. Habían identificado 60 señales similares que ocurrían de forma simultánea con BLC1, distribuidas en distintas frecuencias, y todas habían sido filtradas inicialmente como interferencia de radiofrecuencia terrestre. BLC1 era, con toda probabilidad, lo mismo. La forma en que esas señales interactuaban entre sí creaba la ilusión de que procedían de Proxima Centauri, cuando en realidad venían de la Tierra.
El caso es instructivo por dos motivos: ilustra la dificultad de separar señales artificiales extraterrestres del ruido tecnológico humano, y evidencia el rigor con que la ciencia examina sus propios hallazgos.
Sesenta años de búsqueda: qué nos dice el silencio
Ninguna de las señales o anomalías documentadas hasta hoy ha sido confirmada como evidencia de inteligencia extraterrestre. Pero tampoco todas han podido descartarse de forma definitiva. Esa ambigüedad no es un fracaso: es el estado real del conocimiento.
El Sistema Solar, además, sigue siendo en gran medida territorio inexplorado. Como señaló el astrónomo Gregory Matloff, podrían existir sondas o artefactos en cráteres lunares, en el cinturón de asteroides o en el de Kuiper, donde hay cien millones de objetos y apenas hemos examinado dos. Instalaciones como el Observatorio Vera C. Rubin y misiones como el Comet Interceptor ampliarán nuestra capacidad de detección de forma sustancial.
Quizá la pregunta más honesta no sea si hemos recibido ya una señal, sino si disponemos de los medios para reconocerla cuando llegue. Seis décadas de búsqueda han demostrado que el cosmos guarda silencio de maneras que todavía no sabemos interpretar del todo. Y eso, en sí mismo, merece reflexión.
