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Home Ciencia

Nacer con demasiado para recordar mejor: el cerebro empieza lleno y se afina eliminando conexiones

by David Pérez
8 de junio de 2026
in Ciencia
Cerebro humano translúcido con conexiones neuronales doradas disolviéndose en niebla azul, ilustrando la poda sináptica

El cerebro nace con un exceso de conexiones neuronales que se eliminan progresivamente para optimizar el aprendizaje y la memoria. Imagen conceptual de la poda sináptica.

El cerebro, se suele asumir, aprende acumulando. Cada experiencia nueva añade una conexión, cada recuerdo construye sobre el anterior. La lógica parece sólida.

Pero los datos del hipocampo —la región donde se forjan los recuerdos y se traza la navegación espacial— apuntan en dirección contraria. Esta estructura no nace como una pizarra en blanco a la espera de que la vida la escriba. Nace llena. Y lo que ocurre después desafía la intuición sobre cómo el cerebro se vuelve inteligente.

La pregunta filosófica que se convirtió en experimento

La dicotomía entre tabula rasa y tabula plena lleva siglos debatiéndose en filosofía. ¿Llegamos al mundo como una pizarra vacía que la experiencia va llenando, o traemos ya algo escrito? En neurociencia, la pregunta no es retórica: tiene consecuencias directas sobre cómo entendemos el aprendizaje, la memoria y el desarrollo cerebral.

El hipocampo es el territorio donde esta disputa se vuelve más concreta. Situado en la profundidad del lóbulo temporal, es la región encargada de formar recuerdos y guiar la navegación espacial. El archivo central del cerebro, en cierto sentido.

El grupo Jonas del Instituto de Ciencia y Tecnología de Austria (ISTA) abordó la cuestión de forma directa: ¿cómo evoluciona la red neuronal del hipocampo tras el nacimiento? ¿Crece añadiendo conexiones, o funciona de otra manera?

Primero más, luego menos: lo que reveló el experimento

Para responder, el equipo analizó cerebros de ratón en tres momentos del desarrollo: los días 7–8 tras el nacimiento, los días 18–25 —equivalentes a la adolescencia— y los días 45–50, correspondientes a la adultez. El protagonista del análisis fue la red CA3, formada por neuronas piramidales interconectadas que almacenan y recuperan memorias.

La herramienta principal fue la técnica de patch-clamp, que mide señales eléctricas diminutas en puntos concretos de una neurona, tanto en los extremos que envían señales como en las ramificaciones que las reciben. El equipo empleó también microscopía láser avanzada para observar procesos intracelulares y activar conexiones individuales con gran precisión.

El resultado fue inequívoco. En las primeras etapas, la red CA3 aparecía densa, con conexiones de distribución aparentemente aleatoria; al llegar a la adultez, esa red se había vuelto más escasa, pero también más estructurada y refinada.

«Este descubrimiento fue bastante sorprendente», reconoció el investigador Jonas. «Intuitivamente, uno esperaría que una red crezca y se vuelva más densa con el tiempo. Aquí vemos lo contrario. Sigue lo que llamamos el modelo de poda: empieza llena y luego se optimiza.»

Por qué el cerebro empieza con exceso de conexiones

La explicación más probable, según Jonas, es funcional. Una conectividad inicial exuberante permite que las neuronas se encuentren entre sí con rapidez, sin necesidad de buscar pareja a ciegas. Esa ventaja resulta especialmente valiosa en el hipocampo, que no almacena un único tipo de información sino que enlaza datos visuales, auditivos y olfativos en una representación integrada del entorno.

«Es una tarea compleja para las neuronas», explica Jonas. «Una conectividad inicial exuberante, seguida de una poda selectiva, podría ser exactamente lo que permite esa integración.»

Si el hipocampo naciera como una auténtica tabula rasa, las neuronas estarían demasiado alejadas entre sí para comunicarse con eficiencia. Construir cada conexión desde cero es lento y costoso. Eliminar una que ya no sirve es, desde el punto de vista evolutivo, mucho más rápido que generar una nueva donde no existía ninguna.

Qué cambia en cada sinapsis durante el desarrollo

La maduración no solo reduce el número de conexiones, sino que transforma su potencia individual. En las etapas tempranas, un único evento sináptico puede bastar para disparar una neurona vecina. En la adultez, hace falta la suma de varias señales simultáneas para lograr el mismo efecto.

Este cambio tiene implicaciones profundas para la memoria. Los modelos computacionales de almacenamiento y recuperación de información —basados en plasticidad sináptica y completación de patrones— sugieren que estas transformaciones mejoran aspectos específicos de cómo el cerebro guarda y recupera recuerdos. La red adulta, más selectiva y menos ruidosa, distingue mejor entre memorias similares sin confundirlas. Los investigadores concluyen que estos cambios apuntan a una transformación del código neuronal en CA3 y de sus funciones de memoria a lo largo del desarrollo.

Genes, experiencia y el cincel que da forma al cerebro

La conectividad inicial del hipocampo está predispuesta genéticamente. El potencial llega con el nacimiento. Pero la poda que viene después depende de la experiencia: qué señales recibe el cerebro, qué conexiones se usan y cuáles permanecen en silencio.

La metáfora del bloque de mármol resulta útil aquí. El bloque contiene la posibilidad de cualquier escultura, pero es el cincel de la experiencia el que decide qué forma emerge y qué material se descarta. Sin ese trabajo de talla, el bloque permanece amorfo.

Perder conexiones no equivale a perder capacidad. La especialización que resulta de la poda es precisamente lo que hace al cerebro adulto más funcional y preciso; uno que conservara toda su conectividad inicial sería ruidoso e impreciso. Cuando el proceso falla o se altera —como ocurre en algunos trastornos del neurodesarrollo— las consecuencias pueden ser significativas. Entender cómo y cuándo se produce esa poda abre preguntas relevantes sobre qué ocurre cuando el mecanismo se desvía.

Quizás la lección más importante de este estudio no sea técnica, sino conceptual. Durante décadas hemos imaginado el aprendizaje como construcción. Pero el cerebro, al menos en su etapa más fundamental, parece funcionar más como una escultura: el exceso viene primero, y la inteligencia emerge de saber qué quitar.

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