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Home Ciencia

Décadas buscando el sexto sentido de las palomas, y la respuesta estaba escondida en su hígado

by David Pérez
11 de junio de 2026
in Ciencia
Paloma mensajera en vuelo junto a corte transversal del hígado con partículas de hierro que explican su sentido magnético

Durante décadas, el misterio de cómo las palomas encuentran su camino a casa desafió a la ciencia. La respuesta, sorprendentemente, estaba oculta en su hígado.

Una paloma mensajera puede recorrer cientos de kilómetros bajo un cielo completamente nublado, sin sol ni referencias visuales, y aun así regresar al palomar con una precisión que desafía la explicación. Durante décadas, los científicos han buscado el órgano responsable de esta capacidad: en los ojos, en el pico, en el cerebro. Ninguna pista resultó concluyente.

Ahora, un estudio publicado en Science propone que la respuesta estaba en un lugar que nadie había considerado seriamente: el hígado.

Un misterio de décadas sin resolver

Las palomas mensajeras llevan siglos fascinando a quienes las estudian. Su capacidad para regresar al palomar desde cientos de kilómetros, atravesando paisajes desconocidos, ha intrigado tanto a aficionados como a investigadores de todo el mundo. La pregunta no era si utilizaban el campo magnético terrestre —eso ya estaba establecido—, sino cómo lo hacían exactamente.

Las hipótesis se acumularon durante generaciones. Algunos investigadores apuntaban a moléculas fotosensibles en los ojos capaces de reaccionar ante campos magnéticos; otros centraban su atención en pequeñas partículas magnéticas localizadas en el pico. Ninguna de las dos líneas obtuvo una confirmación experimental sólida, y el interrogante permaneció abierto.

El nuevo estudio reunió a expertos en inmunología, física y comportamiento animal procedentes del Instituto Max Planck de Comportamiento Animal, la Universidad de Bonn, el Hospital Universitario de Bonn y la Universidad de Duisburg-Essen. Que disciplinas tan dispares acabaran colaborando resultó ser precisamente la clave para encontrar la respuesta donde nadie la esperaba.

El hígado, el órgano que nadie miraba

Para localizar el posible origen de la magnetorrecepción, los investigadores analizaron varios órganos históricamente vinculados a esta capacidad —los ojos, el pico, el cerebro— pero también incluyeron el hígado y el bazo, empleando técnicas como la magnetometría de muestra vibrante y la separación magnética de células.

Los resultados fueron claros. Entre todos los tejidos estudiados, el hígado presentó con diferencia la mayor concentración de hierro y la respuesta magnética más intensa. El responsable era un tipo concreto de célula inmunitaria: los macrófagos hepáticos, que acumulan hierro al descomponer glóbulos rojos envejecidos. Ese hierro cristaliza en nanopartículas de óxido que vuelven las células superparamagnéticas, es decir, capaces de reaccionar ante campos magnéticos.

La primera autora del estudio, la Dra. Clivia Lisowski, de la Universidad de Bonn, reconoce que ya existían indicios de que el hígado almacena grandes cantidades de hierro. Nadie, sin embargo, había dado el paso de relacionar ese hecho con la navegación. «No esperábamos en absoluto que las células inmunitarias actuaran como sensores de campos magnéticos», señala el Prof. Christian Kurts, coautor principal del trabajo.

La prueba de vuelo: cuando falta el sol, el hígado manda

Identificar las propiedades magnéticas de las células era solo el primer paso. La pregunta decisiva era si esos macrófagos influían realmente en la orientación de las aves durante el vuelo.

En el Instituto Max Planck de Konstanz, palomas entrenadas para regresar desde más de veinte kilómetros fueron sometidas a pruebas tras eliminar sus macrófagos hepáticos. En días nublados, sin sol visible, las aves sin macrófagos perdieron la orientación y tuvieron dificultades para encontrar el camino a casa. En días soleados, en cambio, regresaron sin problemas. La explicación más probable es que, cuando el sol está visible, las palomas pueden apoyarse en él como referencia alternativa, prescindiendo de la señal magnética.

El experimento demostró que ambos sistemas —solar y magnético— funcionan de forma complementaria, y que los macrófagos del hígado resultan determinantes precisamente cuando la luz no está disponible.

¿Cómo llega la señal magnética al cerebro?

Demostrar que los macrófagos influyen en la navegación planteaba una nueva pregunta: ¿cómo viaja esa información hasta el cerebro? Mediante microscopía electrónica, los investigadores observaron que los macrófagos ricos en hierro se sitúan en estrecha proximidad a fibras nerviosas dentro del hígado.

Esta disposición anatómica sugiere una vía física concreta: la información magnética captada por las células podría transmitirse al sistema nervioso y, desde allí, alcanzar el cerebro. La Dra. Lisowski lo describe como «la primera evidencia concreta de cómo el campo magnético terrestre puede percibirse dentro del cuerpo y transmitirse al cerebro para guiar el movimiento». El hallazgo conecta dos procesos biológicos bien conocidos —el metabolismo del hierro y la comunicación entre el sistema inmunitario y el nervioso— de una forma hasta ahora desconocida.

Implicaciones que van mucho más allá de las palomas

El descubrimiento abre interrogantes que trascienden a las palomas mensajeras. Mecanismos similares podrían existir en otros animales que navegan eficazmente sin depender de la luz, como los tiburones. Si las células inmunitarias resultan ser un componente extendido de la magnetorrecepción, la comprensión de la navegación animal tendría que revisarse en profundidad.

Más llamativa aún es la posibilidad de que los seres humanos también respondan al campo magnético terrestre de formas que aún no comprendemos. Queda por determinar cómo procesa exactamente el cerebro las señales procedentes de estas células hepáticas, una pregunta que los propios autores reconocen como prioritaria para futuras investigaciones.

El Prof. Martin Wikelski lo resume con precisión: «Si las células inmunitarias forman parte de cómo las aves detectan la dirección, cambia de raíz nuestra comprensión de la navegación animal». Vale la pena detenerse en esa frase. Durante décadas miramos a los ojos y al pico de las palomas buscando el origen de su sentido magnético. La respuesta estaba en un órgano vinculado al sistema inmunitario, procesando hierro reciclado de células sanguíneas muertas. La naturaleza, al parecer, guarda sus mecanismos más eficaces donde menos se piensa buscarlos.

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