A apenas 90 metros sobre los Everglades, una avioneta de la NASA atraviesa bolsas de turbulencia mientras sus instrumentos registran, segundo a segundo, los gases que exhalan miles de kilómetros cuadrados de humedales. Es ciencia incómoda, literal y figuradamente.
Durante décadas, estos ecosistemas han sido considerados guardianes del clima. Pero las mediciones del proyecto BlueFlux sugieren que algo en su interior está cambiando. La pregunta que guía a los investigadores es tan sencilla como urgente: ¿seguirán siendo los Everglades un aliado frente al cambio climático?
Un laboratorio volante sobre los Everglades
El proyecto BlueFlux no se limita a observar desde el cielo. Combina vuelos rasantes a unos 90 metros de altura con equipos de campo que trabajan directamente en el barro, midiendo dióxido de carbono y metano con instrumentos de precisión. Los aviones capturan los llamados eddies, torbellinos de aire que transportan gases desde la superficie hasta la atmósfera, y esa señal turbulenta permite calcular cuánto carbono absorbe o emite el ecosistema en tiempo real.
Más de 100 horas de vuelo a lo largo de varias estaciones ofrecieron una imagen dinámica de cómo respiran los humedales. Los resultados no fueron uniformes. La diversidad del paisaje —manglares, marismas de agua dulce, cipreses, llanuras inundadas— hace que los flujos de carbono varíen considerablemente incluso en distancias cortas. Un tramo de costa puede absorber carbono con intensidad mientras que, unos kilómetros tierra adentro, otro ecosistema lo emite de forma continua.
Los manglares: los mejores almacenes de carbono del ecosistema
Entre todos los ecosistemas sobrevolados, los manglares destacaron con claridad. Registraron las tasas más altas de absorción de CO₂ observadas durante los vuelos, lo que los convierte en el activo más valioso del sistema para contener el cambio climático.
Comprender su capacidad real, sin embargo, exige bajar al terreno. Los equipos de campo miden el carbono almacenado en la biomasa aérea —troncos, ramas, hojas— y también en el subsuelo, extrayendo núcleos de turba con una herramienta que los investigadores describen como un cruce entre pala y espada. Esos núcleos revelan siglos de carbono acumulado bajo el barro.
La salud del bosque de manglares determina directamente la capacidad de los Everglades de actuar como sumidero. Un ecosistema sometido a presión por el calentamiento y la intervención humana podría invertir su papel: en lugar de absorber carbono, comenzaría a liberarlo.
Los ‘bosques fantasma’: la huella invisible del huracán Irma
En 2017, el huracán Irma arrasó extensas zonas de manglar. Lo que quedó recibe un nombre que lo dice todo: bosques fantasma. Paisajes de árboles muertos en pie, sin hojas, sin actividad fotosintética, pero con el suelo aún cargado de carbono acumulado durante décadas.
Sobre estas zonas dañadas, los vuelos detectaron de forma sistemática emisiones elevadas de CO₂ y metano. El ecosistema había pasado de sumidero a fuente neta de gases de efecto invernadero. Los equipos de campo tomaron mediciones adicionales en árboles muertos y troncos caídos para cuantificar con precisión el carbono liberado.
La recuperación existe, pero es lenta y desigual. Solo donde aparecen plántulas en el barro o brotes nuevos en los troncos muertos comienza a revertirse el daño. Esos pequeños signos de vida tienen, según los investigadores, implicaciones relevantes para el balance de carbono del conjunto del ecosistema.
Las estaciones marcan el ritmo del carbono
El proyecto también reveló algo que los datos anuales no pueden capturar: el carbono no fluye igual en verano que en invierno. Durante la estación húmeda, las inundaciones generalizadas disparan las emisiones de metano, especialmente en los cipreses y las marismas de agua dulce, donde el agua estancada crea condiciones propicias para su producción. Los cipreses calvo, muy productivos en otras épocas, pierden las hojas en otoño y reducen drásticamente su absorción de CO₂.
Un único dato anual, por tanto, no basta para comprender el balance real de estos ecosistemas. Para ampliar esa perspectiva, un estudio publicado en PNAS integró 23 años de datos y ofreció una visión regional de las emisiones de gases de efecto invernadero en todo el ecosistema de los Everglades.
Ciencia desde el aire, el barro y la comunidad
BlueFlux no trabaja de forma aislada. El equipo colabora con la Tribu Seminola de Florida y con organizaciones locales para garantizar que la investigación sea útil para quienes dependen directamente de los Everglades. Esa dimensión comunitaria forma parte del diseño del proyecto desde el principio, no es un añadido posterior.
En julio de 2024, el último despliegue aéreo reunió a un equipo de vuelo íntegramente femenino, un hito para las misiones científicas de la NASA. Todos los datos y publicaciones del proyecto son de acceso público, incluida una aplicación interactiva en Google Earth Engine.
Lo que viene ahora es determinante. Los datos recopilados deben traducirse en decisiones concretas de gestión y conservación. Si los manglares siguen degradándose por el cambio climático y los huracanes, los Everglades podrían dejar de ser un aliado del clima para convertirse en un problema adicional. BlueFlux ha puesto cifras a ese riesgo. Lo que ocurra a continuación dependerá, en buena medida, de si esas cifras se escuchan.
