China batió en el primer trimestre de 2026 todos sus récords de instalación de energías renovables: un 23% más de capacidad eólica y un 33% más de solar respecto al año anterior. Y aun así, sus emisiones de CO₂ crecieron un 2%.
La paradoja tiene una dimensión concreta: en ese periodo, el sistema eléctrico chino desperdició tanta energía limpia como toda la generación eléctrica de Francia en el mismo intervalo. Esa electricidad existía, pero no llegó a ningún enchufe.
Récord de renovables, pero más carbón quemado
Las cifras del primer trimestre de 2026 presentan una contradicción difícil de ignorar. La capacidad solar creció un 33% y la eólica un 23% respecto al año anterior, mientras que la generación con carbón y gas aumentó un 4%. Las emisiones del sector eléctrico subieron con fuerza, arrastrando al alza las cifras totales de CO₂ del país.
Lo más significativo es lo que habría podido ocurrir. La demanda eléctrica creció un 5,2% y la hidroeléctrica aumentó un 9%. El volumen de nueva capacidad renovable instalada en 2025 habría bastado para cubrir todo ese crecimiento sin necesidad de quemar más combustibles fósiles. Sin embargo, eso no sucedió.
Según el análisis, las emisiones del sector eléctrico habrían permanecido planas si no hubiera aumentado el desperdicio de energía eólica y solar. El problema no fue la falta de capacidad limpia, sino la incapacidad del sistema para utilizarla.
El problema del ‘curtailment’: energía limpia que se tira a la basura
El término técnico es curtailment: electricidad renovable que se genera pero que la red no puede absorber y, por tanto, se pierde. En el primer trimestre de 2026, ese desperdicio alcanzó un nivel sin precedentes. Si la tasa de curtailment se hubiera mantenido estable respecto a años anteriores, el sistema habría producido 170 TWh adicionales de energía limpia —una cifra que supera toda la generación eléctrica de Francia en el mismo periodo.
Los datos de capacidad cuentan su propia historia. El factor de capacidad eólico —la proporción de electricidad realmente entregada respecto a lo que podría generarse— cayó del 27% al 22% interanual. El solar bajó un 11%. La capacidad instalada creció, pero la electricidad efectivamente volcada a la red quedó muy por debajo de lo esperado.
Enero y febrero resultan especialmente reveladores. Las condiciones meteorológicas para viento y sol fueron mejores que el año anterior y, aun así, los factores de capacidad continuaron cayendo. Eso descarta el clima como causa principal y apunta directamente a problemas estructurales del sistema.
El curtailment real es probablemente mayor que el reflejado en las estadísticas oficiales. Los datos públicos solo recogen pérdidas por «razones de sistema» y excluyen las vinculadas a condiciones de mercado o de conexión a red, una brecha que participantes del mercado llevan años advirtiendo.
La causa raíz: una red eléctrica gestionada como si las renovables no existieran
El origen del problema no está en la infraestructura física de la red, sino en cómo se gestiona. Las centrales de carbón operan mayoritariamente bajo contratos de largo plazo que fijan cantidades y precios, eliminando cualquier incentivo para reducir producción y ceder espacio a la energía solar o eólica cuando esta está disponible.
El comercio eléctrico entre provincias funciona de manera similar: se contrata de forma anual, lo que impide que la generación variable de renovables fluya en tiempo real entre regiones. Una provincia con exceso de solar no puede enviarlo fácilmente a otra que lo necesite en ese momento.
Las provincias con mayores recortes —Mongolia Interior, Xinjiang y Liaoning— sufren este problema con especial intensidad en invierno, donde las plantas de cogeneración de calor y electricidad operan de forma inflexible porque su función principal es calentar edificios, no equilibrar la red.
Modelizaciones del sistema eléctrico para 2023 sugieren que una operación flexible habría eliminado prácticamente la necesidad de curtailment. El margen de mejora existe. Lo que falta son los incentivos y las reglas para aprovecharlo.
La crisis del estrecho de Ormuz complica aún más el panorama
El bloqueo del estrecho de Ormuz sacudió los mercados energéticos globales y afectó directamente a China: las importaciones de crudo cayeron más de un 40% interanual en las primeras semanas de mayo. La incapacidad de aprovechar plenamente las renovables dejó al país más expuesto a ese choque, ya que al desperdiciar energía limpia se mantuvo una dependencia mayor de combustibles fósiles alternativos.
La electrificación, sin embargo, avanza con rapidez. Los vehículos eléctricos alcanzaron el 53% de las ventas en abril de 2026, frente al 47% de un año antes, y la demanda de electricidad para recarga creció más del 50% interanual en marzo. Esa tendencia podría amortiguar parte del impacto del encarecimiento del petróleo.
Hay otra incertidumbre en el horizonte. Un posible «súper El Niño» previsto para finales de 2026 podría reducir la generación hidroeléctrica justo cuando los suministros de combustibles fósiles siguen tensionados. Si eso ocurre, el sistema eléctrico chino enfrentará una presión adicional que difícilmente podrá absorber sin reformas de calado.
¿Puede la crisis acelerar la transición o frenará el progreso?
El gobierno chino ha reconocido el curtailment como uno de los principales obstáculos de la transición energética. Las políticas recientes apuntan a aumentar el comercio interprovincial y a mejorar la flexibilidad de las plantas de carbón, lo que implica reconocer, al menos implícitamente, que las reglas actuales del sistema forman parte del problema.
La capacidad instalada de almacenamiento —baterías e hidroeléctrica de bombeo— ha crecido de forma notable, pero la falta de incentivos económicos para los operadores limita su contribución real. El gobierno ha señalado la necesidad de establecer precios que permitan al almacenamiento «participar de forma justa» en el mercado; los cambios, sin embargo, aún no se han consolidado.
El curtailment genera además un círculo vicioso. Al aumentar el riesgo y reducir los retornos esperados, desincentiva la inversión en nueva capacidad renovable: los proyectos existentes generan menos ingresos de lo previsto y los futuros resultan menos atractivos para los inversores.
Si las reformas del 15.º plan quinquenal se aplican plenamente —favoreciendo solar, eólica y almacenamiento, y limitando la expansión del carbón en la industria química—, China podría seguir una trayectoria de emisiones más baja de lo esperado antes de la crisis.
La paradoja del primer trimestre de 2026 invita a una reflexión más amplia. Instalar más energía limpia no garantiza emitir menos CO₂. La transición energética no es solo una cuestión de capacidad instalada: es también una cuestión de reglas, contratos y estructuras de mercado. China tiene hoy más paneles solares y aerogeneradores que nunca. La pregunta relevante ya no es cuánta energía limpia puede generar, sino si el sistema que la rodea está preparado para recibirla.
