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Empresas ya venden «créditos de enfriamiento» y manipulan la atmósfera sin que ninguna ley del mundo pueda detenerlas

by David Pérez
15 de junio de 2026
in Ciencia
Globo meteorológico asciende sobre instalación industrial en desierto al atardecer con cielo manipulado por aerosoles

Empresas privadas lanzan globos estratosféricos para dispersar aerosoles de dióxido de azufre en la atmósfera, vendiendo «créditos de enfriamiento» sin regulación internacional.

Una empresa estadounidense lanza globos cargados de dióxido de azufre a la estratosfera y vende «créditos de enfriamiento» a quien quiera pagarlos. No es un experimento regulado ni un programa gubernamental: es un negocio. Y no está solo: la financiación global para la gestión de la radiación solar casi se triplicó en 2025.

La pregunta que nadie ha sabido responder todavía es quién tiene autoridad para detenerlos —o para decidir si deberían seguir.

De la ciencia ficción a la realidad: qué es la geoingeniería y qué propone

Durante décadas, manipular el clima a escala planetaria fue territorio de la ciencia ficción. Hoy es materia de debate político serio y, en algunos casos, de negocio activo.

Las propuestas son variadas. El brightening de nubes marinas rociaría partículas de sal para aumentar la reflectividad de las nubes bajas. La inyección de aerosoles estratosféricos liberaría partículas reflectantes en la atmósfera superior para reducir la luz solar que llega a la superficie. Otros proyectos proponen fertilizar el océano con hierro para estimular algas que absorban CO₂, mientras que el Proyecto Barrera Submarina plantea anclar una estructura de 80 kilómetros frente al glaciar Thwaites para frenar su deshielo.

La modificación meteorológica —como la siembra de nubes— lleva décadas en uso. China, Estados Unidos, los Emiratos Árabes Unidos y Australia la emplean con regularidad.

El problema es que el clima no funciona como un motor a reacción. Un motor es complicado, pero predecible. El clima es un sistema complejo: miles de interacciones y bucles de retroalimentación hacen que cualquier intervención pueda desencadenar consecuencias en lugares y momentos inesperados. Nadie puede garantizar lo que ocurrirá después.

Los riesgos que nadie puede predecir del todo

Los modelos científicos advierten de que la geoingeniería solar podría alterar las corrientes oceánicas y los patrones de precipitación a escala regional. Las consecuencias afectarían a ecosistemas, suministros de agua y agricultura, aunque la magnitud exacta permanece incierta.

La fertilización oceánica con hierro presenta sus propios peligros. Puede generar floraciones de algas tóxicas y crear zonas muertas sin oxígeno que devastan las cadenas alimentarias marinas. Lo que se introduce como solución puede convertirse en otro problema de escala comparable.

Incluso una intervención aparentemente contenida —como la barrera submarina frente al glaciar Thwaites— podría perturbar la circulación oceánica global y afectar a la vida marina mucho más allá del punto de intervención.

El riesgo más profundo no es técnico, sino político. La humanidad está desarrollando la capacidad de manipular los sistemas planetarios sin ningún marco acordado sobre quién puede hacerlo, en qué condiciones y con qué responsabilidad. Esa ausencia de gobernanza es, en sí misma, un peligro.

El vacío legal que gobierna los bienes comunes globales

La alta mar, la atmósfera y el espacio exterior son los llamados bienes comunes globales: dominios que no pertenecen a ningún Estado y que, en teoría, forman parte del patrimonio colectivo de la humanidad. En la práctica, ningún organismo internacional los gobierna eficazmente frente a la acción privada.

La economía espacial superó los 600.000 millones de dólares en 2024 y podría alcanzar 1,8 billones en una década. Más de 14.000 satélites activos orbitan la Tierra, la mayoría operados por empresas privadas. Los gobiernos tratan el espacio como dominio estratégico mientras las compañías lo colonizan sin regulación ejecutable.

Un ejemplo concreto: Reflect Orbital planea pasar de dos satélites en 2026 a más de 50.000 en 2035. Su objetivo es redirigir luz solar a clientes de pago. Es, literalmente, manipular el entorno de radiación terrestre desde el espacio con fines comerciales.

La estrecha relación entre actores privados y gubernamentales, combinada con la ausencia de normas vinculantes, genera preocupaciones sociales y ambientales que ningún tratado vigente resuelve.

La ley del ecocidio: una respuesta jurídica al poder de rediseñar el planeta

En 2021, un panel independiente de juristas internacionales definió el ecocidio como «actos ilícitos o imprudentes cometidos con conocimiento de que existe una probabilidad sustancial de daño grave, generalizado o a largo plazo al medioambiente». La definición no es retórica: busca establecer responsabilidad penal personal para quienes toman esas decisiones.

Vanuatu, Fiyi y Samoa propusieron formalmente en 2024 enmendar el Estatuto de Roma para reconocer el ecocidio como quinto crimen internacional. Francia, Bélgica y Mauricio ya han aprobado delitos autónomos de ecocidio en sus ordenamientos nacionales.

Esta ley no prohibiría la investigación científica ni cerraría el debate sobre geoingeniería. Establecería, en cambio, que los bienes comunes no son un vacío legal y que ningún actor puede causar daño grave y generalizado sin asumir responsabilidad criminal.

Sus raíces históricas llegan hasta la guerra de Vietnam, cuando el uso del medioambiente como arma llevó a calificar esas conductas de «ecocidio» y a desarrollar marcos legales de protección ambiental en conflictos armados. Cincuenta años después, la geoingeniería plantea desafíos similares.

Un marco global pendiente: qué falta para que la ley alcance a la tecnología

Las iniciativas legislativas avanzan en múltiples frentes. Escocia, Italia, los Países Bajos, Ghana, India, Filipinas, Argentina y Perú tienen propuestas en marcha. El movimiento es global, aunque desigual y todavía sin fuerza vinculante universal.

El principio de «patrimonio común de la humanidad», consagrado en el Tratado del Espacio Exterior de 1967, está bajo presión creciente. La comercialización y la militarización del espacio erosionan un principio que nació precisamente para evitar que los más poderosos se apropiaran de lo que pertenece a todos.

El argumento de que el empeoramiento del cambio climático justifica cualquier intervención tecnológica es comprensible, pero insuficiente. La urgencia real del problema no puede sustituir a la gobernanza. Una crisis no convierte en legítima cualquier respuesta.

La pregunta que este debate deja abierta es quién decide qué se puede hacer con los sistemas que sostienen toda la vida en la Tierra. Y, más importante aún, cómo se garantiza que esa decisión sea colectiva, informada y responsable —y no el resultado de quien tenga más capital para lanzar globos a la estratosfera o satélites al espacio. La tecnología ya ha avanzado. La respuesta legal todavía no la ha alcanzado.

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