En julio de 2011, una tromba de agua descargó más de doce centímetros de lluvia sobre Copenhague en un solo día. Los daños superaron los 1.000 millones de dólares. El diluvio fue también un punto de inflexión: durante la década siguiente, la capital danesa transformó sus calles, parques y canales en una red de infraestructuras capaz de absorber el agua antes de que arrasara el asfalto.
Lo que comenzó como una respuesta de emergencia en Dinamarca se ha convertido en un movimiento urbano global. Decenas de ciudades, de Hong Kong a Nueva York, están apostando por las denominadas ciudades esponja. Pero a medida que las tormentas se intensifican, la pregunta ya no es si el modelo se expande, sino si puede resistir lo que se avecina.
Qué es una ciudad esponja y por qué nació
El problema empieza bajo los pies. El hormigón y el asfalto que cubren calles, aparcamientos y aceras impiden que el agua de lluvia se infiltre en el suelo. En vez de absorberse de forma natural, escurre hacia las alcantarillas o inunda las zonas más bajas.
Para combatir esto, ciudades de todo el mundo han adoptado un enfoque distinto: devolver al suelo urbano parte de su capacidad de absorción. El concepto de ciudad esponja ganó impulso global hace aproximadamente una década, cuando el presidente chino Xi Jinping lo respaldó oficialmente, y desde entonces ha llegado a Nueva York, Los Ángeles y Hong Kong.
Los elementos habituales son jardines de lluvia, cubiertas vegetales, humedales artificiales y cuencas con suelo poroso. No son decorativos: trabajan de forma coordinada para retener el agua antes de que cause daño. En Los Ángeles, estas infraestructuras absorbieron 32.000 millones de litros durante un río atmosférico en 2024.
El talón de Aquiles: un mosaico sin red
El problema no es que las ciudades no estén actuando. Es que actúan de forma dispersa. Según el ingeniero civil Franco Montalto, de la Universidad de Drexel, el enfoque en Estados Unidos ha sido «oportunista»: se interviene donde es fácil y barato, no donde más se necesita.
«Tenemos mucha infraestructura verde, pero no está diseñada, ubicada ni escalada de forma que reduzca el riesgo de inundación ante eventos extremos», explicó Montalto.
Adaptar ciudades ya construidas —el llamado retrofitting— resulta costoso y técnicamente complejo. Las ciudades chinas llevan ventaja porque pueden integrar el concepto desde las primeras fases de urbanización, antes de que el cemento lo ocupe todo. En buena parte de Occidente, esa ventana ya se ha cerrado.
Cuando la naturaleza también pierde su esponjosidad
El cambio climático no solo intensifica las tormentas, sino que debilita la capacidad del suelo para absorberlas. Un estudio publicado en mayo de 2025 prevé que la lluvia anual se concentrará en episodios más cortos e intensos, superando la velocidad a la que el terreno puede absorber el agua.
Las sequías prolongadas, además, pueden volver hidrófobos ciertos tipos de suelo: en lugar de absorber el agua, la repelen. El suelo, literalmente, deja de comportarse como una esponja.
El caso más ilustrativo es el de Zhengzhou, China, en 2021. La ciudad había invertido miles de millones en infraestructura esponja y, aun así, fue desbordada por lluvias equivalentes a más de un año de precipitaciones en apenas unos días. Según expertos consultados por Reuters, ningún nivel de infraestructura verde habría podido gestionar ese evento. El climatólogo Justin Mankin, de Dartmouth College y coautor del estudio de mayo, lo resume con precisión: el suelo necesita estar «un poco húmedo» para funcionar bien. Demasiado seco o demasiado saturado, la esponja falla.
El verde sigue siendo mejor que el cemento
Con todas sus limitaciones, la infraestructura verde sigue siendo superior al asfalto. Incluso en las tormentas más severas, las superficies vegetadas absorben más agua que cualquier superficie impermeable. Ese punto no está en discusión.
Ampliar la cobertura vegetal urbana aporta beneficios que van más allá de las inundaciones: mejora la salud mental de los habitantes, contribuye a la depuración del agua y captura carbono. Ventajas que el hormigón, sencillamente, no puede ofrecer. La climatóloga Jen Pierce, de la Universidad Estatal de Boise, lo plantea sin ambages: si ya has pavimentado el terreno, las alternativas son escasas. La infraestructura verde no es una solución perfecta, pero sigue siendo la mejor herramienta disponible.
El reto que viene: diseñar para tormentas que aún no existen
El mayor desafío no es técnico. Es conceptual. Las ciudades han diseñado históricamente sus infraestructuras a partir de registros del pasado, y el cambio climático invalida esa lógica: los eventos que se avecinan pueden superar cualquier precedente histórico.
Copenhague, Los Ángeles y Zhengzhou ofrecen lecciones distintas y complementarias. La primera demuestra que la transformación sistémica es posible; la segunda, que incluso las intervenciones parciales tienen valor; la tercera, que ninguna inversión es suficiente si la tormenta supera todos los cálculos.
La pregunta que definirá la próxima década es esta: ¿puede el modelo de ciudad esponja evolucionar al ritmo del clima? La respuesta dependerá de si las ciudades pasan de intervenciones puntuales a transformaciones urbanas de gran escala, y de si lo hacen antes de que la próxima tormenta extraordinaria llegue sin avisar.
