El pescado lleva siglos en el centro de la mesa de miles de millones de personas: es proteína accesible, cultura y sustento diario para comunidades enteras. Pero los océanos que lo hacen posible están cambiando.
Y no de una sola manera. Al menos seis presiones climáticas distintas actúan hoy de forma simultánea sobre los mares del mundo, acumulándose unas sobre otras. La industria pesquera global —y la seguridad alimentaria de quienes dependen de ella— se enfrenta a una transformación que ya no es futura.
Aguas más cálidas, peces más pequeños y capturas que se desploman
El agua más caliente retiene menos oxígeno, y eso tiene una consecuencia directa: los peces crecen menos. El tamaño medio de las capturas ya está disminuyendo, sin señales de revertirse. La combinación de calor y escorrentías cargadas de nitrógeno multiplica además las zonas muertas en aguas costeras, donde los ecosistemas colapsan antes de que los peces puedan reproducirse.
Las proyecciones no dejan margen a la duda. En gran parte del mundo, las capturas podrían caer entre un 40 y un 60 %. Los peces tropicales migran hacia latitudes más altas huyendo del calor, pero las redes tróficas no se desplazan intactas: depredadores y presas pierden el contacto entre sí durante el proceso. Algunas especies de mares cerrados o tropicales simplemente desaparecerán.
Una factura de hasta 41.000 millones de dólares y millones de personas sin proteína
Las cifras económicas son igual de reveladoras. El IPCC estima que el cambio climático costará al sector pesquero entre 17.000 y 41.000 millones de dólares para 2050, a lo que hay que sumar cerca de 30.000 millones de dólares anuales en costes de adaptación hasta esa misma fecha.
El impacto más grave, sin embargo, no es financiero. Unos 3.000 millones de personas obtienen al menos una quinta parte de su proteína animal del mar. De ellas, 400 millones dependen del pescado de forma crítica, sin alternativas reales. Para estas comunidades —muchas en el sur global—, menos capturas no significa pagar más en el supermercado. Significa pasar hambre.
Los arrecifes de coral y la acuicultura: dos salvavidas en peligro
Los arrecifes de coral figuran entre los ecosistemas más productivos del planeta y también entre los más vulnerables. La acidificación oceánica y el calentamiento los amenazan directamente; cuando desaparecen, arrastran consigo pesquerías enteras. El IPCC estima que entre el 10 y el 25 % de las capturas de países tropicales e isleños en desarrollo dependen de forma crítica de estos ecosistemas.
La acuicultura se presenta con frecuencia como la alternativa. Tiene ventajas reales —el calentamiento podría acelerar el crecimiento de los peces de cultivo—, pero el sector arrastra sus propios puntos débiles. Muchas de las especies marinas utilizadas como alimento para peces de granja ya están amenazadas, y la subida del nivel del mar incrementa el riesgo de inundación en las piscifactorías costeras. El salvavidas también hace agua.
Cuando los peces cruzan fronteras y los tratados no pueden seguirles el ritmo
Los peces no entienden de acuerdos internacionales. Cuando las temperaturas suben, migran hacia aguas más frías cruzando fronteras que los tratados pesqueros llevan décadas delimitando, y la gestión de esos acuerdos no está diseñada para una movilidad tan rápida ni tan impredecible.
El caso de la caballa del Atlántico es ilustrativo: su desplazamiento hacia aguas islandesas ya ha generado conflictos diplomáticos entre países con derechos de pesca establecidos. El atún, de alto valor económico, es especialmente propenso a provocar disputas cuando abandona sus zonas habituales. Todo esto ocurre, además, sobre ecosistemas ya debilitados por la contaminación, los plásticos y la sobrepesca, lo que reduce aún más su capacidad de resistencia ante nuevas presiones.
Qué se puede hacer: reducir presiones y proteger lo que queda
No todo está perdido, pero el margen de acción se estrecha. La primera línea de respuesta pasa por reducir los factores de estrés que no dependen directamente del clima: la contaminación por nitrógeno, los plásticos y la sobrepesca. Actualizar los protocolos de gestión pesquera para que sean más flexibles y reactivos ante el movimiento de las especies es una medida concreta que no admite más demora.
Hay también soluciones con potencial real. Construir arrecifes artificiales puede crear viveros de peces cuando los de coral desaparezcan. Proteger manglares y marismas preserva hábitats esenciales y contribuye a capturar carbono. Agilizar la normativa internacional resulta imprescindible para que los acuerdos puedan seguir el ritmo de unas especies cada vez más móviles.
Lo que no admite discusión es que el tiempo no es ilimitado. Las decisiones que se tomen en los próximos años sobre pesca, agricultura, plásticos y emisiones determinarán cuánta proteína habrá en el plato de miles de millones de personas en 2050. El mar seguirá cambiando. La pregunta es si la respuesta humana llegará a tiempo de importar.
