En cuestión de minutos, una tormenta de granizo puede abollar decenas de coches aparcados, arruinar una cosecha entera o dejar un barrio cubierto de cristales rotos. Es un fenómeno breve, casi caprichoso, pero sus consecuencias económicas se cuentan en miles de millones: solo en 2025, las tormentas en Australia generaron cerca de 1.900 millones de dólares australianos en reclamaciones al seguro.
Dos nuevos estudios científicos sugieren que el granizo está cambiando de forma silenciosa con el calentamiento global. Las señales apuntan a que lo que viene podría ser bastante más difícil de ignorar.
Un fenómeno costoso que no para de crecer
Las tormentas de granizo no son raras por casualidad: son eventos breves, localizados, casi imposibles de predecir con precisión. Su impacto económico, sin embargo, resulta desproporcionado. En 2025, las tormentas en Nueva Gales del Sur y Queensland generaron cerca de 1.900 millones de dólares australianos en reclamaciones de seguros, y Australia dista mucho de ser un caso aislado. Los costes globales por tormentas severas aumentan cada año.
Parte de ese incremento tiene explicación humana: las ciudades crecen, más personas viven en zonas expuestas y hay más bienes asegurados que nunca. Pero los investigadores se preguntan si el cambio climático también contribuye. Según los nuevos estudios, la respuesta es afirmativa, aunque la relación es compleja y varía considerablemente según la región.
Cómo nace una piedra de granizo
Para entender cómo el clima puede alterar el granizo, conviene saber primero cómo se forma. Todo empieza con una corriente ascendente dentro de una tormenta: una columna de aire cálido y húmedo que sube con fuerza, eleva vapor de agua y lo condensa en pequeñas gotas. Si la temperatura es suficientemente baja, esas gotas se congelan sobre partículas de hielo y las van engrosando hasta convertirlas en granizo.
Para que las piedras lleguen al suelo, la corriente ascendente debe ser lo bastante potente como para mantenerlas en suspensión el tiempo necesario. La cizalladura del viento —los cambios de velocidad y dirección con la altitud— también juega un papel relevante, pues separa la lluvia y el granizo de esa corriente, impidiendo que la debiliten. Los ingredientes básicos son, en definitiva, humedad e inestabilidad atmosférica. Más calor y más vapor de agua equivalen a corrientes ascendentes más potentes.
El dilema del clima: menos granizo, pero más grande
Aquí aparece una paradoja. Un planeta más cálido no implica necesariamente más granizo; la expectativa general apunta, de hecho, a lo contrario: episodios menos frecuentes, pero potencialmente más destructivos.
Una atmósfera más cálida derrite el granizo con mayor rapidez durante la caída. Las piedras pequeñas desaparecen antes de tocar el suelo, lo que reduce la frecuencia de eventos leves. Al mismo tiempo, las corrientes ascendentes más intensas permiten que las piedras más grandes sigan creciendo durante más tiempo antes de caer. El resultado esperado es un cambio cualitativo: menos granizo en total, pero de mayor tamaño cuando se produce. Y un granizo más grande es, por definición, más destructivo.
El granizo se mueve hacia los polos
El estudio publicado en Nature Climate Change, firmado por investigadores de la Universidad de Nueva Gales del Sur, analizó cómo cambian los ingredientes atmosféricos del granizo en distintos escenarios de calentamiento. La conclusión más destacada es que las condiciones favorables al granizo se están desplazando hacia latitudes más altas.
Regiones como el norte de Europa, Canadá, el noroeste de Estados Unidos, el sureste de Australia y la Isla Sur de Nueva Zelanda podrían experimentar condiciones de granizo más frecuentes. En cambio, el norte de Australia, gran parte de África, el sur de India y el sureste de China verían reducirse esas condiciones. El estudio también proyecta un desplazamiento estacional —menos granizo en verano, más en invierno— que afectaría especialmente a cultivos como el trigo. Si las zonas de cultivo se desplazan a su vez hacia los polos por efecto del propio cambio climático, el riesgo se acumula.
Un segundo estudio confirma el aumento del daño potencial
El equipo de Shiyi Zhang, de la Universidad de Pekín, adoptó un enfoque distinto. En lugar de analizar los ingredientes atmosféricos, aplicaron modelos de crecimiento y fusión de granizo directamente a simulaciones climáticas globales. Su conclusión coincide en lo esencial con la del primer estudio: más piedras grandes, menos piedras pequeñas.
Ambos trabajos señalan un mayor riesgo en las latitudes medias y altas del hemisferio norte y en el sureste de Sudamérica, mientras que en el África subsahariana y el norte de Sudamérica los dos coinciden en una reducción. En algunas zonas, sin embargo, divergen: en el sureste de Estados Unidos, el norte de África, el sur de India y el noreste de Australia, uno proyecta menor frecuencia mientras el otro anticipa mayor daño potencial. Esa discrepancia no es un fallo metodológico; refleja la incertidumbre que todavía existe a escala regional.
Lo que está en juego si no se actúa
Los dos estudios llegan a la misma conclusión de fondo: cuanto mayor sea el calentamiento global, mayor será el riesgo de daños por granizo en todo el mundo. No es una advertencia abstracta. Afecta a infraestructuras, cultivos, seguros y a la planificación urbana de ciudades que quizá nunca han considerado el granizo como una amenaza seria.
Reducir las emisiones de gases de efecto invernadero sigue siendo la vía más directa para limitar los peores escenarios. Mientras tanto, la ciencia también necesita avanzar: los modelos climáticos actuales tienen una resolución demasiado baja para capturar los detalles de una tormenta individual. Mejorar esa resolución, sobre todo en los trópicos donde la incertidumbre es mayor, será clave para anticipar dónde y cuándo el granizo del futuro golpeará con más fuerza.
