«Venezuela es tan bendecida que todo nos lo manda doble, un terremoto tras otro», ironizó desde Carabobo la madre de un preso político con la calma que generan mil batallas perdidas. Lo dijo mientras esperaba rescatistas que no llegaban del Gobierno.
En la zona cero de La Guaira, los vecinos extraían supervivientes «con las uñas» entre réplicas de 4,4. Las cifras oficiales hablan de 920 muertos, pero la sociedad civil sitúa los desaparecidos cerca de los 50.000 —una escala que solo supera, en las Américas de este siglo, el terremoto de Haití de 2010—. La magnitud de la catástrofe contrasta con una respuesta gubernamental que tardó dos días en movilizar a sus propias fuerzas armadas.
Una catástrofe de dimensiones históricas
El Gobierno de Caracas contabiliza 920 muertos, 3.360 heridos, 172 personas aún atrapadas bajo los escombros y cerca de 4.000 damnificados. Son cifras que, por sí solas, describen una tragedia de enorme envergadura. Los datos sobre el terreno, sin embargo, apuntan a una escala considerablemente mayor.
Según la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU y distintas iniciativas de la sociedad civil, los desaparecidos se aproximan a los 50.000. Esa cifra convierte al doble terremoto de San Juan en la segunda peor catástrofe del siglo en las Américas, solo por detrás del seísmo de Haití de enero de 2010, que causó más de 300.000 muertos.
Las infraestructuras dañadas o destruidas superan ya las 1.400, entre ellas el aeropuerto de Maiquetía, con la pista agrietada y cerrado al tráfico. Los equipos internacionales de rescate han tenido que aterrizar en un aeropuerto alternativo situado a dos horas de la zona cero.
El paralelismo con el deslave de 1999 en la misma región resulta inevitable. Aquella catástrofe, provocada por un corrimiento de barro y rocas desde el Ávila, causó entre 30.000 y más de 100.000 muertos según las fuentes consultadas. Casi tres décadas después, Venezuela vuelve a enterrar a sus muertos en el mismo lugar.
EEUU toma el mando sobre el terreno
Dos días después de los terremotos, cuando el Gobierno chavista aún no había movilizado a sus fuerzas armadas, aterrizó en Venezuela el mayor general Kevin J. Jarrard, máximo responsable del Comando Sur y comandante del Cuerpo de Marines. Su misión era coordinar los equipos de búsqueda y rescate y canalizar los suministros humanitarios sobre el terreno. Horas después de su llegada, Caracas ordenó por fin el despliegue militar en la costa. La secuencia no pasó desapercibida.
En camino están el USS Fort Lauderdale, unidad anfibia que ejercerá como puente de mando para las operaciones, y el USS Billings, buque de guerra con capacidad de apoyo costero. Ambos navíos participaron en el despliegue militar en el Caribe que precedió la captura de Nicolás Maduro el pasado enero.
Washington también suspendió las sanciones a Venezuela como gesto político que facilita la cooperación, en el marco del eje Trump-Venezuela. El propio Trump informó de la magnitud de la devastación antes que la presidenta encargada, Delcy Rodríguez —un detalle que resume con precisión el vacío de liderazgo local.
Los ‘topos’ y la solidaridad internacional
Junto a los marines estadounidenses, equipos de rescate procedentes de México, El Salvador, España y otros países aterrizaron en el aeropuerto alternativo y comenzaron a trabajar de inmediato. Los centroamericanos, con sus perros especializados —entre ellos el conocido Rambo—, se distribuyeron sin demora por la urbanización Caribe. Para muchos venezolanos, esa presencia internacional es, en sentido literal, una tabla de salvación ante la pasividad del Gobierno.
La líder opositora María Corina Machado agradeció públicamente el apoyo de Estados Unidos y de los países latinoamericanos y europeos.
El chavismo, no obstante, respondió con recelo a la movilización ciudadana espontánea. Jorge Rodríguez, hermano de Delcy y presidente del órgano legislativo bolivariano, pidió a los voluntarios que no bajaran a La Guaira alegando congestión de vías. El mensaje generó una indignación extendida entre quienes querían colaborar.
El chavismo obstaculiza la ayuda que no controla
Mientras los rescatistas internacionales extraían supervivientes, el Gobierno bloqueaba iniciativas que escapaban a su control político. Prohibió centros de acopio promovidos por la oposición y organizaciones no gubernamentales e interceptó paquetes de ayuda humanitaria en varias ciudades.
El caso del doctor Huníades Urbina, presidente de la Academia de Medicina y especialista en gestión de desastres, ilustra con claridad la lógica del régimen. Cuando los propios médicos de un hospital caraqueño desbordado lo llamaron para atender urgencias, la jefa política del centro movilizó a los vigilantes para hostigarlo e impedir su entrada.
Otros profesionales denunciaron la presencia de paramilitares chavistas en las inmediaciones de hospitales y zonas afectadas. El patrón recuerda al empleado en Cuba tras los huracanes: acosar a periodistas y sociedad civil para impedir que el mundo vea lo que ocurre. El activista de derechos humanos Luis Carlos Díaz lo resumió sin ambages: «Todas son decisiones que multiplican la tragedia y causan más daño sobre el desastre natural».
El peso del pasado: errores que se repiten
El sociólogo Gianni Finco traza una línea directa entre la gestión actual y la del deslave de 1999. El rechazo a la ayuda estadounidense —convertida entonces en bandera antiimperialista por Chávez—, la creación de una autoridad militar incompetente sobre el terreno y el desprecio por los derechos humanos son, según Finco, errores que la sociedad venezolana teme ver repetidos.
Las Misiones Vivienda, construidas precisamente como promesa de reconstrucción tras el 99, se derrumbaron esta vez con cientos de personas dentro. Los edificios que debían simbolizar la superación de aquella tragedia se convirtieron en parte de la nueva.
El relato propagandístico del chavismo —con los hermanos Rodríguez y Diosdado Cabello como protagonistas heroicos— choca frontalmente con los testimonios que llegan desde la zona cero. Ciudadanos y periodistas describen una gestión caótica, más centrada en monopolizar el relato que en salvar vidas.
Ante todo esto, merece la pena detenerse en lo que implica que sea un gobierno extranjero —y no el propio— quien coordine el rescate de los ciudadanos de un país. Venezuela no es la primera nación que recibe ayuda internacional en una catástrofe. Pero sí representa un caso singular en el que esa ayuda llega, en parte, porque el Estado ha decidido no estar. La pregunta que queda flotando sobre los escombros es cuántas tragedias más harán falta para que esa ecuación cambie.
