Los glaciares que se desprenden en el Ártico se han convertido en la imagen por excelencia del cambio climático. Y durante décadas, esa imagen ha guiado también la forma en que entendemos por qué sube el mar.
Pero un exhaustivo reanálisis de datos científicos apunta a un culpable mucho menos fotogénico. De paso, cierra una brecha que llevaba años desconcertando a los investigadores: los números, sencillamente, no cuadraban. ¿Qué estaba pasando por alto la ciencia?
Una brecha que no cuadraba
Durante años, los científicos sabían que el mar subía. Lo confirmaban los mareógrafos y los satélites. Pero al sumar todas las causas conocidas —el deshielo de los glaciares, el calentamiento de los océanos—, los números no explicaban del todo lo observado. Había una brecha, y esa brecha era un problema serio.
En oceanografía, este reto tiene nombre propio: «cerrar el presupuesto del nivel medio global del mar» (GMSL, por sus siglas en inglés). Es, en esencia, una auditoría: si los datos no cuadran, algo se está pasando por alto.
John Abraham, ingeniero mecánico de la Universidad de St. Thomas, describe esa situación como «frustrante». La incapacidad de explicar con precisión el ascenso del mar limitaba la fiabilidad de los modelos climáticos. Un nuevo estudio publicado en Science Advances —elaborado por un equipo internacional con instrumentos y métodos de análisis más precisos— ha logrado cerrar esa brecha.
El dato que acelera las alarmas
Los números del nuevo estudio son contundentes. Desde 1960, el nivel medio del mar ha subido a una tasa de 2,06 milímetros por año. Esa cifra promedio, sin embargo, esconde una aceleración significativa.
Entre 2005 y 2023, la tasa casi se ha duplicado: 3,94 milímetros por año. El mar sube hoy al doble de velocidad que hace pocas décadas.
Los investigadores dividieron su análisis en tres períodos históricos, apoyándose en fuentes distintas: mareógrafos para el largo plazo, imágenes satelitales desde 1993 y boyas Argo desde 2005. Lo más relevante es que la aceleración aparece de forma consistente en todas ellas. No es un artefacto de una sola metodología. Es una señal real.
El protagonista invisible: el agua que se expande
Aquí es donde la imagen popular del iceberg desprendiéndose al mar empieza a perder protagonismo. Según el estudio, la expansión térmica —el proceso por el que el agua ocupa más volumen al calentarse— es responsable del 43 % del ascenso total del nivel del mar. Es, con diferencia, el factor más determinante.
¿Y los glaciares de montaña? Aportan el 27 %. El manto de hielo de Groenlandia contribuye con el 15 %, el Antártico con el 12 %, y el 3 % restante corresponde a cambios en el almacenamiento de agua en tierra, como embalses y sistemas de riego.
La expansión térmica es difícil de percibir porque no genera imágenes llamativas. No hay bloques de hielo cayendo al océano: el agua simplemente ocupa más espacio al calentarse, de forma silenciosa y continua. Por eso ha tardado tanto en ocupar el centro del debate público.
Por qué ahora podemos saberlo con más certeza
El cierre de esta brecha no habría sido posible sin avances tecnológicos concretos. Las imágenes satelitales de alta resolución han mejorado significativamente las estimaciones del deshielo glaciar en todo el mundo, mientras que las boyas Argo, desplegadas por miles en los océanos, permiten monitorizar el calor almacenado en el agua con una cobertura sin precedentes.
Combinar múltiples conjuntos de datos también reduce los errores propios de depender de una sola fuente. Estudios anteriores llegaban a conclusiones divergentes porque empleaban metodologías distintas. Este trabajo reconcilia esas discrepancias.
«Con mejores instrumentos, procesos y un análisis más inteligente, esta brecha de conocimiento puede cerrarse», afirma Abraham. Y añade: «Ahora podemos explicar el ascenso del mar con mayor confianza.»
Un futuro que ya está en marcha
Conocer las causas con más precisión no detiene el problema. Aunque las emisiones se redujeran hoy de forma drástica, los modelos indican que los océanos seguirán calentándose durante al menos medio siglo más. La inercia del sistema climático es enorme.
Las consecuencias afectarán especialmente a millones de personas en zonas costeras bajas. El impacto, no obstante, va mucho más allá de quienes viven junto al mar: el ascenso del nivel oceánico alterará redes alimentarias, rutas comerciales y la distribución de población a escala global.
Aún quedan lagunas importantes. Se necesitan más datos sobre el almacenamiento de agua en tierra y sobre las diferencias regionales en el ascenso del mar —información clave para afinar las proyecciones y orientar las políticas de adaptación.
El daño futuro no es totalmente evitable. Pero su magnitud todavía no está determinada. Entender con precisión qué mueve el mar —no solo lo que parece moverlo— es el primer paso para tomar decisiones informadas.
