Delegados de casi doscientos países se dieron cita en Belém, Brasil, para la COP30, la trigésima conferencia climática de las Naciones Unidas. Sobre la mesa, miles de millones de dólares y decisiones que marcarán el ritmo de la respuesta global al cambio climático durante los próximos años.
El encuentro llega exactamente una década después del Acuerdo de París. Tiempo suficiente para medir lo conseguido, y también lo que sigue pendiente.
Belém acoge la cumbre climática más esperada de la década
Belém no es una sede cualquiera. Esta ciudad brasileña, puerta de entrada a la Amazonía, concentra en su geografía toda la paradoja del momento climático: un ecosistema vital para el planeta que convive con décadas de presión humana. Celebrar aquí la trigésima edición de la Conferencia de las Partes de la ONU tiene una carga simbólica difícil de ignorar.
La agenda de la COP30 giró en torno a mitigación, adaptación y financiación. Reducir emisiones, preparar a los países más vulnerables, decidir quién asume el coste. Preguntas que llevan años sin respuesta definitiva y que en Belém volvieron a ocupar el centro del debate.
El contexto no invita a la calma. El planeta acumula récords de temperatura, las tensiones geopolíticas complican los acuerdos multilaterales y la ventana para actuar, según advierte la comunidad científica, se estrecha con cada año que pasa.
Diez años del Acuerdo de París: logros y promesas incumplidas
Una de las conversaciones más esperadas fue la que mantuvieron John Kerry, exsecretario de Estado de Estados Unidos, y Katherine Bagley, editora jefa de Grist. El tema: qué ha conseguido el mundo desde que en 2015 se firmó el Acuerdo de París.
Kerry reconoció avances reales. La expansión de las energías renovables ha sido notable, y la conciencia global sobre el cambio climático ha crecido de forma sostenida. Hace diez años, muchas de las conversaciones que hoy son habituales simplemente no existían.
Aun así, el diagnóstico dista de ser optimista. Las emisiones globales siguen aumentando. Los compromisos nacionales —los llamados NDC— continúan siendo insuficientes para mantener el calentamiento por debajo de los umbrales acordados. El impulso existe, pero no alcanza el ritmo que la crisis exige. Kerry y Bagley debatieron precisamente cómo reforzar esos compromisos para que pasen de declaración a acción verificable.
Miles de millones en juego: el debate sobre financiación climática
Si hay un nudo que la COP30 no ha logrado desatar del todo, es el de la financiación. Las negociaciones giraron en torno a dos grandes bloques: los fondos para mitigación, destinados a reducir emisiones a escala global, y los fondos para adaptación, orientados a los países más pobres y más expuestos a los efectos del cambio climático.
El reparto de la carga financiera entre países desarrollados y en desarrollo sigue siendo el punto de mayor tensión. Los países ricos acumulan la mayor responsabilidad histórica en las emisiones; los países vulnerables cargan con las consecuencias más graves. Esa asimetría no ha desaparecido.
Manish Bapna, presidente y director ejecutivo del NRDC, aportó perspectiva sobre cómo se articula este debate en la práctica. La discusión no es solo sobre cifras: es sobre quién decide, quién rinde cuentas y bajo qué condiciones fluye el dinero hacia donde más se necesita.
Voces que amplían el debate: comunidades indígenas y sistemas alimentarios
Una de las evoluciones más visibles respecto a ediciones anteriores fue la diversidad de voces presentes en la conferencia. La COP30 no fue solo un encuentro de diplomáticos y técnicos, sino también un espacio para perspectivas que durante años quedaron al margen.
Big Wind Carpenter, coordinador de participación tribal en el Wyoming Outdoor Council, representó la perspectiva de las comunidades indígenas. Su presencia recuerda algo que no debería necesitar recordatorio: justicia climática y acción climática no pueden separarse. Las poblaciones que menos han contribuido al problema son, con frecuencia, las que más lo sufren.
Danielle Nierenberg, presidenta de Food Tank, situó los sistemas alimentarios en el centro del debate. La forma en que el mundo produce y consume alimentos tiene un impacto climático considerable, y ese vínculo sigue sin recibir la atención política que merece.
¿Qué camino queda por recorrer?
Los líderes reunidos en Belém coincidieron en un punto: la urgencia exige compromisos más ambiciosos y, sobre todo, más concretos. El reto ahora es traducir los acuerdos de la COP30 en políticas nacionales verificables, con calendarios claros y mecanismos de seguimiento reales.
La sociedad civil y los medios especializados como Grist tienen aquí un papel nada secundario. Mantener la presión pública entre cumbres es tan importante como lo que ocurre dentro de ellas.
Lo que sigue es el seguimiento. Qué países cumplen lo prometido, cuáles revisan sus compromisos al alza y cómo se prepara la comunidad internacional para las próximas negociaciones. Belém marca un punto en el camino, no el final. Lo que venga después dependerá, en buena medida, de si esta vez las palabras se convierten en hechos.
