Durante décadas, los récords de temperatura, las inundaciones catastróficas y los huracanes de máxima categoría fueron, en América Latina y el Caribe, sucesos extraordinarios. Hoy, según la Organización Meteorológica Mundial, han dejado de serlo.
El organismo acaba de publicar su informe más severo sobre la región, y su diagnóstico es claro: la crisis climática ha alcanzado una dimensión que trasciende lo ambiental para convertirse en una emergencia de salud pública de importancia internacional, con consecuencias que afectan ya a millones de personas en toda la región.
Un clima que ya no se parece al de hace una década
El informe de la OMM no deja margen a la interpretación: 2025 se situó entre los años más cálidos registrados en América Latina y el Caribe, con temperaturas aproximadamente 0,40 °C por encima del promedio del período 1991-2020. La cifra parece modesta. Sus consecuencias no lo son.
Las olas de calor se extendieron de forma reiterada por Mesoamérica, Sudamérica y el Caribe. En México, Mexicali alcanzó los 52,7 °C, un récord nacional. Diversas zonas de América Central, Argentina, Chile y Uruguay superaron los 40 °C en varias ocasiones a lo largo del año.
Lo más relevante no es ningún récord en particular, sino lo que todos ellos señalan en conjunto: el calor extremo ha dejado de ser una anomalía. Es, según la OMM, la consolidación de una nueva normalidad climática más peligrosa. Esa normalidad no afecta solo al medio ambiente —afecta al desarrollo, a la equidad y a la capacidad real de los gobiernos para proteger a su población.
El calor como emergencia sanitaria: 13.000 muertes anuales estimadas
La OMM estima que aproximadamente 13.000 personas mueren cada año por causas relacionadas con el calor en los 17 países analizados. El propio informe advierte que esa cifra podría estar subestimada, dado que los sistemas de registro presentan limitaciones importantes.
Los grupos más expuestos incluyen personas mayores, niños, trabajadores al aire libre y comunidades con acceso precario a vivienda, agua potable o servicios de salud. No es solo un problema meteorológico: es, ante todo, un problema social y económico.
Las ciudades agravan la situación. El predominio del hormigón y el asfalto, combinado con la escasa vegetación, genera entornos donde el calor se acumula y la ventilación resulta insuficiente. Cuando la temperatura sube y la humedad es elevada, los mecanismos de termorregulación del cuerpo pueden volverse ineficaces, el riesgo de golpe de calor aumenta, y enfermedades cardiovasculares, respiratorias y metabólicas —incluida la diabetes— se agravan.
Sequías, inundaciones y glaciares: el agua en el centro de la crisis
La región no enfrenta solo calor. Enfrenta también una crisis hídrica que se manifiesta en dos extremos opuestos y, a menudo, simultáneos. En 2025, más de 110.000 personas resultaron afectadas por inundaciones en Perú y Ecuador. En México, las lluvias extremas de octubre dejaron 83 muertos mientras algunas zonas fronterizas padecían sequía.
Las lluvias torrenciales que siguen a períodos de sequía no resuelven el problema hídrico. Los suelos endurecidos absorben menos agua; el líquido escurre, erosiona y destruye cultivos sin recargar embalses ni acuíferos. La escasez persiste incluso después de la tormenta.
A esto se suma el retroceso glacial. Cerca del 41 % de toda la masa glacial andina perdida desde 1976 desapareció en la última década. Millones de personas dependen de esos glaciares para el consumo humano, el riego, la generación hidroeléctrica y la industria. Su desaparición compromete la seguridad hídrica y alimentaria de ciudades y comunidades rurales situadas a gran distancia de las montañas.
Océanos más cálidos y huracanes más destructivos
El calentamiento no se detiene en tierra. Las aguas superficiales del Atlántico tropical, el Caribe y zonas del Pacífico también registran temperaturas anómalas, y en varias costas de la región el nivel del mar sube a un ritmo superior al promedio mundial, lo que amplifica el poder destructivo de las marejadas ciclónicas.
Océanos más cálidos favorecen la intensificación rápida de los ciclones. El huracán Melissa, en 2025, fue el primer ciclón de categoría 5 en tocar tierra en Jamaica desde que existen registros comparables. Dejó 45 muertos y pérdidas económicas equivalentes al 41 % del PIB jamaicano.
La degradación de arrecifes de coral, manglares y praderas marinas agrava aún más el panorama. Estos ecosistemas actúan como barreras naturales frente al oleaje y sostienen la pesca y el turismo costero; su deterioro deja a las comunidades litorales más expuestas y con menos medios de vida.
La preparación marca la diferencia: lo que el informe recomienda
El caso de Jamaica tiene una lectura que va más allá de la tragedia. Los modelos de riesgo y las medidas de anticipación contribuyeron a reducir parte del coste humano, aun cuando el huracán fue devastador. La preparación, concluye la OMM, sí importa.
El informe identifica elementos esenciales: sistemas de alerta temprana, códigos de construcción adecuados, planificación territorial, protección de humedales y acceso oportuno a información climática. La región dispone hoy de mejores capacidades científicas que hace una década. El problema es que ese conocimiento no siempre se traduce en políticas públicas ni en inversiones suficientes.
La brecha entre saber y actuar es, en sí misma, un riesgo. Incorporar la variable climática en la salud pública, la planificación urbana, la agricultura, la energía y la gestión del agua ya no es una opción estratégica de largo plazo. Es una necesidad inmediata. De esa capacidad de respuesta dependerá no solo la reducción de pérdidas humanas y económicas, sino también la estabilidad de una región que se encuentra entre las más vulnerables del planeta ante los efectos del cambio climático.
