El domingo, Alí Lmrabet aterrizó en el aeropuerto de Tánger y fue detenido de inmediato. Llevaba dos décadas viviendo entre Barcelona y Francia, con viajes periódicos a Marruecos para visitar a su familia en Tetuán. Ninguno de esos regresos había terminado así.
Fue su esposa, la profesora Laura Feliú, quien desde España dio la voz de alarma. Lmrabet permanecía esa misma noche bajo custodia policial en Tánger, sin que las autoridades marroquíes hubieran confirmado oficialmente los cargos.
Un regreso que terminó entre rejas
La orden de detención procedía de un tribunal de Casablanca. El cargo imputado: un presunto «atentado contra una autoridad constitucional». Eso es cuanto su esposa pudo transmitir desde España tras recibir noticias de lo ocurrido. Las autoridades marroquíes no han confirmado oficialmente ningún cargo ni han emitido declaración pública alguna.
Esa noche, Lmrabet permanecía bajo custodia en la sede de la Prefectura de Tánger, con la posibilidad de un traslado a Casablanca sobre la mesa. Su familia, desde España, comenzaba a buscar un abogado que pudiera asumir su defensa.
Dos décadas de exilio entre España y Francia
Lmrabet lleva veinte años viviendo entre Barcelona y Francia y posee pasaporte francés además del marroquí. Pese a su inhabilitación como periodista, nunca cortó el vínculo con su tierra: viajaba regularmente a Marruecos para visitar a familiares en Tetuán, la ciudad del norte donde nació hace 67 años.
Esos viajes nunca habían supuesto un problema grave. En alguna ocasión fue interrogado, pero siempre pudo regresar. Este domingo fue distinto: por primera vez, uno de esos desplazamientos privados terminó con esposas y custodia policial.
Una carrera marcada por la censura y la cárcel
Lmrabet comenzó su trayectoria periodística en los primeros años del reinado de Mohamed VI, un periodo que muchos describían entonces como de apertura informativa. Dirigió la revista Le Journal, fundó Demain e impulsó varios semanarios satíricos en árabe y francés.
Uno a uno, todos esos proyectos fueron clausurados a instancias de autoridades y asociaciones oficialistas. Lmrabet ingresó en prisión en 2003. Dos años después, un tribunal le impuso una inhabilitación de diez años para ejercer el periodismo por haber publicado informaciones sobre los refugiados saharauis en los campamentos del Frente Polisario en Argelia.
Ese mismo año, y desde la cárcel, recibió el Premio José Couso a la Libertad de Prensa. La paradoja era difícil de ignorar: reconocido internacionalmente por su trabajo, perseguido en su propio país por ese mismo trabajo.
Una voz crítica que siguió activa desde el exilio
El exilio no silenció a Lmrabet. Desde Barcelona continuó publicando comentarios sobre la actualidad política marroquí en redes sociales, con una regularidad y una franqueza que no pasaron desapercibidas. También colaboró con medios españoles y europeos, entre ellos EL PAÍS, donde publicó un reportaje sobre una travesía en patera por el Estrecho de Gibraltar junto a inmigrantes irregulares.
Su dominio del castellano —habitual entre quienes crecen en el norte de Marruecos— le facilitó tanto la integración en España como la proyección en el ámbito hispanohablante.
Ese activismo digital podría estar en el origen de la nueva orden de detención. No es una certeza. Pero tampoco una hipótesis descabellada: en Marruecos, las críticas vertidas en redes sociales han derivado en condenas judiciales en casos anteriores.
Qué ocurre ahora: familia, abogados y silencio oficial
La Fiscalía marroquí no ha facilitado información sobre el caso. Ese silencio institucional contrasta con la urgencia de la familia, que trabaja para designar un abogado defensor mientras Lmrabet permanece bajo custodia sin que se haya aclarado públicamente qué ocurrirá a continuación.
Su caso no es único, pero ilustra con precisión un riesgo que enfrentan muchos periodistas disidentes en el exilio: la frontera del país natal puede convertirse en una trampa. La distancia geográfica ofrece cierta protección, aunque no garantiza nada en cuanto se pisa tierra propia.
Las organizaciones de libertad de prensa llevan años documentando el deterioro del espacio mediático en Marruecos, y la detención de Lmrabet añade un capítulo más a ese registro. Lo que ocurra en las próximas horas —si hay traslado a Casablanca, si se formalizan cargos, si se permite acceso consular dado su pasaporte francés— marcará el rumbo de un caso que ya ha traspasado fronteras. Habrá que seguirlo de cerca.
