En la comunidad de Buena Esperanza, en la Amazonía ecuatoriana, los ancianos Shuar transmiten a sus nietos los anent —cantos sagrados— mientras trabajan juntos en los huertos tradicionales. Lo que podría parecer folclore o práctica religiosa es, según un nuevo estudio publicado en Frontiers in Climate, un sistema científico vivo: la Shuara Nekamtairi, o ciencia Shuar, construida durante milenios a partir de la observación, la experimentación y el conocimiento acumulado sobre el mundo natural.
La investigación, desarrollada durante cinco años junto a la propia comunidad de Buena Esperanza, sostiene que este sistema no funciona como complemento de la ciencia occidental, sino como un marco conceptual independiente con aplicaciones concretas para la salud del planeta.
Un sistema científico nacido de la Tierra
La Shuara Nekamtairi no es una colección de mitos ni un conjunto de creencias heredadas. Se trata de un sistema de conocimiento construido durante milenios mediante la observación sistemática, la experimentación y la interacción directa con el territorio amazónico. El estudio publicado en Frontiers in Climate lo reconoce como un marco epistemológico autónomo, no como un apéndice de la ciencia occidental.
En el centro de este sistema se encuentra el concepto de Anentaimsatin Nunka, que se traduce como ‘Pensamiento de la Tierra’. La idea es concreta: la Tierra es un ser vivo que piensa, se comunica y co-produce conocimiento junto a los seres humanos. No es una metáfora poética. Es la base de una práctica científica activa.
La distinción tiene consecuencias reales. La ciencia indígena Shuar sigue siendo tratada, en palabras del propio estudio, como «suplementaria a la ciencia occidental». Los autores rechazan esa jerarquía y argumentan que la Shuara Nekamtairi posee autonomía epistemológica propia. Su territorio —más de 803.000 hectáreas en la cuenca amazónica del sureste de Ecuador— es a la vez su laboratorio, su archivo y su aula.
Cinco años escuchando a la comunidad de Buena Esperanza
La investigación no se diseñó desde fuera. Siguió un enfoque de investigación participativa basada en la comunidad (CBPR, por sus siglas en inglés): un proceso liderado por y con la comunidad de Buena Esperanza, no sobre ella. El trabajo de campo se extendió cinco años, entre 2019 y 2024, con un total de seis meses y medio de presencia en el territorio Shuar.
El Comité Asesor Comunitario Shuar Kakaram de Buena Esperanza guió cada etapa del proyecto. Lo integraban al menos dos ancianos, el síndico elegido por la comunidad y adultos Shuar de distintas generaciones. Sus decisiones determinaron qué se investigaba, cómo se analizaba y qué permanecía en el archivo comunitario.
Participaron 28 personas: 15 hombres y 13 mujeres. Las entrevistas se organizaron en torno a cinco temas del Plan de Vida Shuar de Sevilla Don Bosco —plantas medicinales, agricultura tradicional, historias y costumbres ancestrales, cuidado del medio ambiente y canto de anent— y un principio fue innegociable desde el inicio: la soberanía de los datos indígenas. Los archivos de audio de los cantos sagrados permanecen bajo custodia exclusiva de la comunidad y no se comparten sin aprobación del comité asesor.
Nunkui, Arutam y el conocimiento que habita en las cascadas
Para los Shuar, los ríos, las cascadas, las plantas y los animales no son recursos. Son portadores de sabiduría, con agencia y personalidad propia. Este reconocimiento no es simbólico: es la base de sus protocolos para la gestión del territorio.
Nunkui Nua es el espíritu femenino de la Tierra. Habita el subsuelo y sostiene la fertilidad de los huertos tradicionales, las ajas. Cuando se la invoca a través de los anent, transmite conocimiento agrícola intergeneracional. «Nunkui es la madre de la semilla, la madre de la riqueza, la madre de la naturaleza», explicó Darwin Tzungui, un joven participante del estudio.
Arutam es el ser superior que reside en las cascadas sagradas. Para acceder a su conocimiento, los Shuar siguen protocolos estrictos: ayuno de tres a cinco días, cantos y el uso de plantas medicinales como el tabaco sagrado (tsaank) y la ayahuasca (natem). «Nuestra iglesia son todas las cascadas», dijo la anciana María Chiriap.
Estas interacciones generan conocimiento práctico. Una anciana curandera describió cómo se curó de cáncer durante una visita ceremonial a una cascada sagrada, al escuchar la sabiduría de Nunkui. Un anciano aprendió de las aves en su huerto qué planta usar para tratar la diabetes de su esposa. El estudio recoge ambos testimonios como ejemplos de producción científica en curso.
Colonialismo, despojo territorial y erosión de la ciencia Shuar
El conocimiento Shuar no puede separarse del territorio donde se practica. Cada hectárea perdida representa también una pérdida científica. Los participantes lo expresaron con claridad: la proximidad al territorio ancestral determina directamente la proximidad al conocimiento Shuar.
Las misiones salesianas, la minería y la agroindustria han erosionado durante décadas el acceso de los Shuar a sus tierras. Quienes viven cerca de núcleos urbanos tienen menos canciones que compartir, vínculos más débiles con sus prácticas culturales y menor acceso a los lugares sagrados donde se genera el conocimiento.
Ecuador ratificó en 1998 el Convenio 169 de la OIT y adoptó en 2007 la Declaración de la ONU sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas (UNDRIP). Su Constitución de 2008 reconoció los derechos de la naturaleza y consagró el buen vivir. Aun así, el estudio señala que el Estado ecuatoriano actúa hoy en contradicción con sus propios principios constitucionales al impulsar proyectos extractivos en territorios indígenas.
El riesgo es inmediato. Dos de los ancianos entrevistados durante la investigación fallecieron antes de su publicación. Con ellos desapareció parte de ese archivo vivo. Si continúan el despojo territorial y la pérdida de hablantes del idioma Shuar, la Shuara Nekamtairi podría extinguirse antes de que la ciencia global comprenda lo que pierde.
Por qué la ciencia Shuar importa para el clima global
Este estudio es, según sus autores, el primero en aplicar empíricamente el modelo de los diez determinantes de salud planetaria propuesto por Redvers et al. (2022), un marco desarrollado desde perspectivas indígenas. Los hallazgos de Buena Esperanza se alinean con cada uno de esos determinantes, desde el respeto por lo femenino hasta la transmisión intergeneracional del conocimiento.
Los pueblos indígenas custodian más de un tercio de los paisajes forestales intactos del planeta. Su ciencia no es un activo cultural: es una herramienta de gestión ecosistémica con resultados verificables durante milenios. La ciencia occidental, reconocen los autores del estudio, no puede replicar por sí sola esas estrategias de adaptación y mitigación climática.
Lo que viene ahora depende de voluntad política y académica. El estudio llama a incluir la Shuara Nekamtairi en acuerdos internacionales de conservación, en políticas climáticas y en currículos universitarios —no como saber complementario, sino como marco científico válido e independiente.
La ciencia Shuar lleva milenios escuchando a la Tierra. La pregunta es si el resto del mundo está dispuesto, por fin, a hacer lo mismo.
