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Llevan siglos preguntándose qué separa a los seres vivos de la materia inerte, y la respuesta más incómoda apunta a algo llamado «agencia»

by David Pérez
20 de julio de 2026
in Ciencia
Célula viva bioluminiscente junto a estructuras minerales inertes, ilustrando la frontera entre vida y materia inerte

Una célula viva que emite luz propia contrasta con cristales minerales inmóviles, evocando la pregunta filosófica sobre qué separa la vida de la materia inerte y el concepto de «agencia».

En 1993, un equipo liderado por Carl Sagan llegó a una conclusión aparentemente trivial: hay vida en la Tierra. El truco era que solo podían usar los datos captados por la sonda Galileo al sobrevolar nuestro planeta. La vida deja una huella tan profunda que resulta detectable desde el espacio exterior.

Y sin embargo, décadas después, la ciencia sigue sin ponerse de acuerdo sobre qué es exactamente lo que hace tan distintos a los seres vivos. ¿Son los organismos simples máquinas genéticas que ejecutan instrucciones grabadas por la evolución? ¿O hay algo más —algo que algunos llaman «agencia»— que los convierte en actores genuinos, capaces de actuar por razones propias?

Una huella visible desde el espacio, pero difícil de definir

El experimento de Sagan demostró algo que merece atención: la vida no se limita a existir. La transforma todo a su alrededor de forma tan radical que sus señales —luz, radio, composición química— escapan al espacio. Podemos detectarla a años luz de distancia sin saber con precisión qué estamos buscando.

Ahí está el problema. La ciencia lleva décadas sin alcanzar consenso sobre qué hace a los seres vivos fundamentalmente distintos de la materia inerte. Las propuestas clásicas —metabolismo, replicación, desequilibrio termodinámico— resultan insuficientes. Un huracán también está fuera del equilibrio termodinámico, también consume energía, también transforma su entorno. Pero nadie diría que un huracán tiene objetivos.

¿Qué significa que un organismo actúe «por razones»?

Aquí entra en escena el concepto de agencia biológica: la capacidad de un organismo de actuar en el mundo por razones propias. No es una idea abstracta. Piensa en una liebre que detecta un zorro y decide en décimas de segundo si huir, esconderse o plantarle cara. O en un leucocito que persigue activamente una bacteria a través del tejido. Comportamientos así implican metas proximales —qué hago ahora mismo— bien distintas de las metas evolutivas a largo plazo.

El neurocientífico Kevin Mitchell, del Trinity College de Dublín, lo formula así: los organismos son causas genuinas de cambio en el mundo, no simples vehículos de sus genes. No fueron tus genes los que prepararon el café esta mañana. Fuiste tú.

El frente escéptico: ¿agencia o solo plasticidad conductual?

No todos los investigadores comparten esta lectura. Samir Okasha, filósofo de la biología en la Universidad de Bristol, advierte que la agencia puede ser simplemente un sinónimo elegante de plasticidad fenotípica: la capacidad de un organismo de responder de forma diferente ante distintos estímulos. Si es así, el concepto no añade nada nuevo a lo que ya sabemos.

James DiFrisco, del Instituto Francis Crick de Londres, va más lejos. Para él, «agencia» es un término psicológico nacido del discurso humano —ligado a intenciones, deliberación y consciencia— que no se transfiere con facilidad a organismos sin reflexión consciente. En 2025, DiFrisco y su colega Richard Gawne publicaron en el Journal of Evolutionary Biology una crítica directa: la agencia biológica es, por ahora, «un concepto sin programa de investigación». O describe algo que la biología ya conoce, o invoca una fuerza casi mística que no explica nada.

La réplica: la agencia ya está dentro de la evolución

La bióloga Sonia Sultan, de la Universidad de Wesleyan, rechaza esa lectura. La agencia biológica no tiene nada de sobrenatural: es una hipótesis verificable empíricamente, basada en procesos físicos naturales que no requieren ni consciencia ni intencionalidad. En 2022, Sultan junto a Armin Moczek y Denis Walsh argumentaron que la agencia cubre vacíos explicativos que los enfoques centrados en los genes no abordan, especialmente en la determinación del fenotipo y el origen de rasgos novedosos.

Las decisiones de los organismos retroalimentan su propia evolución. Cuando un grupo de animales elige explorar un nuevo hábitat o adoptar una dieta distinta —sin que ningún gen lo ordene—, cambia las presiones selectivas que experimenta esa población. Este fenómeno se conoce como «impulso conductual» y está emparentado con el efecto Baldwin. La conclusión resulta incómoda para los escépticos: si se quiere excluir la agencia de la evolución, ya es demasiado tarde. Darwin y Lamarck, desde perspectivas muy distintas, ya situaban la capacidad de actuar de los organismos en el centro de sus teorías.

Hacia una ciencia de la agencia: lo que falta por construir

Para que la agencia sea científicamente útil, necesita «naturalizarse»: una teoría formal con indicadores empíricos medibles. Esa teoría aún no existe. Hay propuestas concretas, eso sí. Stuart Kauffman habla de «clausura organizacional», en la que las partes de un sistema se mantienen mutuamente y confieren al conjunto un poder causal propio. Álvaro Moreno, de la Universidad del País Vasco, propone bucles de retroalimentación que no solo permiten adaptarse al entorno, sino modificarlo activamente. Karl Friston describe agentes como sistemas que predicen resultados, los comparan con lo que ocurre y minimizan la diferencia.

Las aplicaciones potenciales son concretas: entender cómo surgieron las metas colectivas en la transición a la multicelularidad, o por qué el cáncer puede interpretarse como una ruptura de esas metas compartidas, o cómo diseñar máquinas capaces de formular sus propios objetivos.

Pero quizás la pregunta más profunda sigue siendo la primera: ¿qué tiene la vida para transformar un planeta entero de forma visible desde el espacio? Si la agencia resulta ser parte de la respuesta, el debate habrá merecido la pena. Y si no lo es, el camino para descartarla exigirá construir una biología más precisa y más honesta sobre lo que todavía no comprende.

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