En plena ola de calor extrema en el suroeste de Estados Unidos, millones de hogares y negocios rozaban el límite de lo que la red eléctrica podía soportar. El riesgo de apagones era real.
Lo que no resultaba tan evidente es que, al mismo tiempo, más de 35 gigavatios de capacidad de generación de respaldo permanecían sin activar en todo el país. Suficiente energía dormida como para abastecer a decenas de millones de hogares, intacta en plena emergencia.
El Departamento de Energía emitió entonces una orden de emergencia para cambiar esa situación. Pero la pregunta que queda en el aire es inevitable: ¿cómo llegó tanta capacidad a quedar sin usar justo cuando más se necesitaba?
Una red al límite bajo el calor extremo
El Southwest Power Pool (SPP) es el operador responsable de coordinar el suministro eléctrico en una amplia franja del centro y suroeste de Estados Unidos. Durante la ola de calor de julio de 2026, la demanda de electricidad alcanzó niveles que tensaron la red hasta un punto crítico. El calor extremo dispara el consumo de aire acondicionado de forma simultánea en millones de hogares y negocios, lo que reduce drásticamente el margen entre la generación activa y la demanda real.
El riesgo de apagones no era teórico. Según datos de los laboratorios nacionales del propio Departamento de Energía, los cortes de suministro cuestan a los estadounidenses 44.000 millones de dólares al año. Un apagón durante una ola de calor no es solo un contratiempo económico: puede convertirse en una emergencia sanitaria para personas mayores, enfermos crónicos o comunidades sin acceso a espacios refrigerados alternativos.
Este episodio no ocurre en el vacío. Los eventos climáticos extremos son cada vez más frecuentes e intensos, y las infraestructuras eléctricas de muchas regiones fueron diseñadas para condiciones mucho menos exigentes. La red está siendo sometida a una presión para la que, en muchos casos, sencillamente no fue concebida.
La orden de emergencia: qué autoriza y a quién
El 20 de julio de 2026, el secretario de Energía Chris Wright emitió una orden de emergencia con efecto inmediato. Expiró a las 23:59 del 21 de julio, lo que refleja el carácter puntual y urgente de la intervención.
La orden instruía al Southwest Power Pool a despachar unidades de generación específicas y a ordenar su operación según fuera necesario para mantener la fiabilidad de la red. Autorizaba también al SPP a dirigir recursos de generación de respaldo como último recurso —tanto antes de declarar una Alerta de Emergencia Energética de nivel 3 (EEA 3) como durante la misma.
Un detalle relevante: la orden fue emitida a petición del propio SPP. El operador regional solicitó la intervención federal porque sus mecanismos habituales no bastaban para gestionar la situación. Eso subraya la gravedad real del momento.
35 gigavatios sin usar: el recurso oculto de la red eléctrica
El DOE estimó que, en el momento de la emergencia, más de 35 gigavatios de generación de respaldo permanecían sin activar en todo el país. Para dar escala a esa cifra: un gigavatio puede abastecer aproximadamente a 750.000 hogares en condiciones normales. Una capacidad enorme, latente e infrautilizada.
La generación de respaldo incluye plantas o unidades que permanecen en reserva y solo se activan en situaciones críticas. Su función es precisamente esa: estar disponibles cuando el sistema principal no puede cubrir la demanda. En teoría, son el colchón que evita los apagones.
La paradoja resulta llamativa. Una emergencia energética declarada, millones de hogares al borde del corte de suministro y, al mismo tiempo, decenas de gigavatios de capacidad instalada sin operar. El episodio plantea preguntas legítimas sobre cómo se gestiona la capacidad de reserva a escala nacional, y qué barreras —técnicas, regulatorias o económicas— dificultan su activación oportuna.
Debate político detrás de la emergencia
La respuesta técnica llegó acompañada de un encuadre político definido. El secretario Wright atribuyó la vulnerabilidad de la red a las políticas energéticas de la administración Biden, a las que calificó de «resta energética». Según Wright, esas políticas habrían debilitado el sistema y dejado a los ciudadanos más expuestos ante emergencias.
Esta narrativa conecta con la declaración de emergencia energética nacional que el presidente Trump firmó el primer día de su segundo mandato. Ambos gestos forman parte de un debate más amplio sobre la transición energética, el papel de los combustibles fósiles y la fiabilidad de la red.
Conviene separar dos planos. Las medidas técnicas adoptadas —activar reservas, coordinar al SPP, emitir la orden— responden a una necesidad operativa real e inmediata. El encuadre político con el que se comunican pertenece a otro registro. Mezclar ambos dificulta el análisis objetivo de lo que ocurrió y de lo que debería cambiar.
Qué revela esta emergencia sobre el futuro de la red eléctrica
Lo que sucedió en julio de 2026 en el suroeste de Estados Unidos no es un caso aislado. Es una señal. Las olas de calor extremas serán más frecuentes, más largas e intensas en las próximas décadas, y las redes diseñadas para otro clima tendrán que adaptarse a una realidad diferente, o seguirán llegando al límite en los momentos más críticos.
La existencia de más de 35 gigavatios de generación de respaldo sin activar invita a repensar los protocolos de emergencia. ¿Por qué esa capacidad no se moviliza antes? ¿Qué mecanismos deberían cambiar para que la activación sea más ágil y no dependa de una orden de último minuto?
Estas preguntas no afectan solo a Estados Unidos. Muchos países europeos, incluida España, afrontan veranos cada vez más duros con redes igualmente tensionadas. La lección trasciende fronteras: tener capacidad instalada no es suficiente si los sistemas para activarla a tiempo no están a la altura. Vale la pena preguntarse si los nuestros lo están.
